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Ricardo Combellas: Nuestros libros

 

¿Qué es un libro en sí mismo? Un libro es un objeto físico en un mundo de objetos físicos. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras -o mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras solas son meros símbolos- surgen a la vida, y asistimos a una resurrección del mundo. Jorge Luis Borges.

Los libros han cumplido un papel central en la historia de las civilizaciones donde se estableció la palabra escrita. Así,  los poemas de Homero dieron identidad a los griegos, y La Eneida unió a los romanos en torno a sus mitos fundadores. Las grandes religiones de la humanidad se fundamentan en un libro, sea la Torá, el Talmud o el enigmático Zohar para los judíos, el libro de los libros, la Biblia, para los cristianos o el Corán para el islam. Son libros sagrados que dan sentido a nuestra espiritualidad. En ellos se estampa la revelación y el creyente debe volver siempre con devoción y recogimiento a sus mandamientos.

Los libros han inspirado revoluciones, cuya manifestación más relevante y trágica en la modernidad son las obras de Marx; también en los libros se anota la evolución científica y en torno a los libros surgen las más fieras controversias.

Leer es un placer, pero no siempre ni necesariamente. Hay libros que nos deleitan, pero también existen libros que nos torturan.  Quién puede negar la dificultad de leer a Heidegger o desentrañar el lenguaje oscuro y abstruso de algunos filósofos contemporáneos.

Hay muchas maneras de leer, desde la tradicional lectura en las bibliotecas públicas, costumbre que poco a poco ha ido desapareciendo, hasta leer en la cama, un excelente antídoto cuando nos atormenta el insomnio. En mis años juveniles existían los círculos de lectura, hermosa costumbre que entiendo está desapareciendo. En definitiva, leer es un acto individual que luego se confronta en el intercambio de ideas, sea en la relación con el prójimo, sea disfrutando del compartir lo leído, donde la tertulia nos enriquece en torno a la pluralidad de puntos de vista.

El dogmatismo en torno al libro, el que no admite sino el poderoso, la única interpretación, la ortodoxa,  es fuente de sangre y  violencia, desgracia en que han caído pueblos, incluso aquéllos con una rica tradición cultural. Esto lo digo porque el lector debe ser tolerante y respetar la opinión ajena. La herejía le ha hecho mucho daño al libro, antes y ahora, pues castiga con dureza la diversidad de opiniones, un derecho fundamental que se sigue pisoteando en este mundo de guerras culturales que nos ha tocado vivir.

Todos los años de nuestra corta vida resultan pertinentes para leer, pero la verdad es que la lectura voraz de los años juveniles es indispensable, pues prepara al ser humano para acercarse al mundo con la fortaleza que con  el paso de los años es más  difícil adquirir. Es fácil descubrir al buen lector por la riqueza de su voabulario. Ya lo advertía Wittgenstein en su famosísima tesis: los límites del lenguaje son los límites de mi mundo.

El hombre de acción pública, el político, sea de vocación o de profesión, debe ser un lector asiduo, es lo ideal, pues se dota de armas discursivas que lo ayudan a comprender su circunstancia y a minimizar sus inevitables errores. Repito, no hay contradicción alguna entre el hombre de acción y el buen lector. Dos ejemplos de viejas lecturas que se fijaron en mi mente quiero compartir con mis lectores para finalizar estas líneas. Uno, Simón Bolívar, pues abundan los testimonios que demuestran que fue un afanoso lector. Leía en cualquier tiempo, mañana, tarde y noche, pues siempre se las arreglaba para disfrutar de la lectura, sea los clásicos antiguos, sea los ilustrados de su época. En una época escasa en traducciones, leyó mucho en francés y también en italiano, lenguas que no le eran extrañas en absoluto en su afán de leer.  El otro es Ernesto Che Guevara, que como recordará su compañera Aleida March: “Leía a todas horas, en cada momento que tuviera libre, entre una reunión y otra, cuando iba de un lugar a otro”. El Che sobre todo fue un hombre sensible a la poesía (Pablo Neruda, Nicolás Guillén, César Vallejos, León Felipe, entre otros) que leía con fervor incluso en los días aciagos que precedieron a su muerte.

En suma, leer no tiene excusas, siempre se puede encontrar un tiempo para su disfrute, un alimento preciado de nuestra alma. Borges, un eximio escritor y voraz lector, nos cuenta que disfrutaba incluso de la lectura en el bus que lo llevaba todos los días de su casa a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, de la cual llegó a ser su director. Un ejemplo digno de imitar y fácil de ejercitar, pues un libro bajo el brazo es nuestro mejor compañero.

 

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