pancarta sol scaled

Fernando Mires: El derrumbe de la Alianza atlántica

Compartir

 

Como quien dice “el rey está desnudo” lo dijo el ex ministro del exterior alemán; Joschka Fischer; en su más reciente artículo. La Alianza Atlántica mantenida desde la Segunda Guerra Mundial, está dejando de existir. Podría haber escrito también Fischer, “la están matando”. Y no habría faltado a la verdad. El homicida proviene de la parte decisiva de la Alianza: los EE UU. Su nombre es Donald Trump. Bajo esa presidencia – escribe Fischer – los EE UU están destruyendo “el mayor éxito diplomático de su historia”.

Desde hace tiempo lo venía diciendo Trump. A la administración norteamericana, según Trump, no conviene seguir siendo socio de la OTAN pues esa sociedad no cabe en la nueva estrategia de defensa de los EE UU. Europa, en consecuencias, deberá defenderse a sí misma de sus propios enemigos los que no tienen por qué ser siempre los enemigos de los EE UU.

Trump consideró que el momento de la separación definitiva había llegado cuando Europa no acudió a apoyarlo militarmente en sus aventuras en Irán. No tenía por qué hacerlo. La Alianza Atlántica no posee un carácter ofensivo sino defensivo. Los estatutos de la OTAN lo expresan claramente. En caso de ser agredido directamente algún miembro de la OTAN todos los países miembros se comprometen a acudir en su defensa. Pero este no era el caso. Los ataques de los EE UU a Irán no fueron defensivos. Más aún: Trump no comunicó a ninguno de los miembros de la OTAN sus intenciones de invadir a Irán como sí antes lo había hecho Bush Jr. al declarar públicamente sus intenciones de invadir Afganistán e Irak. Trump, y no los gobiernos europeos, fue el que violó las formas y normas de la alianza atlántica.

La Alianza Atlántica, sin embargo, no es solo la OTAN. Esta última es solo la parte militar de una asociación de dimensiones múltiples.

Si bien no puede prescindir de la OTAN, la Alianza Atlántica es mucho más que la OTAN. Es una alianza política; incluso histórica. Es, en gran medida, la representación inoficial de todas las democracias del mundo las que no solo son naciones atlánticas. Dicho en pocas palabras, la Alianza Atlántica representa la unidad del Occidente político, aunque este no coincida con el geográfico. Por eso la Alianza Atlántica no figura en ningún acta de fundación. No hay tampoco ninguna institución que reciba ese nombre. Es, si se quiere, un símbolo que se han dado las democracias europeas y norteamericanas para confirmar su unidad frente a los asedios que provienen de dictaduras y otras formas autoritarias de gobierno.

Su origen, también simbólico, proviene de la lucha común en contra de las ambiciones imperialistas que amenazaban desde la URSS. Los ejes de esa alianza eran los EE UU y Europa, primero la Europa Occidental, y después de 1989-1990, la totalidad de Europa. ¿Quiere decir entonces que la Alianza Atlántica, sin la URSS como enemigo común y sin el peligro del “comunismo mundial” se ha vuelto obsoleta? Aparentemente es así. Pero solo en parte.

Dicha alianza, eso hay que tenerlo muy en cuenta, obedecía a dos principios: uno de negación y otro de afirmación. El principio de negación era el anticomunismo. El principio de afirmación era la defensa de las democracias mundiales, unidas entre sí, frente a todo lo que las amenazara en la política exterior. Por eso Bush intentó, y con éxito, promover la alianza en contra de la lucha de lo que él llamaba “terrorismo internacional”, principalmente el de origen islámico. Por eso también, durante el periodo de Biden, la alianza continuó funcionando frente al peligro del avance del imperio ruso el que, después de la invasión a Ucrania, proyectaba su guerra en contra de la OTAN amenazando a todos los países que en el pasado habían formado parte del imperio de los zares o del imperio de Stalin. La ayuda de Biden a Ucrania fue entendida como un gesto de auto ayuda en el conjunto de las democracias dentro de las cuales EE UU ocupaba un lugar predominante. Desde esa perspectiva no habían tazones para abandonar la OTAN, sino, al contrario, para fortalecerla. Todo ese esquema cambiaría, sin embargo, con la llegada al poder de Trump en su segundo periodo al que podemos denominar, sin problemas, periodo de renacimiento del imperio americano.

Trump, lo sabemos todos, no es un amigo de Europa. Pero no lo es por razones ideológicas, a diferencias de su ministro JD Vance cuyo anti-europeísmo está basado en una ideología política fundamentalista, a saber: que Europa es un continente decadente, un parásito de los EE UU que dilapida fondos internacionales en ayudar a una nación rusa como es, según su opinión, Ucrania. Vance es anti parlamentario, y defiende un tipo de gobierno republicano personalista y autoritario, más no democrático. Por eso se convirtió en un gran admirador de Viktor Orbán de quien fue su portavoz propagandista hacia el exterior. Pero sobre todo, al igual que Trump, Vance es un admirador de Putin. No obstante, en este este punto hay una diferencia importante. Vance, al igual que Putin, es un enemigo de Europa. Trump, antes que enemigo de Europa, lo es de la UE.

En general, Trump está en contra de todas las grandes asociaciones internacionales basadas en principios históricos indisolubles.

A Trump, ya lo hemos visto, le importa muy poco si las naciones con las cuales establece relaciones son democráticas o no. Lo que interesa a Trump, antes que nada, son acuerdos puntuales en torno a determinados objetivos, pero sin comprometerse nunca más allá de esos objetivos. Si el gobierno del Infierno coincidiera con alguno de sus objetivos, haría un deal con el Diablo. No cabe duda. Así es Trump y así interpreta la política internacional. Nos explicamos entonces por qué está en contra de la UE. A Trump no interesa una Europa unida sino establecer pactos de conveniencias, si se da el caso, con algunos de sus gobiernos, pero no con todos. Por eso apuesta a la disgregación política de Europa. En ese punto Trump y Putin coinciden plenamente.

En breve, a Trump no interesan las alianzas sino solo, si se da el caso, las coaliciones. Puede coalicionar un día con un régimen como el post-chavista de Delcy Rodríguez, otro día con los Emiratos y, si se dan las condiciones, con Siria, pero antes que nada, con la Rusia de Putin.

La diferencia entre alianza y coalición es importante. Una alianza está fundamentada en estrategias y valores históricos comunes. Es, si se quiere, una “comunidad de destino”. Una coalición solo tiene lugar en torno a un objetivo común. Cumplido este objetivo, adiós coalición. Trump coaliciona con cualquiera, si así lo considera necesario. Pero no hace alianzas a largo plazo.

Hay, en efecto, una coincidencia estratégica entre los proyectos de Putin y Trump. Ambos, de hecho, quieren hacer a sus naciones grandes otra vez, entendida por grandeza la geográfica o territorial. Ambos creen en un gobierno unipersonal sin cortapisas institucionales y constitucionales. Ambos piensan en que la paz mundial solo puede estar basada en los acuerdos entre las naciones más poderosas, entendiendo por poderío solo la supremacía militar.

De hecho hay, además, una serie de acuerdos tácitos de no-agresión entre Putin y Trump. Ambos lo han probado en sus aventuras imperiales. Putin no está de acuerdo con la invasión de Trump a Irán, pero no está dispuesto a jugárselas por Irán. A la inversa, Trump no está de acuerdo con la invasión rusa a Ucrania (como po ejemplo Vance, que sí lo está) pero no está dispuesto a jugárselas por Ucrania. Este último punto lo aclaró en términos brutales, J. D. Vance: “Estados Unidos ha decidido dejar de comprar armas y enviarlas a Ucrania… el gobierno actual le ha comunicado a Europa que, aunque son libres de comprar armas, Estados Unidos ya no será la entidad que las compre y suministre”.

Trump, para no contrariar a algunos de sus propios seguidores, hace como si apoyara a Ucrania, pero todo indica que hay un compromiso tácito entre Trump y Putin mediante el cual Putin permite que Trump ataque a Irán a cambio de que Trump haga la vista gorda frente a las fechorías que comete a diario en Ucrania. Cierto es que Rusia aparece como es, un aliado estratégico de China. Pero, para Trump, China es un enemigo económico y no militar, y en ningún caso, político.

Lo que interesa a Trump, por ahora, es pulverizar a gobiernos en los cuales China invierte capitales, como son los europeos, y algunos países del mundo islámico, principalmente en Irán. En otros términos, hay por el momento no una alianza sino una coalición tácita entre los gobiernos de Putin y el de Trump. Ese es un secreto a voces. Hasta ahora ambos se rigen según acuerdos no escritos pero sí hablados en largos telefonazos. Y, sobre todo, los dos gobiernos, el de Putin y el de Trump, están muy interesados en dividir a Europa. Para lograr ese objetivo, ambos gobernantes ha contraído relaciones intensas con los “europeos anti europeos”, ya sean gobiernos ya sean movimientos extremistas.

No es ninguna casualidad, por ejemplo, que todos los nuevos movimientos de ultraderecha europea -a los que en analogía con el fascismo del pasado preferimos llamar nacional-populistas- sean, con la notable excepción del gobierno Meloni, abiertamente putinistas y trumpistas a la vez.

Como hasta hace poco ocurría con Orbán, todos estos movimientos, llámense de izquierda o de derecha, comparten los mismos principios xenofóbicos de Putin y Trump. Todos se declaran nacionalistas. Todos, y a pesar de estar muy unidos entre sí, están en contra de Ucrania, convenciendo a sus ignorante masas de que Europa empobrece como consecuencia de la ayuda que prestan sus gobiernos a los intereses ucranianos.

En otras palabras, todo lo que atente en contra de la unidad e integridad de Europa debe ser estimulado. A ello se une la incapacidad de los partidos democráticos, sean socialistas, liberales o conservadores, por explicar a sus seguidores el verdadero sentido de la coalición oculta que tiene lugar entre la Rusia de Putin y los EE UU de Trump. Tiene entonces razón en ese sentido Joschka Fischer cuando se pregunta: “¿Muestra la generación actual de liderazgo político alemán las sensibilidades históricas necesarias para asumir un nuevo papel, en asociación con Francia y otros? El auge de la extrema derecha Alternative für Deutschland demuestra que nada puede darse por sentado”.

Efectivamente, la Alemania de Merz, así como la Francia de Macron, no han levantado un discurso que establezca con claridad las razones por las que la defensa de Ucrania no solo tiene que ver con Ucrania sino con la defensa de sus propias naciones. Precisamente esa incapacidad ha dejado el espacio abierto a los extremos de izquierda y derecha que ven en la defensa de Ucrania un asunto que “no tiene nada que ver con nosotros”.

Al comenzar el mes de mayo del 2026, Trump ha dejado el camino libre a una coalición ruso-norteamericana al mandar retirar a las tropas estadounidense establecidas en Alemania, sin ahorrar improperios en contra del Canciller Merz. El pecado de Merz fue decir la verdad sobre la guerra que libran los EE UU en Irán, a saber, que esa es una guerra que carece de estrategia y de objetivos.

Hay, además, una segunda razón en la hostilidad de Trump hacia Alemania. Aún debilitada económicamente, Alemania sigue siendo decisiva en la configuración económica de Europa y, por lo mismo, bajo la batuta de Merz, intenta ocupar un lugar también decisivo en la orientación política del continente, independiente de las decisiones de Washington.

Los recientes aranceles a las industrias automovilísticas alemanas no solo son un castigo a Merz. Son en parte una reacción frente a la gran derrota electoral de Orbán en Hungría, pero sobre todo, son un desafío norteamericano a la unidad política europea bajo hegemonía franco-alemana.

El gobierno de Merz no tiene más alternativa que asumir la realidad tal como ella se presenta. Eso supone aceptar de una vez por todas que la UE no se hizo para dirigir confrontaciones internacionales y,  por lo tanto, lo más decisivo en estos momentos es imponer a las coaliciones que forman Trump y Putin en contra de Europa, otras coaliciones de partidos y dobiernos democráticos antagónicos a la política imperial de gobiernos como el ruso y el norteamericano. Con todas sus diferencias que en estos mismos momentos debaten, los socialdemócratas, los liberales y los conservadores como Merz, han reaccionado de modo unánime en contra de la agresión –el término cabe- de los EE UU a Europa.

Para hacer una analogía, estamos viviendo tiempos parecidos a los que existieron cuando fue firmado el pacto de no agresión entre la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin (Pacto Ribentrop-Molotov, 1949). Esa fue una coalición, pero no una alianza. Pero pudo haberse convertido en una alianza -había dentro del pacto un sub-pacto secreto de repartición de Europa entre ambas potencias- si la coalición no hubiese sido traicionada por Hitler. Cabe esperar que alguna vez Putin traicione a Trump o Trump a Putin. Si no es así, el mundo entrará a la más oscura de todas las noches.

Frente al dependentismo con respecto a Rusia y a los EE UU que propagan los nacional populistas, los demócratas no tienen más alternativa que oponer los principios que les han dado vida a ellos y a Europa. EE UU, por lo menos el de Trump, no ayudará a Europa en ninguna confrontacion internacional. Sus relaciones con Ucrania, si es que las sigue manteniendo, serán solo bilaterales.

Europa, quiera o no Trump, es en estos momentos, el principal bastión de la democracia en el mundo. Dos de los tres imperios, el chino y el ruso, están gobernados por dictaduras. El imperio norteamericano conserva todavía las instituciones de la democracia, pero el espíritu de la democracia se encuentra en franca en retirada. La suerte política de la humanidad no solo dependerá en el futuro cercano de nuevas guerras sino también de la resistencia democrática al interior de los propios EE UU y otras naciones, aún democráticas, de la tierra. ¿Sobrevivirán las democracias de Europa a ese inmenso acoso?

No sé como responder a esa pregunta.

 

Traducción »