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Peter Albers: Caremis

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Anamaría Correa, apreciada amiga y compañera de ruta en esta sección de Opinión, en su artículo sobre la Plaza de Toros contó la semana pasada una anécdota de Carlos Eduardo Misle “Caremis”.

Carlos Eduardo Misle

Y quisiera aprovechar la ocasión para rendir un homenaje a quien fue un amigo cordial y pozo inagotable de ocurrencias, como lo fue “Caremis”, quien nos dejó prematuramente el 16 de febrero de 2004. Y así lo digo, porque su fallecimiento dejó mucho por contarnos sobre sus pasiones: Caracas y su historia, el costumbrismo y la tauromaquia.

Pero, sobre todo, era un coleccionista empedernido. Nacido en Caracas el 14 de marzo de 1924, de niño comenzó a coleccionar los “tickets” del tranvía, y poco a poco construyó su obra más singular: La Corototeca, una colección inmensa de documentos, fotografías y objetos curiosos de la Caracas de antaño, que él mismo describía como “la industria más joven del país con los materiales más viejos”. Instalada en un inmueble de la capital, donde una imagen a cuerpo entero de Juan Vicente Gómez recibía a los visitantes (los que la saludaban delataban su miopía). Con una sonrisa maliciosa, contaba Caremis que entre el inventario estaban una fotografía del Cardenal Quintero desnudo, y otra de Rafael Caldera despeinado, “de 4 meses de nacido y boca abajo sobre un almohadón y joven y con uniforme futbolístico del Loyola respectivamente” aclaraba después de disfrutar del desconcierto de sus oyentes.

Fue un puente entre la memoria urbana y la sensibilidad popular, un narrador que entendió que la identidad de una ciudad la forman objetos, anécdotas, personajes y gestos cotidianos. Su obra preserva una Caracas que ya no existe, pero que sigue viva gracias a su mirada. Conducía además “La Corototeca Del Aire” mezcla de historia urbana, anécdotas caraqueñas, humor y memoria cultural, en el extinto Canal 5. El programa era una extensión audiovisual de La Corototeca. En fin, el cronista no oficial de Caracas, dedicado a rescatar anécdotas, costumbres, personajes y objetos que definían su identidad. Complementaba su trabajo como periodista e historiador en El Nacional y El Universal con publicaciones como “El Libertador Simón Bolívar”, “La Caracas de Bolívar”, “Sabor de Caracas”, “Girón: Figura y Ejemplo”.

Su chispa humorística era espontánea: durante la visita a Valencia que narra Anamaría, lo llevé a conocer el Club Hípico. Rodeado por los socios presentes en una cordial tertulia, prendió un cigarrillo e hizo pasar la cajetilla entre los contertulios. A poco, viendo que el contenido mermaba, la rescató.- “¿No te quedan más?”- “No, me quedan menos…”Esa noche, en nuestra casa y mientras se asaba un solomo, jugando con nuestros hijos en el jardín se colocó un periódico tapándole un ojo y tomó una vara de tumbar mangos, montó a uno de los niños sobre los hombros, y le dijo al otro: “yo soy el caballo, tu hermano el picador, y tú el toro”.

Era Primer Secretario de la Embajada de Venezuela en Washington, donde dirigía la revista “Venezuela Up To Date”, cuando en marzo de 1977 hicimos una visita a esa ciudad, con motivo de una conferencia. En inglés, y fingiendo acento local, por teléfono le solicité una entrevista para que me orientara sobre un supuesto futuro viaje a Venezuela. No puedo repetir aquí lo que soltó al reconocerme tras deletrearle mi nombre, siempre fingiéndome “gringo”. Pero, cordial y atento, nos guio en los ratos libres a los sitios emblemáticos de esa ciudad.

Un hombre valioso para la memoria colectiva, injustamente olvidado.

 

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