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Juan Monsant Aristimuño: Sobre lo moral y amoral

 

Créeme, este ciudadano es un tipo totalmente amoral, capaz de cualquier acción con tal de alcanzar sus objetivos, le sentencio con esa seguridad que da la ignorancia o la desilusión, a mi amiga interlocutora.

Se sorprende un tanto, quizá porque nunca me había oído hablar con esa contundencia sobre el talante de otro ser humano. No me refuta pero se queda dubitativa, quizá porque piensa que me refiero a la moral sexual reduccionista, aplicada generalmente en nuestra sociedad de manera conveniente. Pero que en realidad refleja una evasión de otras acciones realmente dañinas en la sociedad; por ejemplo la corrupción administrativa que es, en esencia, un acto   inmoral de trascendencia colectiva. Y, como se trata de ubicar lo amoral ante lo inmoral, se podría afirmar que normalmente este delincuente cualesquiera fuere su condición, que en esencia una persona amoral, porque instrumentaliza a otras personas en beneficio propio, sin tener consciencia, o peor, teniéndola cuando asume que el fin justifica los medios.

Tiempo después, nos toca conversar sobre diversos temas, (casi todos relacionados a la muy singular existencia humana, política y social de la estresada Venezuela) cuando desde 1998 se inició un proceso calculado y planificado de disolución nacional. El experimento político más desconocido, desconcertante y miserable que haya conocido la humanidad, desde que tomó conciencia de pertenencia a un grupo humano asentado en un determinado territorio, donde comparten  manera de comunicarse, dificultades, aciertos, comportamientos, alimentos, amigos y enemigos; y se repiten en el tiempo a través de la comunicación verbal primero, y luego mediante el lenguaje escrito. Es decir, territorio, pertenencia, creencias y evolución en los homínidos.

No es difícil asumirlo y entenderlo, a lo menos a los hispanoamericanos, herederos todos de la civilización europea, asentados en lo que se conocería como América; apareada con sus  originales, conocida por equivocación como indios, por lo que en realidad deberíamos llamarles aborígenes. Todos ellos, desde los apaches y mayas hasta los yanomamis, wuayuu, caribes, aruacos, guaymies, guaraníes y mapuches.

Y sin mayor profundidad o análisis sobre el tema, creo que debemos acercarnos en el concepto y alcance de lo que se asume como moral, inmoral o amoral en nuestra sociedad occidental. Quizá, alentado por nuestra primera y amistosa conversación.

Recuerdo, y sirva la anécdota para situarnos en tan sensible y deslizable vocablo cuando años atrás, décadas más bien, temerariamente le digo a mi interlocutor con aquella seguridad que da la ignorancia “eso es inmoral…”  Y mi cauto y sabio amigo me espeta: “la moral es un concepto y asunto geográfico”. ¿Còmo es eso? Pregunto estupefacto. Muy sencillo me dice, por ejemplo, si ahora pasa delante de nosotros por el pasillo de la Facultad, una joven agraciada con el pecho descubierto, pues causaría un revuelo y muchos señalarían a la joven como inmoral. Pero si esa misma acción se realiza en algún país africano donde  la mujeres circulan libremente con el pecho al descubierto, pues, no llamaría la atención, porque es algo natural y cónsono con su cultura; a nadie se le ocurriría calificar a esa mujer de inmoral o de sugerir que es un acto socialmente inaceptable.

La moral en sí, es un conjunto de normas, valores o costumbres utilizadas por una persona o sociedad para garantizar la convivencia civilizada, distinguiendo el bien del mal, lo socialmente aceptable o no, en un espacio de tiempo dado. Por ejemplo, hace algunos pocos siglos la esclavitud no solo era legal sino adecuada, aceptada, moralmente defendida. Hoy, la esclavitud no solo es mal vista e inaceptable, sino ilegal, perseguida y penalizada, cualesquiera fuere su expresión.

Normas, hábito y costumbres que generadas por leyes, religiones, la sociedad. Es, en el fondo una manera de comportarse en la vida diaria, individual o colectivamente.

No obstante, ese principio puede llegarse a pervertirse o imponerse desde un grupo sobre otro, y utilizarse como instrumento de exclusión o penalización, sea por la religión, la política, clase social, origen racial o lo económico; normalmente se desvía ese particular y excluyente contrato social, cuando se transforma en un medio para justificar la persecución o exclusión.

Existe una moral católica, por ejemplo, que son normas o costumbres escritas o no, nacidas desde las valoraciones iniciales derivadas de los Evangelios que transmiten el mensaje de Jesús. Mensajes simples que se reducen en su esencia a la piedad, el amor al prójimo, el perdonar las faltas del otro, en dar a cada uno lo suyo, en no mentir. Normas de conducta trazadas en el texto de los Diez Mandamientos, que se van interpretando conforme el devenir de la humanidad; y que casualmente de una u otra manera se corresponden a textos jurídicos. No obstante, ese cristianismo católico o no, fue capaz de quemar vivas a mujeres que consideraban brujas, excluirlas socialmente o colocarle una letra escarlata en su vestidura. Hoy sería impensable tal pretensión. Aún así, aún hay grupos humanos que instrumentalizan los textos religiosos para someter otros grupos humanos, como el no extinto totalmente KKK o el islamismo militante.

Los nazis, hicieron lo mismo, muchos de ellos eran cristianos, protestantes o católicos, pero fueron capaces en nombre de no sé cuales valores, de perseguir cristianos, ateos, gitanos, homosexuales, intelectuales, actores y, marcar con una estrella amarilla a los judíos, alemanes o no; y buena parte de esa sociedad alemana y no, asumieron que obraban moralmente de forma correcta. Hoy, practicar esa filosofía de exclusión es definitivamente mal vista, moralmente inaceptable y, las más de las veces, penalizada.

En resumen, la moral se reduce en hacer el bien y no dañar a nadie. Lo demás son prejuicios, ignorancias o mal uso del poder como la persecución racial, el patriarcado para someter a la mujer o el ser misógino por asumir que el macho es superior a la hembra.

Uno de los grandes pensadores que ha producido la humanidad, que ha tratado este tema en profundidad fue el alemán (prusiano) Emmanuel Kant (1724-1804) hijo legitimo de la Ilustración, quien basó sus teorías de comportamiento social en dos imperativos: el hipotético y el categórico.

La moral según Emmanuel Kant es una ética basada en la razón y el deber, no en las emociones ni en las consecuencias. Para Kant una acción es moralmente correcta si se hace por deber, no por interés personal o por el resultado resultado deseado.

Sostiene que lo importante no es lo que se consigue con una acción, sino la intención con la que se actúa. Por ejemplo, ayudar a alguien porque te da pena, no es plenamente moral, pero ayudar porque sabes que es tu deber, sí es moral.

Tratar a las personas siempre como fines en sí mismos, nunca como medios para obtener ganancias de cualquier tipo.  Se trata de no usar a las personas o las acciones que se generan para fines propios o del conglomerado al cual se pertenece.

Lo amoral es otra dimension. La amoralidad es lo contrario a lo moral, porque no se tiene consciencia que el bien y el mal existen. En consecuencia es una actor que no observa al otro como un interlocutor, sino como un medio para obtener un fin económico o político personal o nacional, sin importarle las consecuenias de su acción o el daño que puede causarse.

Por ejemplo, liberar o pretender liberar un pueblo de un tirano para luego instrumentalizarlo y obtener beneficios de cualquier índole, sean personales, grupales, nacionales o geopolíticos, es contrario a lo moralmente aceptable.

Un caso concreto a ejemplificar es el de Venezuela. El pasado tres de enero los Estados Unidos por orden de su presidente Donald Trump ejecutó una acción mlitar ejemplar desde todo punto de vista, en territorio venezolano, para capturar al dictador Nicolás Maduro Moros y a su esposa Cilia Flores. No por ejercer una presidencia ilegítima sino por delitos de lesa humanidad, como puede ser el tráfico de drogas, apoyo y facilitador al terrorismo internacional.

Sea que se esté consciente o no, de la trascendencia de esa acción para un pueblo rescatado del mal, el mundo libre, la casi totalidad de los venezolanos apoyamos esa acción que, luego de 25 años de oprobio, asesinatos, expropiaciones, extrañamiento del territorio, hambruna, ejecusiones sumariales, daño irreversible a la naturaleza,  colonización por fuerzas terroristas internacionales, saqueo inmisericorde del Tesoro nacional y desmantelamiento de las instituciones republicanas, no pudimos derrotar, a pesar de haber ganados todos los procesos electorales nacionales desde el año 2007.

El tres de enero del 2026 está llamado a llenar varias páginas y tomos de la historia de Venezuela, fue la esperanza de refundar la República que en 1.811 decidió ser libre de toda opresión, tutelaje o vasayaje extranjero.

Cuatro meses después de esa acción inédita, vitoreada al uníseno, nos encontramos de nuevo los venezolanos de Buena Fe, desconcertados. Pero aún esperanzados para que la justicia, el amor por la razón y la libertad se posesione defintivamente, y los venezolanos, de nuevo, podramos disfrutar de los bondades de un Estado de Derecho democrático y republicano, donde la estricta separación de los poderes públicos, el ejercicio de la soberania popular ejercida mediante el acto electoral, la rendición de cuentas, el respeto a los Derechos Humanos, la libertad de expresión, de mercado de creer o no cree, regrese a integrar el habitat y personalidad de todos los hombres y mujeres que libres habiten nuestro territorio

Desconcetados porque luego de cuatro meses, no solo el prometido proceso electoral nítido vigilado y controlado nacional e internacionalmente marque el retorno de nuestra democracia, activa y pujante, como debe ser.

Desconcertados porque no hemos oído y ni leído del Presidente de los Estados Unidos, una sola frase que indique sus verdaderos deseos de decencia ni de Estado de Derecho democrático a instaurarse en Venezuela. Por el contrario solo el hecho económico, el control hegemónico petrolero, minero y comercial en función de los intereses de los estadounidenses, de los Estados Unidos, pareciere ser el objetivo final de ese transcendental tres de enero.

Ya lo alertó su compatriota Robert Francis Prevost, mejor conocido como el Papa León XIV y Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano, con quien nos identificamos y compartimos su preocupación.

Al referirse a los peligros de la Geopolítica del Caos que pareciere imponerse en la comunidad internacional, cuando se produjo la extracción de Nicolás  Maduro solicitó “… que Venezuela siga siendo un país independiente, que el bien del amado pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración, se evite la violencia y se garantice la soberanía del país caribeño”.

 

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