Aquí y ahora, Venezuela.
Hay algo profundamente doloroso en escuchar a un venezolano hablar mal de Venezuela como si el país fuese culpable de todas nuestras heridas.
Y no, Venezuela no es un error. Venezuela no es una vergüenza. Venezuela no es sinónimo de fracaso.
Un mal momento histórico no puede convertirse en la definición eterna de una nación.
Porque una cosa es un Estado mal administrado, y otra muy distinta es un país lleno de riquezas naturales, culturales y humanas que aún sigue esperando el momento correcto para reencontrarse consigo mismo.
Nos acostumbramos tanto a sobrevivir, que dejamos de admirar la tierra que habitamos. Dejamos de hablar de su belleza, de sus capacidades, de sus oportunidades. El venezolano comenzó a repetir discursos de derrota hasta olvidar que vive —o nació— en uno de los territorios más privilegiados del planeta.
Venezuela no debería ser reconocida únicamente por sus crisis.
Debería ser reconocida por el Salto Ángel, por Los Roques, por Canaima, por Mérida, por el Médano de Coro, por el relámpago del Catatumbo, por el calipso de El Callao, por su cacao, por sus playas, por sus tepuyes, por su música, por su diversidad cultural, por la alegría de su gente y por esa capacidad única de resistir sin dejar de sonreír.
Tenemos un país capaz de vivir del turismo con la misma fuerza con la que hoy viven grandes potencias internacionales.
México entendió el valor de su cultura y convirtió sus tradiciones en una marca mundial. Colombia aprendió a resignificarse frente al mundo. República Dominicana hizo de sus playas una referencia internacional. Perú convirtió su gastronomía en una experiencia de orgullo nacional.
¿Y Venezuela?
Venezuela tiene todo para ser una potencia turística, cultural y gastronómica de América Latina.
Tenemos estados enteros que podrían ser cada año una “Capital Americana de la Cultura”. Tenemos ciudades con historia, arquitectura, tradiciones y expresiones artísticas capaces de atraer visitantes de todo el mundo. Tenemos festividades únicas que merecen reconocimiento internacional. Tenemos cocineros extraordinarios, productores locales, recetas ancestrales y sabores que perfectamente podrían aspirar a estrellas Michelin si existiera una estructura seria de promoción y Desarrollo. Un “World’s leading destination”.
Tenemos talento
Y el talento venezolano ha demostrado en cualquier rincón del mundo que cuando encuentra oportunidades, florece.
El problema nunca ha sido Venezuela.
El problema ha sido permitir que la desesperanza nos robe el orgullo de pertenecer.
Criticar lo malo es necesario. Exigir cambios también.
Pero destruir nuestra identidad desde el desprecio constante solo profundiza la herida colectiva.
No podemos reconstruir un país mientras hablamos de él como si no valiera nada.
No podemos pedir respeto afuera si primero nosotros mismos renunciamos al amor por nuestra tierra.
Venezuela merece una nueva narrativa.
Una narrativa donde el país no sea visto únicamente desde la política, sino desde sus posibilidades.
Desde la cultura. Desde el turismo. Desde la educación. Desde el emprendimiento. Desde la innovación. Desde el trabajo honesto. Desde el potencial humano.
Porque sí, el camino se distorsionó.
La mala gerencia, la corrupción, el abandono institucional y los errores históricos nos hicieron perder rumbo durante años. Pero perder el rumbo no significa perder el destino.
Y los países no se levantan únicamente con recursos. Se levantan cuando su gente vuelve a creer en ellos.
Venezuela puede convertirse nuevamente en un epicentro económico de Latinoamérica.
Puede hacerlo desde sus puertos, desde su ubicación geográfica estratégica, desde sus recursos energéticos, desde su biodiversidad, desde su capacidad agrícola, desde la industria cultural y desde una generación que aún sueña con verla renacer.
Pero para llegar allí, hace falta algo más que inversiones.
Hace falta sentido de pertenencia.
Hace falta dejar de convertir el desprecio hacia el país en una costumbre social.
Hace falta entender que amar a Venezuela no significa ignorar sus problemas, sino comprometerse a transformarlos.
Porque el país más bendecido por Dios no es el que nunca cae.
Es el que, aun después de tanto dolor, todavía tiene razones para levantarse.
Y Venezuela las tiene.
Las tiene en su gente. Las tiene en su cultura. Las tiene en sus paisajes. Las tiene en sus jóvenes. Las tiene en su memoria. Y las tiene en ese futuro que todavía espera por nosotros.
Quizás el verdadero cambio comience el día en que los venezolanos volvamos a hablar de Venezuela con orgullo, con responsabilidad y con esperanza.
No desde la negación de la realidad. Sino desde la convicción profunda de que esta tierra merece mucho más de lo que ha vivido.
Porque aquí y ahora, Venezuela no necesita más odio hacia sí misma.
Necesita ciudadanos capaces de volver a imaginarla grande.
Te necesita, me necesita, nos necesita.

