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Eligio Damas: Un viejo que regresa al pasado. El poco aire de las ventanas

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El aire acondicionado de mi cuarto, por lo años, un tiempo atrás, me dijo. “Hasta aquí te acompaño”.

Por la edad, se deshizo; sus partes empezaron a chocar unas con otras, por el sólo estremecimiento que genera el prenderlo. Optó por un moverse que, con el tiempo, se volvió inarmónico, estremecedor y chocante.

No hay forma que ande, sin protesta y gritería; se le arregla lo aparentemente malo y, al prenderlo, tiembla todo él, unas piezas chocan con otras y la más débil queda inerte. Si la repones, eso mismo le sucederá a otra.

Solo sirve para quitarle piezas y usarlas en otro que no tengo.

Logré conseguir que un alma bondadosa me regalara un ventilador que no usaba.

Por mis pocas exigencias y habitual capacidad de adaptación, he dormido con él de maravillas. Tanto el calor como el frío me molestan y hasta espantan el sueño. Estaba de lo más contento y hasta placentero.

Me sentí tentado desde el primer momento a escribirle algo. Es muy merecido.

Hoy estoy obligado a hacerlo, cantarle loas, bañarlo con mis lágrimas y mi sudor.

Pasada la medianoche, iniciándose el día de hoy, me desperté empapado de sudor.

Pensé en la tensión arterial, una que lleva tiempo tranquila, porque la cuido y amanso.

Me pasé las manos por el cuello, como suelo hacer para medir la temperatura corporal y me las empapé de sudor; no de tensión, miedo ni alarma por el interior de mi cuerpo.

El ventilador había dejado de agitar el aire del ambiente.

Sus aspas ágiles, que se disolvían unas en otras, ahora las podía contar, una, dos y tres. Estaban paralizadas y, el viento, se había disuelto en el espacio todo, por lo que a mí no llegaba, y el sudor aprovechada para salir y regarme el cuerpo todo.

El calor sofocante, pegado a las paredes y el techo, alojado en mi cuerpo, aprovechó el descanso de las hélices y se abalanzó sobre mí. Me despertó y no dejó que el dormir volviese a envolverme para llevarme hacia donde siempre me lleva o voy con él.

No sé qué haré esta noche. Al aire acondicionado olvidé y él tiene todo el derecho de olvidarme y yo la imposición de olvidarlo. El ventilador no atiende a mis ruegos; su humildad se volvió arrogante, como si fuese un aire acondicionado.