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José Luis Sastre: El éxito de una vida peor

 

Es difícil, porque es contradictorio. Te dirán que el éxito no se mide con la nota de un examen ni con balances o con hojas de resultados. Te dirán que el éxito está en la satisfacción de dormir a pierna suelta, sin que te desvele ni un reproche ni un prejuicio. Sin que te importe el qué dirán. Lo que son las cosas: lo que más te dirán es que no te importe lo que digan los demás. A la vez, querrán saber de ti a través de tus números, como si ahí estuviera nuestra mayor intimidad. Como si, en el fondo, fuéramos todos medibles.

Lo fuimos siempre. Nos midieron en encuestas y en hábitos de consumo. Antes de que nos pusieran un adjetivo nos pusieron siempre un número. Porque el número dará un criterio objetivo para tomarnos por ahorradores o por tacaños, por impulsivos o templados, por progresistas o conservadores. Por fieles o infieles. Ahora nos medimos a nosotros mismos con los teléfonos que nos ponemos en los bolsillos y en las manos.

Asociaron el éxito con el crecimiento y no bastaba con tener, sino con tener un poco más. Esa fue la revolución: cuando el capitalismo pasó de ser un sistema económico a un sistema emocional. Y no alcanzaba nunca. Nunca era suficiente. Siempre se podía un poco más. Lo contrario era la renuncia: la falta de ambición. Lo contrario era una vida que consideraban peor. Una vida con menos horas y de horas desgastadas. Una vida enganchada a los mensajes y al correo. Una vida de agotamiento físico y mental, con la atención puesta en mil sitios. Pero una vida peor. Eso dirían los que dicen que no importa lo que digan los demás. Cómo ibas a renunciar a eso.

Quizá la revolución no esté en que la sociedad deje de ser lo que la tecnología la aboca a ser, enceguecida de algoritmos. Quizá el cambio radique en fijarse en datos distintos: que no se midan solo las horas que trabajamos, sino la carga del trabajo. Que se midan las horas en las que puede de veras conciliarse. Las tardes que los niños pasan con sus padres por cada tarde que pasan con sus abuelos. Que no se midan solo los salarios, sino que se asocien con el precio de los alquileres. Que no se dé la estadística de lo felices que decimos ser sin añadir los ansiolíticos que consumimos. Si todo se ha de medir, igual esa es la primera de las batallas: saber cada efecto que produce nuestro capitalismo más mundano.

 

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