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Humberto González Briceño: El surgimiento de un nuevo sindicalismo

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En Venezuela, donde la política suele ser una coreografía sin música y la economía un naufragio sin orilla, ha comenzado a insinuarse una paradoja: cuanto más profunda es la crisis, más visibles se vuelven los márgenes de acción.

No es una novedad histórica. Las grandes mutaciones sociales rara vez nacen en la prosperidad. Inglaterra parió su sindicalismo en la miseria industrial; Polonia, bajo el peso del comunismo, encontró en Solidarność una grieta inesperada. Venezuela, acaso sin saberlo, podría estar asomándose a su propia versión —más precaria, más ambigua, pero no por ello menos relevante.

La economía venezolana sigue atrapada en una anomalía grotesca: salarios que caben en monedas extranjeras, promesas de crecimiento que no alcanzan a cubrir la subsistencia y una estructura productiva devastada por décadas de improvisación y expolio. No se trata ya de una crisis cíclica, sino de una condición estructural que ha redefinido la relación entre trabajo y sobrevivencia.

Sin embargo, algo ha cambiado —y conviene no subestimarlo. La transición política, forzada y vigilada, ha abierto una rendija que el propio chavismo intenta administrar con cautela: amnistías parciales, diálogos laborales, gestos de apertura económica y promesas de corrección de “errores del pasado”. No es democracia, pero tampoco es el cierre hermético de años anteriores. Es, si se quiere, un autoritarismo en fase de ajuste.

Y allí, precisamente allí, aparece la oportunidad.

Durante dos décadas, el movimiento sindical venezolano fue reducido a una caricatura: cooptado por el Estado, fragmentado por la represión o simplemente asfixiado por la irrelevancia económica. En un país donde el salario dejó de ser salario, la negociación colectiva se convirtió en una ficción jurídica. No había nada que negociar, porque no había nada que repartir.

Hoy, paradójicamente, la precariedad absoluta podría reactivar la necesidad de organización. Las recientes protestas de trabajadores, jubilados y gremios —todavía dispersas, todavía vulnerables— son un síntoma inequívoco de ese despertar. No reclaman ideología; reclaman supervivencia. Y eso, en política, suele ser más potente.

El chavismo lo sabe. Por eso ensaya una estrategia dual: concede espacios controlados mientras mantiene intactos los mecanismos de coerción. Una suerte de liberalización administrada donde el conflicto social es tolerado en la medida en que no se convierta en poder autónomo. El viejo dilema: permitir la válvula de escape sin que explote la caldera.

Pero la historia enseña que esos equilibrios son frágiles. El sindicalismo no renace por decreto ni por concesión graciosa del poder. Renace cuando las condiciones materiales lo hacen inevitable y cuando, además, encuentra un mínimo espacio político para organizarse. Venezuela parece reunir —por primera vez en años— ambos elementos: una crisis económica insoportable y una apertura política, por modesta que sea, que introduce fisuras en el control total.

La pregunta, por supuesto, es si existe todavía un sujeto capaz de aprovechar esa coyuntura.

Porque el sindicalismo venezolano no solo fue reprimido; también fue degradado. Convertido en apéndice del poder o en instrumento de clientelas, perdió legitimidad y capacidad de representación. Reconstruirlo no será un acto de nostalgia sino de reinvención. Tendrá que surgir, si surge, desde nuevas formas organizativas, menos ideologizadas y más ancladas en la realidad brutal del trabajador contemporáneo: informal, empobrecido, desplazado.

En ese sentido, la crisis no garantiza nada. Sólo crea condiciones. Lo demás dependerá de la capacidad —si es que existe— de articular un movimiento que no repita los vicios del pasado ni caiga en la tentación de convertirse en otra pieza del engranaje estatal.

Venezuela, como tantas veces, se mueve en el terreno de lo improbable. Un país donde el salario se evapora y el poder se recicla podría, sin embargo, estar incubando una fuerza social olvidada.

No sería la primera ironía de nuestra historia. Ni, probablemente, la última.

@humbertotweets

 

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