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Soledad Morillo Belloso: Radiografía de un país renaciendo

 

El país está frágil, me dice un amigo que vive fuera y vino a darse una vuelta, quizá esperando un souvenir de catástrofe y encontró una escena de país que no esperaba. Y sí, está frágil. Frágil como ese vaso que ya perdió la cuenta de las caídas y aun así sigue entero por pura costumbre. Astillado, tembloroso, con ese aire de “mírame pero no me toques”, como si un suspiro mal puesto lo convirtiera en polvo.

Pero claro, lo difícil de entender hasta que no se ve de cerca es el coraje. Ese coraje sin maquillaje ni filtro, que no se toma selfies ni pide aplausos. Ese que insiste, terco, como la gotera que nadie repara porque total… ya es parte del paisaje.

Hay reuniones. Muchas. Con gente decente que todavía se permite la excentricidad de creer que esto puede ser algo más que un negocio golondrino. Hablan de inversión y no sólo de petróleo, ese viejo altar donde siempre terminamos rezando. Porque, sorpresa, el petróleo sería la palanca, no el sentido de la existencia. Concepto complicado para algunos.

Y luego están las otras reuniones… las de siempre. El mismo zoológico de contacto: oportunistas reciclados, recién convertidos con memoria selectiva, expertos en cambiar de máscara pero jamás de intenciones. La misma gula grosera, la misma mano larga que ya debería tener franquicia. No hay que escandalizarse: los piratas no llegan tarde a ningún botín. Lo suyo es inaugurar la fiesta… y cobrarse la entrada. Colaboracionistas con el régimen de turno ha habido siempre —no es ninguna innovación tropical—, desde los tiempos en que esto era Capitanía General y ya había quien hacía carrera pegando el oído al despacho correcto.

Lo nuevo no es la figura, es la amnesia. Antes, al menos, entendían algo básico: no se puede ser verdaderamente rico en un país empantanado en la miseria. Podías tener privilegios, sí, vivir mejor que el resto, también… pero sabían que el fango alcanza, que la ruina termina salpicando hasta los zapatos más lustrados.

Ahora no. Ahora hay quien jura que puede construirse un oasis privado en medio del desierto, como si la decadencia fuera una cuestión de perímetro, como si bastara con subir un muro, poner aire acondicionado y repetir que todo va bien. Pero no. Un país roto no es un decorado que se ignora, es una grieta que se filtra por todas partes: en la calle, en la economía, en la cabeza de la gente. Antes lo sabían. Hoy algunos hacen como que no. Y ahí está la verdadera decadencia: no en que existan los colaboracionistas —eso es casi tradición—, sino en que ya ni siquiera entienden el costo de lo que están comprando.

Caracas me deja ese sabor raro, como de café recalentado que igual te bebes porque no hay otra cosa. Por un lado, veo gente echándole ganas en serio: creando, produciendo, inventando cómo sobrevivir sin manual. Y eso contrasta —casi duele— con cierta clase acomodada que sigue en modo duelo eterno, lloriqueando por los privilegios perdidos, como si el rentismo hubiera sido una ley natural y no un vicio que jamás quisieron reconocer.

La cultura, eso sí, viva y dando codazos: música, cine, teatro, literatura… como si el país respirara mejor por ahí. Las artes plásticas, en cambio, siguen orbitando en la misma galaxia de siempre: la de los enchufes y las complacencias. El periodismo… mejor dejarlo en suspensión, que a veces el silencio es más elegante que el diagnóstico. Los partidos, al fin, parecen estar descubriendo que su trabajo no es quejarse a tiempo completo, sino liderar.  Las iglesias rezan —que nunca sobra— y las universidades hacen malabares entre formar y protestar por sueldos que son un insulto a la inteligencia.

Los empresarios empiezan a despabilar, como quien sale de una siesta demasiado larga: entendiendo que no existen empresarios ricos con empresas pobres, por mucho que durante años hayan intentado convencerse de lo contrario. Más creatividad, más estrategia, más visión… o al menos el intento.

Pero Caracas sigue siendo Caracas: convencida, en el fondo, de que es ombligo del universo, atrapada en ese lema no oficial de “Caracas es Caracas y lo demás… monte y culebras”. Como si ser capital no viniera con responsabilidades incorporadas hacia el resto del país, y no sólo con privilegios históricos.

La reacción a la muerte de Quero y su madre fue otra de esas pruebas que no se pueden falsificar. Un espejo sin Photoshop, incómodo. Dolor colectivo, sí, pero sin espectáculo. Sin esa rabia desatada que algunos, desde sus cómodos balcones, estaban casi deseando. Porque el caos les viene bien. Pero no hubo incendio. Hubo duelo. Silencioso, contenido, digno. Y eso desconcertó más que cualquier grito. Tanto, que activó la función de “control de daños”: excarcelaciones a cuentagotas, promesas de catálogo y discursos con esa palabra —“justicia”— pronunciada con la soltura de quien no teme al ridículo. Habría que regalarles un diccionario. De esos con dibujos, por si acaso.

El ánimo del país es una fiera herida que decidió no rugir más en público. No porque no duela, sino porque ya entendió que el escándalo no cura. Aquí la gente se levanta apretando los dientes, como quien vuelve al ring sin haber terminado de tragar sangre. No es cansancio: es decisión fina, lijado lento del alma.

Y, sí, hay luz. No una épica, no una de esas que inspiran discursos baratos. Una luz mínima, que alcanza para no caerse en el siguiente paso. La gente la guarda como si fuera oro, porque aquí cualquier brillo, por diminuto que sea, se vuelve talismán. Milagros domésticos: agua que llega, mensajes que dicen “llegué”, “estoy bien”, café compartido como si fuera caviar.

La rabia, mientras tanto, evolucionó. Ya no grita, no rompe. Se volvió quirúrgica. Se queda en la garganta, afilada, esperando. Una rabia que sabe que desbordarse sería regalarle el espectáculo a quien lo necesita para justificar aberraciones. La ironía es el nuevo idioma nacional. El chiste es resistencia. El humor negro, vitamina básica. Aquí se bromea para no quebrarse, para no perder la poca cordura que quedó viva después de la última factura.

La desconfianza ya es reflejo. Nadie cree en nada sin tocarlo… y aun tocándolo, duda. Es supervivencia, no pesimismo. Por eso al gobierno transitorio se le mira sin pestañear: “cumpla, arregle el desastre y salga sin hacer ruido… Y sin llevarse otro souvenir en los bolsillos, que la colección ya está bastante completa…”

Y, como si fuera poco —porque este país parece diseñado para la contradicción— hay ternura. Una ternura que resiste, que avisa, que cuida, que comparte lo poco sin hacer show. Ese hilo invisible que mantiene todo unido mientras arriba juegan a otra cosa. En Palacio, eso no existe. Ahí la ternura se extinguió junto con la vergüenza.

Venezuela vive en alerta permanente. No descansa, no confía, no se entrega. Camina por la cuerda floja con los pies desnudos y el pulso firme. Frágil, sí. Quebradizo, también. Pero con una terquedad que raya en lo insolente. Apunta en un cuaderno los nombres de todos los que van cayendo… Uno, dos, tres… y aún faltan. Siempre faltan, porque la lista nunca fue corta y la memoria suele maquillarse sola. Las redes hacen su parte: videos, fotos, el museo infinito de lo evidente, como si documentarlo añadiera algo. Pero hay algo que nunca van a poder postear: la satisfacción de la justicia. Esa no lleva filtro, no pide likes, no negocia narrativa. Llega y punto. Aunque más de uno, cuando la tenga delante, prefiera hacerse el ciego.

Y mientras tanto, en su despacho impecable, algún poderoso —uno más en la colección— tiembla. Yo sé que tiembla. Aunque después salga muy serio en las pantallas, muy firme, muy dueño de algo que ya no alcanza para sostenerse.

Venezuela está luchando. Y quien crea que esto es un país distraído, entretenido mirando pajaritos en el alhambre… es que no entendió absolutamente nada.

De vuelta a su casa en el exterior, mi amigo, un venezolano decente y trabajador, destapa ese ron comprado en Caracas, como si fuera una reliquia improbable. Lo sirve, lo huele, lo saborea con una media sonrisa… Luego de unos días en Venezuela, entiende. Entiende que el país ya no es el mismo de hace unos meses. Que, aunque siga astillado y cojeando, algo se está moviendo debajo del desastre. Que Venezuela —contra todo pronóstico, contra toda lógica y contra tanto experto de sofá— está más cerca de salir del hueco.

Y sí, le cuesta admitirlo sin dudar, pero ahí está: Venezuela está renaciendo. No con fanfarria, no con discursos grandilocuentes, sino a su manera —terca, silenciosa, casi insolente—, como si le molestara que alguien dude de su capacidad para levantarse una vez más.

Tendremos un país mejor… claro que sí. Porque después de tanto romperlo, de tanto manosearlo hasta dejarlo irreconocible, lo mínimo sería que algo sirviera para recomponerlo. No va a ser bonito, ni rápido, ni épico como les gusta contarlo a los que nunca han cargado con el peso. Va a ser a pulso, con torpeza, con rabia contenida y con una paciencia que a ratos parece castigo. Pero mejor, sí. Mejor no por promesa —que de esas ya hay un catálogo entero—, sino por pura terquedad. Porque a este país le sobra una cosa: gente que no se resigna, aunque le sobren motivos.

Tendremos un país mejor… aunque a más de uno le incomode verlo. Aunque algunos intenten convencerse de que no, de que todo sigue igual, de que nada cambia.

Pero cambia. Lento, incómodo, casi sin avisar… y precisamente por eso, de verdad.

Soledadmorillobelloso@gmail.com

 

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