Aquí y ahora, Venezuela.
Hay algo aún más doloroso que la crisis económica, política y social que atraviesa Venezuela: la progresiva pérdida de sensibilidad humana entre quienes la padecen.
En medio de tanta dificultad, pareciera que el peor enemigo del venezolano —dentro y fuera del país— ha terminado siendo otro venezolano. La solidaridad se ha ido debilitando para dar paso a la indiferencia, al oportunismo y a una peligrosa normalización de la insensibilidad frente al sufrimiento ajeno.
Vivimos en una Venezuela que, tras veintiséis años de fracturas institucionales y decepciones acumuladas, carece de una guía política clara y de una ruta confiable hacia el futuro. Un país donde quienes prometieron representar una alternativa muchas veces parecen actuar por inercia, y en otras ocasiones dejan la amarga impresión de responder a intereses ajenos al bienestar ciudadano.
Mientras tanto, la moneda nacional pierde valor a un ritmo devastador, y el precio del dólar asfixia cada día más al venezolano de a pie. Adquirir alimentos, medicamentos o cubrir necesidades básicas se ha convertido en una carrera de resistencia para millones de familias.
A ello se suma el deterioro de los servicios públicos, particularmente el sistema eléctrico, cuya precariedad ha cobrado más calidad de vida, más salud y más tranquilidad de la que cualquier sociedad debería tolerar. En muchos rincones del país, sobrevivir al día a día se ha vuelto un acto de resistencia.
En este contexto, un simple anuncio de cambio político llegó a despertar más esperanza que la noticia de una cura milagrosa. No porque el venezolano sea ingenuo, sino porque está agotado de vivir esperando. Cansado de estadísticas, de diagnósticos repetidos, de promesas recicladas. El venezolano ya no quiere más explicaciones: quiere soluciones reales.
Pero ninguna transformación será posible mientras no ocurra también una reconstrucción moral y emocional de la sociedad. Venezuela no necesita solo un cambio de gobierno o de modelo económico; necesita recuperar su humanidad.
Necesita que renazca el sentir mutuo.
Que el dolor ajeno vuelva a importarnos.
Que comprendamos que reconstruir un país exige mucho más que instituciones: exige ciudadanos capaces de mirar al otro con empatía, con respeto y con conciencia colectiva.
Porque la Venezuela que debemos construir no puede ser una réplica corregida del pasado.
Debe ser una nación nueva.
Nueva en sus valores.
Nueva en su visión de ciudadanía.
Nueva en su manera de convivir.
Nueva en su forma de entender el poder, el deber y la solidaridad.
Solo entonces dejaremos de sobrevivir para comenzar, verdaderamente, a reconstruir.

