pancarta sol scaled

Janneth Jiménez: Amar en modo avión

 

Aquí y ahora, Venezuela.

Cuando la distancia dejó de ser una excepción y se convirtió en costumbre.

Hubo un tiempo en que la distancia era una pausa.

Una circunstancia temporal.

Un viaje con fecha de retorno.

Una ausencia soportable porque llevaba implícita la promesa del reencuentro.

Pero para millones de venezolanos —y para tantas familias marcadas por la migración contemporánea— la distancia dejó de ser un paréntesis.

Se convirtió en rutina.

En estructura.

En forma de vida.

Aprendimos a celebrar cumpleaños frente a una pantalla, a cantar cumpleaños con eco digital, a ver crecer hijos y nietos mediante fotografías enviadas por WhatsApp, a despedir a nuestros muertos por videollamada y a acompañar enfermedades desde otra geografía, con la impotencia de quien quiere abrazar y solo puede llamar.

La migración no solo vació aeropuertos.

Vació hogares.

Partió mesas familiares.

Redefinió el significado mismo de la presencia.

Y quizás lo más inquietante no es que hayamos tenido que adaptarnos, sino que nos hayamos acostumbrado.

Nos acostumbramos tanto a amar en ausencia que terminamos normalizando una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo:

sentirnos emocionalmente cerca mientras permanecemos físicamente lejos.

Una videollamada acompaña, sí.

Pero no abraza.

Un mensaje consuela, sí.

Pero no reemplaza una mano sostenida en silencio.

La tecnología acorta distancias comunicacionales, pero jamás ha logrado anular la necesidad humana de la presencia.

Sin embargo, en ese proceso de adaptación forzada ocurrió algo aún más profundo:

la distancia dejó de ser únicamente una condición para conservar vínculos y comenzó también a ser el espacio donde nuevos vínculos nacen.

Ya no solo sostenemos relaciones a distancia.

Ahora también las iniciamos así.

Nos enamoramos por mensajes.

Construimos intimidad a través de una pantalla.

Compartimos confesiones con personas a quienes nunca hemos tocado la mano.

Imaginamos futuros con seres humanos cuya presencia solo conocemos en píxeles.

Y aunque sería absurdo negar que la tecnología ha ampliado nuestras posibilidades de conexión, también ha dejado una huella emocional difícil de ignorar:

cada vez resulta más complejo vincularse desde la cercanía real.

Mirarse a los ojos incomoda más que escribir.

Conversar sin filtros exige más que responder un mensaje.

La espontaneidad del encuentro humano empieza a sentirse menos natural que la seguridad de una pantalla.

Como si una generación obligada a aprender a amar desde lejos hubiese terminado aprendiendo también a protegerse desde lejos.

Así, casi sin advertirlo, comenzamos a llamar normal a lo que en realidad es una herida colectiva:

familias fragmentadas, relaciones suspendidas en husos horarios, amistades sostenidas por internet y afectos mediados permanentemente por dispositivos.

Hay pérdidas que no registran las estadísticas migratorias.

No aparecen en informes económicos ni en balances sociales.

Pero existen.

Son los primeros pasos que un padre nunca vio.

Las navidades con una silla vacía.

Los funerales sin abrazo.

Los aniversarios sin presencia.

Las madres que envejecen mirando una pantalla para sentir cerca a sus hijos.

Los hijos que aprenden a extrañar antes de comprender plenamente la ausencia.

Y mientras todo eso ocurre, muchos aún tienen que soportar el juicio ligero de quienes reducen el drama migratorio a una decisión individual.

“Si se fue, fue porque quiso.”

“Allá está mejor.”

“Seguro ya hizo su vida.”

Como si marcharse no doliera.

Como si emigrar no fuera, muchas veces, arrancarse de raíz para sobrevivir.

Como si buscar futuro fuera equivalente a abandonar.

No todos los abandonos fueron voluntarios.

Muchos tuvieron forma de sacrificio.

Muchos padres no se marcharon porque quisieran perderse la infancia de sus hijos.

Se marcharon porque quedarse significaba no poder garantizarles un futuro.

Muchas parejas no eligieron el amor a distancia como fantasía romántica.

Lo eligieron porque la realidad les impuso convertir el amor en resistencia.

Y sí: hay algo admirable en quienes han logrado sostener afectos a través de fronteras, crisis y años de ausencia.

Porque amar desde lejos también es amar.

También es lealtad.

También es permanencia.

Pero resistir no significa romantizar.

No deberíamos aceptar como normal que una familia necesite conexión a internet para sentirse reunida.

No deberíamos asumir como inevitable que el contacto humano sea reemplazado por una pantalla.

No deberíamos acostumbrarnos a que amar implique ausencia como condición permanente.

Quizá una de las tragedias más silenciosas de nuestra época no ha sido solamente aprender a vivir separados,

sino terminar creyendo que eso es una nueva forma aceptable de estar juntos.

Porque sí, nos adaptamos.

Sí, sobrevivimos.

Sí, seguimos adelante.

Pero adaptarse nunca será lo mismo que sanar.

Y aunque el mundo moderno nos haya enseñado a amar por videollamada, a criar por mensajes de voz y a sostener relaciones entre aeropuertos y husos horarios, hay una verdad que permanece intacta: El amor puede sobrevivir a la distancia. Pero jamás dejará de necesitar presencia.

 

Tradución »