La semana que corre es la peor en la trayectoria del histórico Partido Socialista Obrero Español (PSOE) desde las elecciones generales de noviembre de 2011, en las que perdió 4 millones de votos con respecto a las anteriores de 2008 y 59 escaños en el Congreso de los Diputados. Aquella fue su mayor derrota electoral desde la restauración de la democracia en España, pero lo peor todavía estaba por venir.
Aunque en los últimos siete años su actual secretario general Pedro Sánchez se las ha arreglado para mantenerse al frente del Gobierno de la nación, por medio de una serie de rocambolescas alianzas parlamentarias, lo cierto del caso es que el PSOE ha estado muy lejos de la abrumadora mayoría social y política con que contó en las dos últimas décadas del siglo XX.
El domingo pasado, en las elecciones para renovar el parlamento de Andalucía, esa organización obtuvo el peor resultado de su historia en esa comunidad autónoma tanto en porcentaje de votos (22%) como en escaños. Aunque mejoró un poco su votación se quedó muy lejos de su época dorada. Su rival, el conservador Partido Popular (PP) lo dobló en votos y el bloque de la derecha alcanzó una cómoda mayoría absoluta.
Este es un hecho político significativo puesto que Andalucía, la comunidad autónoma más poblada del país, fue desde la Transición el bastión indiscutido del socialismo español. Elección tras elección, generales, autonómicas o municipales, durante cuatro décadas, mantuvo una hegemonía política casi absoluta, siendo el principal granero de votos del partido y el amortiguador de las derrotas nacionales.
De allí emergió el grupo de jóvenes sevillanos encabezados por Felipe González y Alfonso Guerra (el clan de la tortilla) que refundaron la organización. Fueron ellos quienes audazmente modificaron la estrategia del partido, reemplazando a la vieja guardia que operaba en el exilio, justo antes del fin de la dictadura; luego pactaron con la derecha aceptar la monarquía a cambio de la democracia y renunciaron al marxismo; ya en el gobierno llevaron adelante la sorprendente modernización de España, incorporándola a la Comunidad Económica Europea y homologando su Estado de bienestar con sus vecinos al norte de los Pirineos.
Fue en Andalucía donde el PSOE obtuvo sus primeras victorias electorales en democracia, y el arrollador triunfo en la elección del parlamento andaluz en mayo de 1982, donde el centro y la derecha quedaron relegados, sería el preámbulo de lo que ocurriría pocos meses después: la primera de tres mayorías absolutas seguidas en el ámbito nacional con Felipe González como líder.
Si como se ha dicho, con bastante fundamento, el PSOE se convirtió en el “partido del régimen”, en Andalucía fue, en la práctica el Estado mismo. La Exposición Universal de Sevilla 1992 fue el cenit.
Pero como suele ocurrir en la vida, también fue inicio de este lento declinar. Buena parte de la izquierda española nunca le perdonó a González, incluso dentro de su propio partido, el giro pragmático que lo llevó a asumir decisiones trascendentales de gobierno como mantener a España en la OTAN, impulsar la privatización de empresas públicas y liberalizar la economía, lo que le costó romper con la UGT, el sindicato afín, y soportar cuatro huelgas generales.
A eso se sumaron una serie de escándalos de corrupción que fueron marchitando la otrora imagen fresca y renovada del socialismo español. El caso ERE que involucró a la Junta de Andalucía fue un duro golpe al prestigio del partido.
Con todo y eso, el PSOE volvería al gobierno nacional al ganar dos elecciones generales (2004 y 2008), y mantendría de manera casi ininterrumpida su predominio en la mayoría de las regiones del país. El quiebre acontecería en las elecciones de 2011 donde llevó como candidato, por cierto, a uno de sus más capaces dirigentes.
Se nos dirá que, la más que centenaria organización, es víctima de la misma tendencia de retroceso que en nuestros días afecta al resto de la socialdemocracia europea. Después de todo, muchos de sus partidos hermanos han perdido gran parte de su base tradicional de clase trabajadora, siendo relegados a posiciones secundarias en países donde antes eran fuerzas dominantes (Alemania, Francia o Grecia).
Sin embargo, en este caso hay circunstancias propiamente españolas que vale la pena destacar, porque tanto detrás de aquella debacle electoral de 2011, como en la actual crisis reputacional, cumplió un papel central (aunque involuntario) la misma persona: el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero.
En 2011 Alfredo Pérez Rubalcaba fue candidato a la presidencia del Gobierno, pero la mayoría de los electores castigaron en él la pésima gestión económica de la última legislatura de Zapatero, que dejó millones de desempleados y al país al borde del rescate financiero. Desde entonces podría decirse que el PSOE se sumergió en una crisis de la cual aún no se recupera, y de la que Sánchez se aprovechó para tomar para sí el control del aparato partidista.
El actual jefe del Ejecutivo ha sido muy hábil, qué duda cabe, para navegar en la italianización que desde ese año ha ocurrido en la política española, capitalizando, paradójicamente, la crisis de bipartidismo.
Por su parte, Zapatero pasó buena parte de esos años hibernando en la vida pública ibérica, aunque muy activo al otro lado del Atlántico, hasta que reapareció en la campaña para las elecciones generales de 2023 para darle todo su respaldo a un Sánchez que luchaba contra la corriente. Puertas adentro del PSOE ese renovado protagonismo fue muy oportuno para el acosado candidato/presidente, puesto que, para ese momento, los patriarcas socialistas Felipe González y Alfonso Guerra cuestionaban abiertamente, sus acuerdos y alianzas con el chavismo español y el separatismo catalán.
Desde entonces, ese decir, en los últimos tres años, Zapatero ha venido a ser el referente ético de la izquierda española, y del propio Gobierno de Sánchez, mientras que González y Guerra han sido condenados al ostracismo como viejos renegados de su propia causa.
En este sentido, hay razones para pensar que Zapatero ha tenido cierta obsesión por reemplazar a su antecesor, tanto dentro como fuera del PSOE. Cumpliendo aquella máxima atribuida a Konrad Adenauer según la cual «Hay tres tipos de enemigos: los enemigos a secas, los enemigos mortales y los compañeros de partido», desde su época como presidente de Gobierno, casi siempre, se ha colocado en la acera contraria. Cuando González se distanció de Sánchez, Zapatero corrió a darle su apoyo; cuando el primero cuestionó sus alianzas de gobierno, no dudó en justificarlas abiertamente.
Eso tiene sentido, puesto que Sánchez ha preferido ser el heredero de Zapatero y no el de Felipe González.
Pero es en Hispanoamérica donde la comparación de actitudes resulta, si se quiere, más intrigante. Desde González, ningún político español ha intentado tan insistentemente conseguir tanta influencia en esta parte del mundo, como Zapatero.
No obstante, las diferencias, aquí también, son notables. Mientras Felipe González se hizo amigo de Carlos Andrés Pérez, Julio María Sanguinetti y Fernando Henrique Cardoso; Zapatero se hizo muy cercano de Nicolas Maduro, Delcy Rodríguez, Rafael Correa y Evo Morales.
Sobre el tema Venezuela, las diferencias de criterio son más que claras.
Así que, como se podrá apreciar, los cambios no solo han sido cuantitativos, sino también cualitativos.
@Pedrobenitezf

