El cronista no inventa la historia ni se adueña del pasado; es apenas el artesano que interroga al olvido para devolverle a su pueblo la certeza de su propia dignidad. Rafael A. Sanabria M.

Rafael Sanabria Martínez.
No concibo la praxis de la crónica como una canonjía burocrática ni como el usufructo de un arbitrio circunstancial; la entiendo como una adscripción ontológica, una devoción temprana inoculada en la intimidad del hogar por la palabra pausada de mis padres, el legado intelectivo de mis mentores y la densa oralidad de los viejos amigos de mi pueblo, custodios primigenios de nuestra dignidad pretérita.
Mi ágora legítima no se erige en las esquinas de la opinión vana ni en la tribuna clientelar del partido de turno. No confundo, sin embargo, la vacuidad del rumor con la entrañable sabiduría del encuentro: sé bien que en la mesa de un café, bajo el noble zaguán de una casa solariega o en el reposo de una conversación amena con nuestra gente, puede encenderse la chispa de un dato latente, el hilo conductor de un testimonio vivo o el indicio sutil de un documento soterrado. Pero allí donde muchos agotan la jornada en la mera dispersión de la tertulia, yo impongo la rigurosa ascesis del documento material y el testimonio perenne. Mi investidura no emana de la complacencia del poder civil transitorio, sino del sudor vertido sobre los legajos y de los ojos fatigados por la luz tenue del archivo.
Es imperativo subrayar que el oficio del cronista de los pueblos jamás debe confundirse con un estrado para detentar poder, reclamar abolengos ficticios o perseguir un protagonismo estéril. No nos pertenece la vanidad del cargo ni la soberbia del membrete. La verdadera esencia de esta misión radica en erigirse en un escudo infranqueable para defender nuestra historia y salvaguardar el patrimonio tangible e intangible en todos sus órdenes. Cada cimiento de piedra, cada tradición oral, cada memoria suspendida en el tiempo es un territorio sagrado que el cronista debe proteger contra la desmemoria y el ultraje del olvido.
Mi praxis hermenéutica transcurre en el silencio sepulcral de los repositorios eclesiásticos y civiles, esos viejos arcones de madera crujiente donde el alma colectiva de nuestra gente aún respira. Allí, donde los siglos sedimentan sus verdades bajo capas de polvo y olvido, me consagro al acto casi litúrgico de jurungar papeles amarillentos, paleografiar actas bautismales de tintas desvanecidas y descifrar antiguos registros de catastro que delimitan los patios, los solares y las querencias más íntimas de nuestros abuelos. Cada folio es interrogado con un rigor analítico implacable, pero también con una honda sensibilidad provinciana. No me guía una nostalgia folclórica ni una mirada pintoresca, sino la necesidad metodológica y el dolor de patria chica por contrastar fechas, rectificar defunciones erróneas y restituir nombres de pila a las sombras del anonimato, rescatando con idéntico celo la huella de un soldado desconocido que la gesta civil de una educadora preclara de nuestra escuela.
Soy un compilador sistemático y obsesivo de la huella humana que ha modelado este territorio, un artesano que funde la elegancia de la prosa con el sentir de la tierra. En mis cuadernos de apuntes conviven la precisión matemática de las flechas cronológicas, la fijeza melancólica de las fotografías decimonónicas de mi archivo familiar y las pequeñas crónicas deportivas que fundaron la épica y la mística en nuestros campos de juego locales, donde el pueblo celebra su identidad, su júbilo y sus triunfos los domingos. Esta acumulación documental no responde a un afán fetichista ni a una mera curiosidad anticuaria, sino a una voluntad ordenadora: decodificar los signos dispersos de la cultura nativa para devolverlos a mi comunidad transformados en conciencia histórica y sustrato identitario.
Comprendo que la interpretación del pasado posee un fin pedagógico irrenunciable que debe volver con fuerza a las aulas. En la escuela y en el liceo, mi labor se prolonga en una pedagogía de los valores cívicos y en la vindicación de las luces civiles que precedieron nuestro presente, enseñando que la gran historia también se escribe con el barro, el lirismo y el orgullo de la periferia. Es el tendido de un puente indispensable para que el ciudadano contemporáneo se reconozca en una continuidad temporal concreta, en el surco de su propia tierra, y resista los embates de una globalización homogeneizadora.
Esta labor se ejerce en la sombra, lejos del aplauso público y de la figuración ególatra. Mi mayor incentivo es un profundo amor filial y la certeza de que las futuras generaciones —encarnadas en la mirada misma de mi descendencia directa, musa silenciosa de mis afanes líricos— merecen heredar una memoria con cimientos de piedra y no de fango. Al término de cada jornada, mi autoría se diluye gustosamente en el torrente de la identidad común. No necesito firmar con letras de molde lo que ya ha quedado inscrito en el alma de mi pueblo; sé que el verdadero cronista es aquel que desaparece detrás de la obra para que sea la propia voz de la comarca la que hable.
Entiendo, al fin, que custodiar el pasado no es congelar el tiempo, sino encender un faro para los que vienen detrás. En cada nombre rescatado del olvido y en cada rincón desentrañado se juega la dignidad de nuestra propia existencia colectiva. Es un compromiso silencioso pero inquebrantable con la verdad que nos sostiene y con el patrimonio que nos define.
¡Feliz día del cronista!

