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Pedro Mosqueda: La zapatilla de la Cenicienta

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Domingo Kultural.

Anda por ahí circulando un texto amigable en el que no citan al autor, como si los textos se escribieran ellos solos. Está pasando muy seguido e incluso hay algunos “abusadorcitos” que se los atribuyen sin ser de ellos. Tiempos del copiar y pegar.

Me ha pasado, algún texto mío de Microrrelatos o Domingo Kultural los veo por ahí de celular en celular, diciendo el “abusadorcito” que lo reproduce: “Un autor anónimo…” O peor, atribuyéndoselo.

Pienso en el anónimo texto (ya lo van a leer) y debe andar como los seis personajes de Pirandello, buscando a su autor o como la zapatilla de la Cenicienta que aparecía una gran cantidad de mujeres diciendo: “¡Es mía, la perdí la otra noche bailando reggetón!”

Sospecho que es de Claudio Nazoa por el estilo y porque, si alguien sabe de Aquiles Nazoa, pues debe ser Claudio Nazoa… Pero bueno, puras suposiciones.

Dado que hoy mis musas están de vacaciones (Serrat dixit) y que se cumplen 50 años de la partida prematura de Aquiles, pues reproduzco el texto, con algunas correciones de dedo que se le pasaron al plagiario.

Hoy, en homenaje a “El Ruiseñor de Catuche”, yo iré al Teatro Ribas de la Victoria a la reposición de la ópera Los Martirios de Colón de Federico Ruiz, con texto de Nazoa donde el bardo advierte: “Los Martirios de Colón, / fragmentos de un diario escrito / por el famoso erudito / Mamerto Ñáñez Pinzón”. Es la única ópera venezolana que constantemente se repone, algo tendrá…

Vamos con el texto de marras…

¡Un muerto distinto!

“Nací, en la barriada “El Guarataro”, de Caracas, el 17 mayo de 1920. He estudiado muchas cosas, entre ellas un atropellado bachillerato, sin llegar a graduarme en ninguna. He ejercido diversos oficios, algunos muy desagradables, otros muy pintorescos y curiosos, pero ninguno muy productivo, para ganarme la vida.

A los doce años fui aprendiz en una carpintería; a los trece, telefonista y botones del Hotel Majestic; y luego domiciliero en una bodega de la esquina de San Juan, cuando esta esquina, que ya no existe, era el foco de la prostitución más importante de la ciudad. Más tarde fui mandadero y barrendero del diario “El Universal”, cicerone de turistas, profesor de inglés, oficial en una pequeña repostería, y director de “El Verbo Democrático”, diario de Puerto Cabello. Durante los últimos diez años me he compartido entre las redacciones de “Últimas Noticias”, “El Morrocoy Azul”, “El Nacional”, “Élite” y “Fantoches”, del que fui Director.

Alguna vez fui encarcelado, por escribir cosas inconvenientes, pero esto no tiene ninguna importancia.

A cambio de ese pequeño disgusto, el oficio, me ha deparado grandes satisfacciones materiales y espirituales.”

Esta confesión autobiográfica del poeta Aquiles Nazoa, medio en serio y medio en broma, la recordamos con especial afecto, ahora cuando conmemoramos medio siglo de su ausencia física.

El domingo, 25 de abril de 1976, se iba el bardo de la sencillez, en una Venezuela preñada de gran euforia, hija del “Boom Petrolero” y la nacionalización de los hidrocarburos.

Se marchaba, el vate… Se fue el poeta de un país visitado por Henry Kissinger, expectante por el secuestro de William Niehous, además de festivo, en que el paisano Johnny Cecotto se coronaba Campeón Mundial de Motociclismo Fórmula 750.

Un accidente automovilístico, en la Autopista Regional del Centro, cerca de Maracay. Lamentablemente, se llevaba a nuestro humorista por excelencia, lugar donde dos años antes había fallecido el torero César Girón.

Aquiles Nazoa sería velado en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela y de allí trasladado a la Plaza Bolívar, al Concejo Municipal de la Capital, con una ovación sincera y genuinamente popular.

Su poema “Amor, cuando yo muera” es un sarcástico testamento, de su propio adiós, es la jocosa despedida de un trovador sensible quien se sabía condicionado por las costumbres de una sociedad pletórica de imposturas y banalidades:

“Amor, cuando yo muera, no te vistas de viuda,

ni llores… sacudiéndote, como quien estornuda.

Ni sufras ‘pataletas’ que al vecindario alarmen,

ni para prevenirlas compres “Gotas del Carmen” …

No te sientes al lado de mi cajón mortuorio,

usando a tus cuñadas como reclinatorio …

y cuando alguien, amada, se acerque a darte el pésame,

no te le abras de brazos, en actitud de: ¡ Bésame !

Hazte, amada, la sorda cuando algún “güelefrito”, 

dictamine observándome, que he quedado igualito.

Y hazte la que no oye ni comprende ni mira

cuando alguno comente, que parece mentira …

No, se te ocurra, amada, formar la gran “llorona”, 

cada vez que te anuncien, que llegó una corona,

pero tampoco vayas, a salir de indiscreta,

a curiosear el nombre que tiene la tarjeta.

Amor, cuando yo muera, no hagas lo que hacen todas;

no copies sus estilos, no repitas sus modas …

Que, aunque en nieblas de olvido, quede mi nombre extinto,

¡Sepa al menos el mundo que fui un muerto distinto!.

¡Grande… el poeta caraqueño!

¡Viva, Aquiles Nazoa!

 

Nos vemos por ahí

 

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