Cuando el 3 de enero Donald Trump lanzó la operación Resolución Absoluta para extraer a Nicolás Maduro y juzgarlo en EE.UU. se extendió por Venezuela y entre la diáspora, en el exterior, una gran sensación de alivio y alegría. Parecía que después de tanto sufrimiento la dictadura había caído y el tirano era agua pasada. Paralelamente creció la popularidad de Trump, convertido en matadictadores, mientras se apostaba sobre quien seguiría: ¿Cuba, Irán…?
Apoyada en la repetida idea del presidente norteamericano de que los venezolanos están felices, María Corina Machado, la gran líder de la oposición venezolana, diría tiempo más tarde que Trump fue el único jefe de Estado que arriesgó la vida de sus compatriotas en aras de la libertad de su país. Sin embargo, horas después de la captura de Maduro, llegó el primer balde de agua fría, al elegir Washington a Delcy Rodríguez para encabezar la nueva etapa (no hablemos de transición), descartando a Machado y a la oposición de tan delicada tarea.
Luego vendrían nuevos sinsabores, como el regalo del Nóbel, el fiasco de la amnistía o el mantenimiento en prisión de muchos perseguidos políticos, como los militares. Por supuesto, en este contexto, puede verse el vaso medio lleno, sobre todo si se piensa en todo lo que hoy ocurre y era impensable el 2 de enero. Pero a pesar de las constantes demandas de apertura democrática y del restablecimiento de las libertades básicas, el chavismo permanece en el “rodrigato” (el gobierno de los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez). Es más, en el horizonte no se atisba ninguna convocatoria electoral, la condición básica para iniciar una transición a la democracia con alguna garantía.
No se sabe si medio en broma o medio en serio, Trump confesó recientemente a un periodista de Fox News que estaba considerando seriamente la posibilidad de convertir a Venezuela en el estado 51. Luego dio un paso más al postear en su red social un meme ratificando esta idea. Al ser algo similar a lo hecho con Canadá y Groenlandia no habría que tomarse sus afirmaciones a la ligera, como no lo hicieron ni Mark Carney, el primer ministro canadiense, ni la Comisión Europea. Por eso se entiende la rápida respuesta del gobierno de Delcy Rodríguez, mientras se sigue esperando una opinión más contundente de Machado, quien probablemente para no enfrentarse abiertamente ni con Trump ni con Marco Rubio, solo aludió tangencialmente a la soberanía.
De este debate surge una pregunta definitiva: ¿hasta cuándo y bajo qué condiciones la oposición venezolana aceptará seguir la senda trazada por Washington? ¿Qué pasará si en el corto o eventualmente en el medio plazo no hay correcciones de fondo a lo que ocurre en Venezuela? Es verdad que hoy hay manifestaciones de contestación al chavismo que no tenían cabida cinco meses atrás, pero éstas son más espontáneas que organizadas. Por eso es necesario que los dirigentes opositores puedan volver y adopten un claro papel director y organizador en la democratización. Y, sobre todo, que dejen de pensar que Trump es el único agente democratizador, algo que desmienten sus restantes manifestaciones.
Investigador principal de América Latina del Real Instituto Elcano y catedrático emérito de la UNED.

