Me quedé observando el verde y fue como si el dolor se evaporara. Numerosos estudios vinculan la exposición a entornos naturales con una caída en la percepción del dolor. Xavier Riudor, sufre dolor crónico fotografiado en el recinto de la Fira, Barcelona, España.
Cuando a Xavier le dijeron que tenía síndrome de dolor miofascial, se quedó relativamente tranquilo. Ya no tenía que seguir su peregrinaje en busca de una explicación para sus dolores de rodilla y lumbares. El diagnóstico ayudó a frenar la rumiación y ahuyentó los pensamientos más oscuros. Pero le cayó un jarro de agua fría al escuchar del médico la propuesta de tratamiento: pastillas (antinflamatorios y opiáceos) y vida tranquila, con paseos de media hora máximo. Me dije que no me iba a conformar y empecé a buscar alternativas, asegura.
Su proceso ha tenido momentos de aprendizaje. Primero tuve que entender que, en mi caso, el dolor no estaba asociado a un daño; mi cerebro había creado una alarma que se activaba en ausencia de daño. Luego llegó una aproximación progresiva a eso que sentía en su cuerpo y que le estaba llevando por el camino de la amargura. Se planteó un enfoque a largo plazo, con mucho ensayo y error, la firme decisión de probar sus límites y una actitud más compasiva hacia sí mismo, incluido su propio dolor: Dejé de evitarlo, incluso empecé a abrazarlo con curiosidad.
Tal acercamiento, prosigue Xavier, le ha permitido cultivar una contemplación profunda de experiencias internas y también hacia fuera, hacia lo que ve, oye o huele. Le gusta salir al campo y pasear descalzo por la orilla del mar. Incluso encuentra paréntesis de conexión total en un pequeño parque cerca de su casa en Hospitalet de Llobregat (Barcelona). Son momentos de calma y disfrute muy diferentes al trasiego de la ciudad, cuenta. Entre horizontes despejados y cantos de pájaros, el tormento lo es menos. Veo un vínculo clarísimo entre estar en la naturaleza y menor sensación de dolor, cuenta.
Lo que le ocurre a Xavier no es nada excepcional. Los científicos llevan tiempo diseccionando el potencial analgésico de los entornos naturales. Hay decenas de investigaciones que relacionan la exposición a árboles y montañas con una caída del sufrimiento físico. En un metanálisis publicado el pasado enero en Nature, Max Steininger, de la Universidad de Viena, concluyó que, en una escala del 0 al 10, los estímulos naturales reducen un punto de media la percepción del dolor. Lo mismo que beberse tres dobles de cerveza o fumar un poco de marihuana.
Steininger y sus colaboradores priorizaron estudios de pacientes con dolor agudo temporal sobre aquellos centrados en gente que padece dolor crónico. [Esta] es una categoría muy heterogénea y en la que son habituales los problemas de ansiedad o depresión, por lo que es difícil aislar la experiencia de dolor per se, afirma por videoconferencia.
También se utilizó un curioso filtro: solo tuvieron en cuenta exposiciones virtuales (fotografías, vídeos, grabaciones de sonido…). Quisimos eliminar posibles elementos concomitantes como el ejercicio físico o el contacto social que suelen darse en las exposiciones reales, explica. Un criterio riguroso y aséptico, paradójicamente antinatural, para aislar todo lo posible al estímulo (o a su recreación audiovisual). ¿Debería aumentar el efecto analgésico al situarse en la naturaleza de verdad en vez de ante su reproducción en un laboratorio? Muy probablemente, pero no lo sabemos, responde cauto.
Restauración de la atención
Con óptica científica, pero sobre todo terapéutica, Mayte Serrat trabaja precisamente con las variables descartadas —por prudencia empírica— en el metanálisis de Steninger: personas con dolor crónico (especialmente fibromialgia) y salidas reales a la naturaleza. Serrat hace terapia con sus pacientes en un parque junto al Hospital Vall d’Hebron (Barcelona), donde coordina el programa fibrowalk, ya instaurado en todos los centros de atención primaria de Cataluña. Y ha creado CIM Project, un club de excursiones inclusivo y de amplio espectro: desde paseos de pocos kilómetros por terreno llano hasta coqueteos con el alpinismo de alto nivel. El año pasado llegamos 30 personas al campo base del Everest. Y este iremos al Kilimanjaro, afirma.
Serrat destaca algunos motivos que podrían explicar los beneficios de la naturaleza en la reducción del dolor: Modela el sistema nervioso autónomo, mejora la salud física, fortalece el sistema inmunológico y reduce el cortisol. Todo esto hace que en mucha gente haya una percepción disminuida de la sintomatología. A pesar de sus múltiples efectos positivos, advierte de que en ningún caso debe entenderse como una terapia en sentido estricto, sino como un complemento. Para ella, continúa, lo que prima es la asiduidad en la exposición. No es razonable salir de vez en cuando al campo o sentarse en un parque de pascuas a ramos y esperar efectos duraderos.
Steininger, por su parte, remite a una revisión de 2014 que apunta a otras causas en el círculo virtuoso naturaleza-dolor. Por ejemplo, la presencia en espacios verdes de microorganismos específicos o de fitoncidas (sustancias volátiles que liberan los árboles para protegerse de plagas). Aunque hace falta más investigación para corroborar sus propiedades analgésicas, los primeros datos son prometedores.
No obstante, Steininger destaca una razón principal y extendible a la diversidad de dolencias y contextos naturales. Se basa en la llamada teoría de la restauración de la atención (ART, por sus siglas en inglés), postulada por Rachel y Stephen Kaplan en los años ochenta. La dinámica es bien sencilla: Los elementos naturales tienen un componente fascinante que atrae la atención de la gente, así que facilitan que el foco cambie de la experiencia dolorosa hacia ellos. En una publicación de 2025, también aparecida en Nature, Steininger refrendó con técnicas de neuroimagen los supuestos de la ART.
Los momentos contemplativos que refiere Xavier —el barcelonés con síndrome de dolor miofascial— son de alguna forma esa atención absorbida por bosques u horizontes marítimos que teorizaron los Kaplan. Laura, burgalesa aquejada desde hace 20 años de dolores en pies, cadera y zona lumbar, aún sin diagnóstico claro, experimentó la misma atenuación de síntomas el verano pasado. Muestra una fotografía hecha por su pareja en la que se la ve sentada junto al filo de un acantilado en la Selva de Irati (Navarra). Estaba atravesando una racha mala. De hecho, el día anterior habíamos decidido acortar la caminata porque no me encontraba bien, narra. En la foto, Laura parece embelesada y tranquila. Me quedé observando las montañas, las nubes, el verde… y sentí una relajación absoluta, como si el dolor se evaporara.
Rodrigo Santodomingo – El País de España

