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Luis Alonso Hernández: Resiliencia en la experiencia migrante

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Cuando se decide migrar a un país con una cultura diferente, incluyendo idioma e idiosincrasia, se hace necesaria una fortaleza nivel Dios. Los lamentos son válidos, pero quedarse varado en la queja y el llanto no permitirá sobreponerse a las vicisitudes. Se hace necesario proyectarse a futuro y trabajar en pro de ese objetivo, a sabiendas de que en el camino tropezaremos con situaciones y personas que nos la pondrán difíciles. Por otro lado, también aparecerán esos seres humanos que se convierten en ángeles y ayudan a que el camino sea más llevadero.

Algunos migramos porque buscamos mejores condiciones de vida y mayores garantías en derechos humanos, elementos que en mi país de origen eran casi nulos cuando tomé la decisión. Otros lo hacen con la intención de ahorrar durante un tiempo y luego regresar a su tierra a invertir o, en muchos casos, a gastar en poco tiempo lo que tanto costó conseguir. En ambos escenarios, se hace imperativo organizarse y llenarse de fe, pues la resiliencia —aquella que no consiste en resistir sin sentir, sino en reconstruirse aun cuando todo parece quebrado— se convierte en requisito sine qua non si queremos cumplir nuestros sueños.

Migrar no es solo cambiar de territorio; es también una transformación interna profunda. Es aprender a habitar la incertidumbre, a convivir con la nostalgia y a reconstruir una identidad en medio de lo desconocido. Es vivir en medio de la añoranza, extrañando abrazos, sabores y olores. Implica también aceptar que no todo depende de nosotros, pero que siempre podemos decidir cómo responder ante lo que nos ocurre.

Habrá días en los que todo parecerá avanzar, y otros en los que el peso del camino se hará sentir con más fuerza. En esos momentos, recordar el propósito inicial se vuelve fundamental. Es ahí donde la resiliencia deja de ser una idea abstracta y se convierte en una práctica cotidiana: levantarse, insistir, adaptarse y, sobre todo, no perder de vista por qué se empezó. Porque al final, migrar no es únicamente sobrevivir en otro país, sino encontrar la manera de vivir con dignidad, crecer y, en el mejor de los casos, tender puentes entre lo que fuimos y lo que estamos construyendo.

La resiliencia, en ese sentido, no solo nos permite resistir, sino también resignificar la experiencia, transformar la adversidad en aprendizaje y convertir cada obstáculo en parte del camino. Y aunque el camino no siempre es justo, sí tiene sentido para quien decide no rendirse. Porque migrar no es huir: es atreverse a comenzar de nuevo. Y para hacerlo, se necesita algo más que valentía: se requiere enfoque y disciplina.

 

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