En el actual contexto venezolano se habla insistentemente del reajuste y estabilización económica como exigencia del protectorado de Estados Unidos, ahora con la presencia de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, que le introduce una cuota de credibilidad por el requerimiento de rendición de cuentas para pisar en firme y saber sobre que terreno se edificará la nueva arquitectura económica.
Este debate hay que refrescarlo, ya que cuando se habla de aumento monetario el peso de lo que pueda suceder recae en los hombros de los venezolanos; de tal forma que se escucha: “Si aumentamos aumenta la inflación”; esa lógica no responde la pregunta conforme a lo cual, ¿y sin aumentos que no hemos tenido, se estabilizó la inflación?
El bolívar es un signo monetario de liquidación rápida, se gasta de una vez. La esperanza de una directiva del BCV fue frustrada por la designación de seguidores de lo que diga Miraflores. La revolución gobernante acumula una erosión de fracasos y de credibilidad.
Uno de los problemas que enfrenta cualquier política de estabilización es que el venezolano, encuentra en el dólar una validez efectiva que ninguna narrativa institucional puede emular en el corto plazo. Rescatar el signo monetario nacional implicaría no solo estabilizar precios, sino competir contra una moneda global que ya ha colonizado la estructura de costos, los contratos y la valoración de los bienes.
Mientras el bolívar no cumpla funciones de ahorro y las instituciones no demuestren una independencia técnica absoluta frente a la revolución gobernante, la resignificación del bolívar será una tarea de carácter puramente estético. El ciudadano se refugió en el dólar, no por capricho buscó un abrigo de protección que difícilmente abandonará, a menos que la estabilidad de precios sea demostrable bajo la vigilancia de los organismos internacionales.
Más allá de una preferencia económica, el uso del dólar se ha consolidado como una hegemonía transaccional que otorga orden al caos cotidiano, el escepticismo ciudadano no es meramente imaginativo, sino pragmático; la función social más profunda del bolívar es permitir que el esfuerzo del trabajo y remuneración del presente se traduzca en seguridad para el futuro. De ahí que, al desaparecer el ahorro en moneda nacional, se anula la posibilidad de ascenso social produciéndose una erosión del patrimonio, ya el trabajador no acumula capital; simplemente gestiona la subsistencia, que es lo que nos entregan con los bonos.
Nuestra tragedia radica en que el bolívar perdió su capacidad para cumplir las funciones básicas de depósito de valor, unidad de cuenta y medio de cambio, el contrato social construido en democracia entre el Estado y el ciudadano se fracturó. El bolívar, más que una moneda, ha pasado a ser un instrumento de liquidación inmediata, perdiendo la esencia que le permite articular el ahorro y la planificación a largo plazo.
Ahora bien, el quiebre del sistema de pensiones, sobre los pasivos laborales, la jubilación, que es el reconocimiento social a décadas de trabajo, se vuelve inexistente cuando el bolívar pierde su valor, en consecuencia, el adulto mayor queda desprotegido, rompiendo el ciclo de bienestar intergeneracional.
Resulta paradójico que, mientras el SENIAT incrementa su eficiencia recaudatoria y el FMI audita las cuentas nacionales para validar la gestión macroeconómica, la moneda que da nombre a dichas instituciones siga desprovista de su utilidad para el ciudadano común. El Estado puede recuperar su equilibrio fiscal, pero si no rescata la utilidad social de la moneda, la recuperación será meramente estadística y no humana.
Por consiguiente, lo que observamos en este debate de abril de 2026 rumbo al primero de mayo, es el intento de construir un “piso” de estabilidad sobre las ruinas de una moneda que ya no cohesiona a la sociedad. El desafío no es solo aumentar el monto del ingreso, sino reconstruir una arquitectura financiera donde el trabajo acumulado.

