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Lluís Bassets: El obsequioso Trump y el exigente Xi

 

Solo un peldaño. Uno más en el paulatino ascenso de China y el brusco descenso de Estados Unidos. Imperceptible en la pompa y circunstancia, pero transparente en boca de los protagonistas. Donald Trump se ha deshecho en elogios de Xi Jinping, pero Xi Jinping se ha deshecho en elogios de las relaciones entre Estados Unidos y China. Sin exigencias preliminares del obsequioso presidente de Estados Unidos, atento solo a los negocios y desinteresado por los derechos humanos, y solo una línea roja marcada por el sobrio presidente chino al empezar la cumbre. Roja como un semáforo que señala “una situación extremadamente peligrosa”: ¡Cuidado con Taiwán!

Según el profesor de Yale e historiador de la Guerra Fría Odd Arne Westad, el estatus disputado de la isla ofrece “la posibilidad real de una guerra entre China y Estados Unidos en la próxima década”. La amenaza preventiva de Xi no parece dirigida a disuadir a alguien como Trump, a quien poco le inquieta el futuro de Taiwán, a diferencia de Joe Biden, que reconoció abiertamente su compromiso de defender la isla en caso de una invasión china. Más bien ha sido la exhibición de una baza para obtener del presidente estadounidense alguno de esos acuerdos transaccionales que tanto le gustan. La Casa Blanca no la ha utilizado de momento vez para exigir de China alguna contrapartida política, como un mayor compromiso en la apertura del estrecho de Ormuz o en el desarme nuclear de Irán, aunque no cabe descartar que no la aproveche en el futuro.

Muchos esperaban y otros temían de esta cumbre un cambio de posición de Estados Unidos con respecto a Taiwán que finalmente no se ha producido. Significaba pasar de “no apoyar la independencia” a “oponerse a la independencia”, rompiendo la ambigüedad estratégica que ha caracterizado la posición de Washington desde la firma del Comunicado de Shanghai en 1972, tras el célebre encuentro entre Nixon y Mao Zedong, por el que Estados Unidos reconocía la existencia de una sola China, pero mantenía relaciones diplomáticas con Pekín y oficiosas con la isla autogobernada de Taiwán, incluyendo el suministro de armamento. Era puro equilibrismo disuasivo para que China no invadiera Taiwán ni Taiwán declarara la independencia.

Las quinielas sobre tal modificación estratégica surgen de la proverbial imprevisibilidad de Trump y de su frialdad hacia Taiwán, por su escaso gasto en defensa, sus insuficientes compras de armas a empresas estadounidenses y su casi monopolio en la fabricación de semiconductores. Tal gesto equivaldría a la súbita entrega a Pekín de una zona de influencia donde Washington mantiene todavía el libre acceso marítimo y su hegemonía geopolítica. Así se aceleraría la anexión de la isla y desaparecería cualquier atisbo de confianza de los aliados en Estados Unidos. Culminaría el alejamiento de los europeos y el repliegue en el continente americano. Un nuevo y fuerte estímulo a la proliferación nuclear afectaría a los países excluidos del paraguas estadounidense.

Este golpe de timón no se ha producido, pero sí sutiles señales en una dirección preocupante para el Gobierno taiwanés. Antes de partir hacia Pekín, Trump expresó su intención de discutir con Xi sobre a propósito de una venta de armas a Taiwán por valor de 11.000 millones de dólares, provisionalmente paralizada con motivo del viaje presidencial. Aunque confirmó la política de Una Sola China, estas declaraciones se salen de la línea oficial de Washington, blindada por las Seis Garantías del presidente Reagan, la segunda de la cuales establece claramente que no habrá consulta alguna con Pekín sobre el derecho de Estados Unidos a vender armas a Taiwán.

Trump ha prometido aclarar su posición en los próximos días. Si se diera por obsoleta una sola garantía, las otras seguirían idéntico destino. Sin ellas, podría establecerse una fecha límite para la venta de armas, proponer una revisión del Acta aprobada por el Congreso sobre las relaciones con la isla, reconsiderar la soberanía taiwanesa, ejercer presión desde Washington para que su Gobierno negocie con Pekín e incluso que Trump se propusiera como mediador, en la estela de su vocación pacificadora digna del Premio Nobel. Sería el cumplimiento literal de la sentencia de Xi sobre la compatibilidad entre la culminación del ascenso imperial de China y el proyecto trumpista: “El rejuvenecimiento de la nación china y el regreso de Estados Unidos a la grandeza (MAGA) pueden ir de la mano”.

Un modesto peldaño ascendido por China o descendido por Estados Unidos sitúa en idéntico rellano a los líderes de ambas superpotencias. Una vez acentuada tal dinámica con Trump, es dudoso que un cambio de mayoría en el Congreso, el próximo noviembre, o un relevo en la Casa Blanca en 2028 vayan a revertir la tendencia. De ahí el carácter único e histórico, quizás definitivo, de este encuentro entre un poderoso en ascenso y otro en declive.

 

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