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Antonio de la Cruz: Transición tutelada y el poder frágil en Venezuela

 

En Caracas, el poder ya no se exhibe con la seguridad de otros tiempos. Se administra. Se calibra. Se contiene. Lo que alguna vez fue un proyecto político capaz de movilizar lealtades profundas hoy parece operar bajo una lógica más defensiva: evitar el colapso, evitar la fractura, evitar —por encima de todo— perder el control de un equilibrio cada vez más frágil.

En ese equilibrio, la figura de Delcy Rodríguez emerge no como líder carismática ni como arquitecta de un nuevo consenso, sino como administradora de una transición que nadie se atreve a nombrar del todo. Su rol no consiste en inspirar, sino en sostener. No en transformar, sino en impedir que todo se desmorone demasiado rápido.

El sistema que gestiona está marcado por un rasgo fundamental: quienes lo sostienen parecen temer más las pérdidas que ambicionar ganancias. En ese cálculo, cada actor relevante —desde los operadores civiles del poder hasta los mandos militares, pasando por interlocutores externos— actúa con cautela. El objetivo no es ganar, sino no caer. No provocar una ruptura que derive en violencia abierta, ni permitir un deterioro que haga inevitable un desenlace fuera de control.

Esto explica por qué la estabilidad, incluso una estabilidad precaria y contradictoria, ha pasado a ocupar el centro de la escena. La legitimidad democrática, en cambio, queda relegada a un horizonte diferido, siempre invocado pero raramente concretado.

Sin embargo, la estabilidad que se preserva no descansa sobre consensos sólidos. Más bien, se sostiene sobre una estructura que ha comenzado a mostrar fisuras. Antiguos aliados han dejado de hablar con una sola voz. Sectores que antes formaban parte del entramado simbólico del poder —intelectuales, organizaciones sociales, incluso actores institucionales— ya no garantizan obediencia automática. La narrativa que alguna vez cohesionó al bloque gobernante ha perdido fuerza.

Administrar un Estado es una tarea técnica. Gobernar una sociedad requiere algo más: la capacidad de generar sentido compartido. Esa diferencia, hoy, resulta evidente.

En paralelo, el sistema depende de una constelación de actores cuya lealtad no es ideológica sino funcional. Militares, operadores económicos, burócratas, intermediarios financieros y enlaces internacionales conforman un núcleo cuya cohesión es indispensable. Pero ese núcleo parece reducirse. Y a medida que se reduce, se vuelve más exigente.

Cuando los incentivos dejan de alinearse, aparecen las tensiones. Si los actores armados priorizan la extracción sobre la estabilidad, los inversionistas se retraen. Si la inversión no llega, la recuperación económica se estanca. Y sin recuperación, la utilidad del esquema para quienes lo observan desde el exterior comienza a erosionarse.

El tablero, visto desde cierta distancia, recuerda a esos juegos donde la victoria no se obtiene mediante un ataque frontal, sino limitando gradualmente las opciones del adversario. Las piezas clave siguen en manos del gobierno: instituciones, acceso a recursos, canales de interlocución internacional. Pero su margen de maniobra es estrecho. No puede reprimir de manera indiscriminada sin pagar costos externos. No puede permitir el caos sin poner en riesgo su propia supervivencia. No puede resolver la crisis económica en el corto plazo. Y, crucialmente, no puede producir legitimidad electoral sin abrir una puerta que podría no controlar.

En ese espacio restringido, otros actores comienzan a moverse. La sociedad civil, los sindicatos, la Iglesia, el empresariado, incluso los propios socios internacionales, no operan como bloques homogéneos, pero comparten una característica: son territorios en disputa.

La protesta social, en este contexto, adquiere un carácter ambiguo. Puede aumentar el costo de sostener el esquema actual, pero también puede reforzarlo si se desborda. Una movilización ordenada, persistente y visible puede alterar los cálculos de quienes prefieren la inercia. Una protesta caótica, en cambio, puede validar el argumento de que el orden debe preceder a cualquier apertura.

El desarrollo de los acontecimientos puede leerse como una secuencia de movimientos aún incompleta. Primero, una estabilización tutelada, donde el objetivo principal es evitar el colapso. Luego, una presión social que crece, pero que aún no rompe el equilibrio. Más adelante, la percepción —especialmente desde Washington— de que la estabilidad sin transición tiene límites. Finalmente, la posibilidad de que un cronograma electoral emerja no como concesión idealista, sino como mecanismo de contención.

Pero esa secuencia no está garantizada. Existe siempre la posibilidad de un desvío: que la presión social se desordene, que el caos se imponga como narrativa dominante, y que los actores externos opten por privilegiar la estabilidad por encima de cualquier apertura. En ese escenario, lo que hoy parece transitorio podría consolidarse.

Las probabilidades de cada desenlace no son estáticas. Dependen de variables que cambian con rapidez: la cohesión interna del aparato de poder, la evolución de la economía, la conducta de los actores armados, la intensidad y forma de la protesta, y la lectura que hacen los centros de decisión internacionales.

A todo esto se suma un elemento menos visible, pero igualmente determinante: la naturaleza en red del sistema. El poder no reside únicamente en instituciones formales, sino en conexiones —financieras, logísticas, políticas— que atraviesan fronteras. Cuando una de esas conexiones se debilita, el impacto no siempre es inmediato, pero puede alterar la capacidad de coordinación del conjunto.

La salida de una figura clave en esas redes, por ejemplo, no solo afecta flujos económicos. También introduce incertidumbre en los mecanismos que permiten al sistema operar con relativa fluidez. Y cuando la coordinación se resiente, la estabilidad deja de ser un resultado automático.

En ese contexto, el uso de la fuerza adquiere un significado distinto. La represión abierta, lejos de demostrar fortaleza, puede revelar lo contrario: la ausencia de poder en su sentido más profundo. El poder, entendido como capacidad de acción colectiva, no puede imponerse exclusivamente por medios coercitivos. Cuando la violencia se vuelve demasiado visible, expone la fragilidad del sistema que pretende proteger.

Por eso, la contención no es solo una estrategia táctica, sino una necesidad estructural.

A esta complejidad se añade un desfase temporal que distorsiona las percepciones. Las decisiones tomadas en Washington no producen efectos inmediatos. Sus consecuencias pueden tardar meses en materializarse. Este retraso genera una tensión adicional: mientras la presión social puede intensificarse rápidamente, las respuestas institucionales avanzan con lentitud.

El riesgo es evidente. Si las expectativas se aceleran más rápido que las soluciones, la brecha entre ambas puede volverse inestable.

Mientras tanto, el control del Estado no se traduce automáticamente en control de la economía real. Las instituciones clave pueden estar bajo supervisión, pero la confianza —ese recurso intangible que sostiene cualquier recuperación— sigue siendo esquiva. Los actores económicos no expanden, apenas resisten. Mantienen posiciones, pero no apuestan por el futuro.

En este escenario, el liderazgo enfrenta un dilema clásico: ser útil sin necesidad de ser amado. Mantener el orden sin provocar rechazo externo. Permitir cierto grado de apertura sin perder control. Administrar el miedo sin desencadenar el caos.

Pero esa ecuación tiene límites. La utilidad es, por definición, contingente. Depende de resultados. Y cuando los resultados no llegan, la tolerancia se reduce.

Lo que emerge, entonces, no es una transición clara, sino una transición en tensión. Un proceso donde ninguno de los actores controla completamente el desenlace, y donde cada movimiento redefine el campo de lo posible.

En ese campo, una idea comienza a tomar forma, aunque nadie la declare abiertamente: la estabilidad sin horizonte político se degrada con el tiempo. El desorden, por su parte, no acelera el cambio, sino que puede congelarlo. Entre ambos extremos, existe un espacio más estrecho, más difícil de sostener, pero potencialmente decisivo: el de una presión social organizada que no destruya el tablero, sino que obligue a reconfigurarlo.

Es allí donde el futuro comienza a decidirse, no en un gesto dramático, sino en la acumulación paciente de movimientos que reducen, poco a poco, las opciones de quienes aún creen que el tiempo juega a su favor.

 

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