pancarta sol

Guy Sorman: ¿Hay que temerle a China?

 

A raíz del encuentro entre los presidentes de Estados Unidos y China, permítanme recordar la figura de Liu Xiaobo, Nobel de la Paz, fallecido mientras se encontraba recluido en una prisión china, hace ya nueve años. ¿Qué relación hay entre ambos acontecimientos? Es esencial, ya que la muerte de Liu Xiaobo, de manera simbólica, marca un punto de inflexión en la historia de China. Este profesor universitario fue el último disidente que luchó durante toda su vida por los derechos humanos y la democracia. No tenía ninguna duda de que los conceptos de libertad, igualdad y liberalismo eran compatibles con la civilización china. Liu rechazaba cualquier exotismo que confinara eternamente a sus conciudadanos en un régimen dictatorial, antaño imperial, hoy comunista. Desde que el régimen de Pekín silenció a Liu, nadie ha tomado el relevo. El Gobierno ha logrado aplastar cualquier intento de cuestionar el monopolio del Partido Comunista y el poder absoluto de su líder. Los países occidentales parecen haber aceptado que China nunca sería una democracia y que el despotismo era su destino. Cuando, tras aplastar a los demócratas, los dirigentes de Pekín se ensañaron con todas las minorías disidentes, los gobiernos occidentales ya no profieren la más mínima observación crítica. Nuestros intereses comerciales, así como el desconocimiento de la civilización china, explican esta aquiescencia ante el totalitarismo de Xi Jinping.

Una vez eliminado cualquier atisbo de democracia, el Gobierno puede aplicar sin restricciones una estrategia basada en la discriminación entre dos Chinas: la útil, productiva y orientada al intercambio con el resto del mundo, por un lado, y, por otro, la inútil, las zonas rurales que sobreviven en la miseria. Se puede estimar que el peso demográfico de la China útil es más o menos idéntico al de la inútil. De esta última apenas sabemos nada; los turistas o los hombres de negocios nunca van allí. Para evitar el contagio entre estas dos Chinas, el Gobierno ha mantenido un pasaporte interior que, en la práctica, impide a un campesino escapar de su miseria para trabajar en la ciudad. Si lo consigue, seguirá en una situación precaria, con la prohibición de recibir asistencia médica o de escolarizar a su familia. Este pasaporte interno solo le autoriza a trabajar en la China moderna en la medida en que el Partido Comunista lo considere útil.

El enriquecimiento sigue siendo la obsesión de sus dirigentes. Cuando se dice que China es la primera o segunda economía del mundo es únicamente por su población, ya que en términos per cápita la renta media ronda los 13.000 dólares frente a los 40.000 de Europa. Detrás de la fachada de las tiendas de lujo de Pekín o Shanghái, China sigue siendo pobre y, sin embargo, no se puede negar su influencia. ¿Cómo explicar esta combinación de pobreza generalizada y poder mundial? Basta, como he escrito, con sacrificar a la mitad de la población para centrarse en la más urbanizada y educada. Basta con concentrar la inversión pública en infraestructuras, industrias, investigación y los gastos militares más estratégicos. No hace tanto tiempo que China solo exportaba productos baratos. Pero, a fuerza de copiar, de explotar una mano de obra con salarios bajos y centrar los esfuerzos en sectores clave, muchas industrias se han equiparado o incluso superado a lo que producen los occidentales. Este éxito, en detrimento de cualquier búsqueda de la igualdad o la solidaridad, sigue dependiendo del comercio con el resto del mundo. Hay que tener presente esta obsesión económica y esta dependencia del comercio para comprender hasta qué punto la prioridad de Pekín no es agredir a sus vecinos, sino seguir su camino hasta el día en que el Imperio Medio recupere su antigua gloria. Por el momento, sería absurdo temer una agresión china; su modelo de poder se vería inmediatamente socavado.

¿No deberíamos temer que Xi Jinping, con el fin de suplantar a Estados Unidos como líder mundial, planee la conquista de Taiwán, y a continuación la neutralización de Japón y Corea del Sur, o incluso la de Filipinas e Indonesia? La historia de China se opone a esta hipótesis belicista, ya que nunca ha sido un imperio conquistador, limitando su actuación a garantizar sus fronteras y neutralizar a los pueblos que la rodean, como los tibetanos o los uigures. No se entiende por qué el Gobierno chino rompería con un pasado imperial que sigue siendo su fuente de inspiración y se aventuraría en guerras inútiles por un deseo de supremacía. Mi hipótesis, compartida con los dirigentes de Taiwán, es que ni siquiera su isla está a merced de una agresión: el ‘statu quo’ conviene a ambas partes, sobre todo porque las guerras de Ucrania e Irán ilustran hasta qué punto la conquista de Taiwán sería aleatoria. No solo no hay que temer una agresión militar de China, sino que se observará que este régimen despótico en el interior es, en el exterior, curiosamente respetuoso con el derecho internacional, mientras que el comportamiento de Estados Unidos se ha vuelto impredecible. China se erige en un polo de estabilidad en su política interior, en su estrategia y en su actuación internacional. El peligro de una guerra –primero comercial y luego militar– no proviene del régimen de Pekín, sino de la ambición megalómana del presidente de Estados Unidos. Corresponde, por tanto, a la Unión Europea no sumarse a las ambiciones belicistas del complejo militar-industrial que dirige Estados Unidos, sino llamar a la cordura, uniendo a los países medianos que no desean verse atrapados entre el delirio estadounidense y las ambiciones chinas.

Queda por analizar si China puede servir de modelo y cuál es el destino de su pueblo. China no es un modelo ni pretende serlo; sigue siendo prisionera de su historia y de su régimen autoritario. A diferencia de la época de Mao, Xi no busca exportar la revolución; al contrario, considera que cada uno debe seguir su propio camino. ¿Qué hay del pueblo chino? Quienes se benefician del régimen no pueden sino aprobarlo; todos los demás guardan silencio. No disponemos de ningún resultado electoral ni de ninguna encuesta que nos permita medir el estado de ánimo de 1.500 millones de personas. Aunque conozcamos lo mejor posible la civilización y la historia de China, los europeos no debemos renunciar a nuestro universalismo. Al igual que Liu Xiaobo en su momento me convenció de que el liberalismo no era ajeno al pensamiento chino, sigue habiendo, aunque no los conozcamos, innumerables Liu Xiaobo en la China actual. No sabemos sus nombres, pero desearían no ser abandonados. En definitiva, no debemos temer a China, no debemos dejarnos arrastrar por Estados Unidos a ninguna confrontación y no debemos renunciar a nuestros valores universales, que incluyen al pueblo chino, aunque hoy se vea reducido al silencio.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tradución »