Dentro de la gente común, por lo menos en Venezuela, el nombre de Ciro El Grande dirá muy poco, y no estoy hablando de los obreros, los campesinos, los buhoneros, las amas de casa de cualquier clase social, hablo de capas medias con estudios universitarios, de empresarios medianos exitosos e incluso de grandes empresarios. La educación y la cultura no han sido, por lo menos en los últimos 140 años, el centro de los proyectos serios de la nación venezolana. Y mientras más pasan los años, se ha vuelto peor. En 1958, hubo un repunte educativo innegable: las universidades pasan de tres oficiales y dos privadas, a una decena en pocos años; los estudiantes universitarios pasan de unos 12 mil a casi medio millón, en 15 años, aunque no siempre en instituciones proyectadas para ser de calidad. El analfabetismo se redujo enormemente, y no me importa, si los “revolucionarios”, que creen que antes de ellos sólo existía la oscuridad, comienzan a vomitar insultos y consignas triunfalistas.
Ya desde finales de los 80, a raíz de la crisis económica, social y política en desarrollo, el abandono comienza a sentirse en dos sectores que habían prosperado: el de la salud y el de la educación. Lo curioso, es que ese abandono no fue enfrentado verdaderamente por la “revolución”, que siempre se conformó sólo con el discurso y con hacer creer que hacía, cuando en realidad deshacía, o mal hacía o simplemente no hacía. Un clarísimo ejemplo fue la declaración de Venezuela libre de analfabetismo, logro tan rápido como efímero, pues el mismo censo nacional se encargó a los pocos años de demostrar que no se había mantenido, para no hablar de las cifras actuales, ni del analfabetismo funcional, todo esto a diferencia de lo ocurrido en Cuba durante décadas, aunque esta verdad no les guste y ahora vomiten los anticomunistas viscerales de siempre.
Pero, volviendo a Ciro El Grande: fue un rey persa, que vivió hace más de 2.500 años y que es considerado como el fundador de Persia, hoy Irán, y del imperio persa, la civilización que el sociópata de Trump dijo podía hacer desaparecer si lo quisiera, con un “bum”, nuclear, por supuesto. Como todas las historias de civilizaciones, reyes, religiones y profetas, que se remontan a épocas anteriores a nuestra era, la de Ciro El Grande se inicia con un sueño, mejor dicho, una pesadilla, transformada luego en profecía, que tuvo el gobernante medo, abuelo de Ciro, que dominaba al pequeño reino que luego sería Persia. Según lo cuenta Heródoto, historiador griego, en su ensueño vio a su nieto como gobernante de toda Asia, y aterrorizado con esa imagen envió a matar al niño; fíjense como se parece al cuento de Herodes con Jesús. Ese niño era Ciro, pero el general enviado a asesinarlo no lo hizo, sino lo dejó en manos de un campesino pastor, quien lo cría como su propio hijo. Siguen las similitudes.
Más adelante, se descubre el origen de Ciro y éste lidera a los persas, enfrenta a su abuelo y derrota el dominio de los medos hacia el año 550 antes de nuestra era. Nace entonces el imperio Aqueménida, que, en los 20 años siguientes, dirigido por Ciro, conquista toda Asia occidental incluyendo la poderosa ciudad de Babilonia, la más importante de la época. Ciro se caracterizó por no arrasar las ciudades conquistadas, no asesinar a los reyes derrotados, sino incorporarlos como colaboradores; practicar la tolerancia religiosa y cultural en los territorios conquistados y por permitir el regreso a sus tierras de todos los pueblos que habían sido desterrados, entre ellos, según la propia Biblia hebrea, los judíos, a quienes Ciro, el primer rey persa, les permitió su regreso a Jerusalén. El mismo profeta Isaías lo llamó “ungido de Dios”, un mesías, título que se les daba sólo a los reyes de Israel. Ciro El Grande ocupa entonces un sitio muy especial en la historia de los judíos.
El genocida Netanyahu, quien no es realmente judío, desconoce y rechaza esta historia, pues de lo contrario no actuaría para hacer desaparecer a la nación persa, que fue la que permitió el regreso de los judíos exiliados de Babilonia, según la Biblia hebrea. El imperio construido por Ciro El Grande duró más de dos siglos y ocupaba las áreas actuales de Irán, Turquía, Egipto y partes de Afganistán y Paquistán. A su muerte lo sucede Darío El Grande, quien lleva al imperio a su máximo esplendor con su capital Persépolis. Jerjes, su hijo, no fue tan exitoso en su gestión. Persia rivalizó militarmente con Grecia, y cultural y religiosamente, pues el zoroastrismo, monoteísmo fundado por el profeta Zaratustra, es de los más antiguos del mundo. Finalmente, Persia es conquistada por Alejandro Magno en el 331 a.n.e.


