La absurda guerra de Irán está consolidando el estado de incertidumbre. Muchos indicadores se han empezado ya a resentir, y se manifiestan en los datos de inflación y de previsiones de crecimiento económico. Las mediciones marcan una tendencia: una inflación del orden del 3% o incluso superior; junto a una contracción esperada del avance de la economía. Las previsiones recientes del Banco de España señalan un recorte del crecimiento, llegando al 2,3% –cuando en 2025 se ha cerrado con un 2,8%– que, en cualquier caso, es superior al esperado en la media comunitaria, según las estimaciones del propio Banco y de otras instituciones. Ningún economista serio se atreve a realizar demasiados pronósticos que integren certezas: nos hallamos ante cálculos de probabilidades, acercándonos a principios de la física cuántica de Werner Heisenberg.
El futuro es insondable. Pero podemos detallar algunos elementos, comprobables con estadísticas solventes, que permiten entender la particularidad de la economía española en relación con el resto de la Unión Europea. Elementos que diferentes economistas y servicios de estudios están recogiendo como factores a tener en cuenta; siete son los más observados, y los enunciamos:
La importancia del gasto público, con protagonismo esencial de la inversión pública propia, a la que cabe añadir los proyectos europeos que se están implementando.
La evolución del turismo, con gran avance en número de visitantes desde 2022 (acercándose a los cien millones en 2025), con incrementos de pernoctaciones y de gasto turístico.
El buen comportamiento de las exportaciones, particularmente de los servicios no turísticos (que engloban factores tecnológicos), lo que indica una cualificación del crecimiento que se traduce en el mercado laboral. El último informe de COTEC, que analiza datos desde 2018 hasta 2025, señala el incremento de trescientos mil afiliados en empleos tecnológicos, un 27% del total, con remuneraciones más elevadas. La EPA subraya igualmente esos indicadores.
Un mercado laboral dinámico, con más de 21 millones de ocupados y una tasa de paro del 10%, la más baja desde 2008, junto a una mayor estabilidad en el empleo.
Las subidas del Salario Mínimo y la adopción del Ingreso Mínimo Vital han mejorado el consumo de muchos hogares y la reducción de la desigualdad de renta –si bien se incrementa la de la riqueza–, según el sociólogo y catedrático Príncipe de Asturias Jesús de Miguel.
Mejor adaptación a los shocks energéticos, tras la apuesta decidida por las energías renovables que han abaratado notablemente –en contraste con Europa– el precio de la electricidad.
Una gestión adecuada de las crisis, desde la pandemia hasta la guerra actual, una constatación que se remarca en las principales palestras internacionales (la última, el conservador diario neoyorquino Wall Street Journal).
Esto no elude problemas no resueltos, de gran calado. El más determinante, la vivienda; pero también la pobreza infantil. Estos dos factores deberían estar en las agendas de las formaciones políticas, tratando –difícil misión– de ponerse de acuerdo con perspectivas de Estado.

