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Eligio Damas: Hirohito, concubinato y sangre

 

Hirohito, el emperador del Japón, fue hijo de una barragana. Y él mismo, a punto estuvo de amancebarse por orden del gran Estado Imperial. 

Sucedió que, la Emperatriz Nagakï Kumé había parido cuatro veces. Y en las tantas oportunidades que, solemnemente se ciñó el cinturón sagrado, como la tradición japonesa indica para los partos imperiales, tuvo hembras.  En aquel país de ojos rasgados y dinero tan fresco que casi huele a sardinas atrapadas en una atarraya, las mujeres no pueden ascender al trono imperial, lo que es un discurso hondo y largo, no hace falta nada. Es una cosa de orden, emanada de los dioses, que hasta en las mujeres del mundo, se vuelve respetable.

En 1937, cuando Nagakï Kumé, la esposa de Hirohito, se colocó por quinta vez el cinturón sagrado, nació el príncipe Akihito, el anterior monarca de Japón, acontecimiento que aseguró la sucesión imperial y evitó al Emperador No. 124 de su dinastía, la alternativa, a la que fue resistente, de buscar o aceptar una concubina que le diese el varón, pese él, como ya dije, fue hijo de una sustituta, como una corredora emergente. Y, como para dejar constancia de la firme decisión, tanto de él como de la Emperatriz Nagakï Kumi, en 1937 nació varón el quinto hijo de la pareja.

En estos tiempos el monarca japonés es Nahurito, hijo Akihito, nieto de Hirohito y de su esposa, por lo que la sucesión, en este caso, tampoco tuvo que inventarse artimañas.

Hirohito, quien nació del vientre de una concubina para asegurar la sucesión imperial de la dinastía de su padre, se convirtió en Emperador japonés en 1926, cuando apenas contaba 25 años. Es descendiente de “una línea interrumpida de Emperadores de las edades eternas”, como dice la Constitución japonesa.  Y esta dinastía de Hirohito, en la doctrina Kodo, está destinada a salvar al mundo. Si los hombres no gobiernan, según esa “sabia doctrina”, el mundo se perdería.

 

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