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Jesús Puerta: 5 vs. 51

 

Lo de Donald Trump de mostrar un mapa (sin Esequibo) con las barras y las estrellas, es un insulto para todos los venezolanos, de parte de un abusador, megalómano, egocéntrico, supremacista, que condensa en un meme su desprecio hacia los latinoamericanos y, de manera muy ensañada, hacia los venezolanos. Ya se acumulan los insultos: nos ha llamado, así en general, «delincuentes», «narcotraficantes», «violadores», ”hijos de perra”, ha criminalizado la migración y justificado acciones y políticas que han violentado el orden jurídico mundial y nuestra dignidad. Tratar a una nación soberana como un territorio anexable es la máxima expresión de la ignonimia: para la visión supremacista, el venezolano solo es una cosa inferior, menos que gente, una pieza descartable en su tablero doméstico. Un instrumento de sus intereses, como hoy lo es la dictadura “pragmática chavista” de los Rodríguez y Cabello,

Lamentablemente, hay pequeños grupos que se han hecho eco de esta absurda idea. Bueno, hasta ahora, que yo sepa, solamente ha aparecido una página web vinculada a unos pocos tipos que promueven la incorporación de Venezuela a los Estados Unidos. Cualquiera diría que esta manifestación es la viva estampa de la mentalidad pitiyanqui, una patología cultural brillantemente caracterizada en el siglo XX por el intelectual Mario Briceño Iragorri, quien ya había encendido las alarmas en la década de los 50, ante la pérdida de nuestras mejores tradiciones. El pitiyanquismo siempre ha estado allí, durante todo el siglo XX, por lo menos. Pero el análisis de Briceño se queda corto, porque solo se refería al gusto por lo importado, propio de una economía de puertos como la nuestra, la veneración de la mercadería cultural del norte y la sustitución de nuestras tradiciones por símbolos como San Nicolás, por ejemplo.

Pero lo actual es mucho peor. Es toda una mentalidad colonial: un racismo internalizado hasta llegar al endoracismo, un sentimiento de inferioridad cultural, un sesgo cognitivo y estético, rechazo a la propia identidad y comportamientos de odio hacia sí mismo. Es la capitulación absoluta del ser nacional ante el deslumbramiento con el extranjero; el deseo sumiso de disolver la propia identidad en el molde del dominador.

Diversos científicos sociales han radiografiado las heridas psicosociales del país. Psicólogos como Manuel Barroso, Axel Capriles, Rosario Fonseca, Maritza Montero, o los rigurosos diagnósticos contemporáneos del proyecto Psicodata de la UCAB, han estudiado a fondo el fenómeno de la baja autoestima del venezolano, acentuada por años de trauma económico, social y político. Pero hay decisiones y hechos políticos que contribuyen a esta suerte de patología mental colectiva.

Impedir “por las buenas o por las malas”, basarse únicamente en la fuerza, crear una camarilla cívico militar con base en el usufructo personal de la renta que es del país, negar la vigencia de principios constitucionales y procedimientos democráticos que resumen toda una historia nacional, cometer atrocidades como la muerte de presos políticos, llevó a pensar a muchos que la única salida es la armada y que, a falta de una capacidad interna y a corrupción de nuestros militares, se llegó a la expectativa de una solución de fuerza desde afuera. La crisis nacional prolongada, la destrucción de las instituciones, de todos los servicios, de la salud y la educación en todos sus niveles, erosiona la confianza en lo propio y, en escenarios de vulnerabilidad extrema, hace que la fantasía de la anexión o el tutelaje extranjero aparezca como una balsa de salvación para mentes colonizadas.

Por supuesto, tenemos problemas de pueblo, para no hablar de la “crisis de pueblo” que profetizaba Briceño Iragorri. Ahí está esa suerte de esquizofrenia emocional, descrita por el otro Briceño, el Guerrero, quien distinguió las tres voces superpuestas en nuestras reacciones: la del mantuano que todavía se manifiesta en racismo y arrogancia aristocrática, la del moderno que no logra concretar esa modernidad ya hoy cuestionada en todo el mundo, y la del salvaje que tiende al caos, a la ruptura personalista, violenta, arbitraria, de todas as normas sociales. Decimos: somos una mezcla de sustancias culturales muy heterogéneas. No somos todavía un compuesto químico que haya integrado sus moléculas. Por eso las cavilaciones del propio Bolívar, en su dificultad por definirnos ante el peninsular, el indígena y el africano. Por eso las simpatías que todavía despierta en algunos Boves, con su ira homicida. Por eso el resentimiento irresuelto. Los diversos tiempos históricos abigarrados, amontonados o pegados en un collage de espacios y tiempos, que analizó Enrique Bernardo Núñez. Hay “crisis de pueblo” manifiesta en esos errores colectivos, esos gobernantes que reproducen nuestras peores tradiciones: el personalismo, el autoritarismo, la arbitrariedad, la “viveza criolla”, la poca reflexión que no nos permite digerir y superar nuestros traumas.

Pero la psicología social, la crítica cultural, la interpretación histórica, también demuestra que ese diagnóstico de la vulnerabilidad no define la totalidad de nuestro ser. Venezuela es una nación, una comunidad viva con una densa trayectoria, forjada con tradiciones tanto positivas como negativas, pero unida por un hilo conductor imborrable. Todos los pueblos tienen momentos de crisis profunda, pero siguen. No es por consolarnos por los rollos de los demás, pero Alemania era la nación más filosófica del mundo, pero también fue la cuna del nazismo; Estados Unidos, no solo es la tierra de ese mamarracho que hoy es su presidente. Por algo está en ese cargo. Allí multitudes creyeron que se acabaría el mundo y bajaría el mismo Jesucristo en octubre de 1844 y, ante el “gran chasco”, surgieron esa multitud de congregaciones religiosas que salieron a tratar de convencer a todo el mundo y hasta recibieron el apoyo oportunista del gobierno de Maduro en Venezuela.

Existe en los venezolanos una voluntad indeclinable de ser libres e independientes, una fuerza que se inspira directamente en la epopeya de los libertadores. Gestas militares, pero también cívicas, animadas por el más profundo amor, como la lucha de Carmen Navas por saber sobre su hijo preso, que solo consiguió descanso en su propio sacrificio, otro crimen de este gobierno. Los venezolanos no somos un meme. La valía de nuestra gente, demostrada en el valor de Carmen Navas, en la resiliencia cotidiana, en el talento que brilla tanto dentro como fuera de las fronteras, y en nuestros valores culturales, científicos y artísticos— desmiente cualquier intento de rebajarnos a la condición de ciudadanos de segunda clase de otra potencia.

Frente al espejismo del «estado 51», se impone la realidad histórica de más de 5 siglos de raíces compactas que nos sostienen como pueblo. Lo cierto es que, por encima de las fracturas coyunturales y los discursos de odio importados, las capitulaciones “pragmáticas” como las del chavismo, teorizadas por Ameliach, la vocación republicana y democrática del pueblo venezolano sigue plenamente vigente. Hoy, más que nunca, esa vocación se traduce en una lucha firme por la soberanía nacional y popular. La respuesta al desprecio de afuera y a la sumisión de unos pocos de adentro es la reafirmación de nuestra dignidad: Venezuela no es, ni será, el patio trasero de nadie, sino una república dueña de su propio destino.

Frente a la idea absurda, estúpida, criminal de 51, levantamos el principio del artículo 5 de nuestra Constitución: el respeto a la soberanía popular. Ese es el fundamento de nuestra soberanía nacional. Ambos conceptos se implican y se dan fuerza. Venezuela es será siempre una república independiente.

 

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