Nuestras democracias son hábitats sensibles que hemos de cuidar. A veces pensamos que son sistemas rígidos, estructuras estables e impermeables a los acontecimientos bruscos, que siempre estarán ahí pase lo que pase, y que no acaban de ofrecer soluciones a los problemas complejos. Miramos la democracia como si fuera algo ajeno a nuestra propia implicación, participación, compromiso, sin darnos cuenta de que la democracia la hacemos nosotros cada día. No es un ente ajeno a nuestra forma de convivir, de pensar y de ser.
Son tan sensibles que se tambalean cuando llega un bárbaro como Trump dispuesto a pisotearla. Pero al mismo tiempo es resistente porque frente al vandalismo se defiende poniendo en valor los derechos conquistados.
Todos aquellos que levantamos la mano diciendo que “somos demócratas” necesitaríamos disponer de un termómetro que nos indicara cuáles son nuestros grados en democracia. Porque no se es demócrata o no, sino que hay grados. Por ejemplo, qué grado de democracia tienen los hombres que han votado en la fiesta de Sagunt (Valencia) para que las mujeres no puedan participar. Ellos dirán que es una decisión democrática porque la han votado, pero nada más contrario a la realidad. Obviar a la mitad de la población a que pueda también decidir es pervertir la democracia.
Y eso ocurre ahora con Trump y con sus seguidores de la ultraderecha: son la utilización perversa de la democracia para conseguir el poder y desde dentro modificar sus estructuras de estabilidad al tiempo que la resistencia de su ciudadanía. No es algo nuevo. Y, aunque no dispongamos de los grados de democracia, sí disponemos del termómetro que nos alerta del peligro fascista.
Theodor Adorno, junto a los miembros del Instituto de Investigación Social de Frankfurt, desarrolló un análisis profundo sobre el fascismo tras la Segunda Guerra Mundial. En su obra “La personalidad autoritaria” (1950), Adorno buscó los rasgos psicológicos que hacen a los individuos susceptibles a la ideología fascista, creando lo que se conoce como la “Escala F” (escala de fascismo). Adorno identificó nueve dimensiones o rasgos que tienden a agruparse en la estructura de personalidad autoritaria, y que José Antonio Marina resume perfectamente:
1. Conformismo, aceptación de los valores tradicionales.
2. Idealización de la autoridad y sumisión exagerada hacia quien la ostenta.
3. Agresividad.
4. Desconfianza de la imaginación y la creatividad.
5. Tendencia a pensar con conceptos rígidos, temor a la incertidumbre y necesidad de certezas, dogmatismo.
6. Admiración hacia los fuertes y valoración de la dureza.
7. Desconfianza ante la humanidad.
8. Tendencia a proyectar los propios miedos al exterior, catastrofismo y facilidad para creer en conspiraciones.
9. Condena de prácticas sexuales que no obedezcan a la norma y preocupación exagerada del sexo.
Adorno declaró que el fascismo no es solo un fenómeno pasado, sino una “cicatriz” de una democracia que no ha entendido su verdadero sentido.
Cuando leo estos 9 rasgos de un carácter “fascista”, los reconozco en muchos de los dirigentes políticos (y de una parte de la ciudadanía) que viven en democracias, se consideran demócratas porque el sistema les permite ser fachas, ejercen de forma maleducada y autoritaria sus derechos, niegan y desprecian al “otro”, y además sueñan nostálgicamente con gobiernos dictatoriales cuando la mayoría no los ha conocido y no sabe cuáles son sus consecuencias.
No tenemos una balanza que nos diga cómo se mide nuestro carácter democrático, porque exige una profunda mirada interior para analizar de forma sincera y crítica nuestros comportamientos, pero sí tenemos una guía para determinar la degradación. Y, en estos momentos, resulta muy útil para medir la temperatura de nuestras sociedades democráticas-liberales y alertarnos del peligro que tiene tomarse a broma o con indiferencia las actitudes de muchos líderes políticos internacionales y también nacionales, que juegan permanentemente con la mentira, las verdades a medias, la manipulación, la confrontación, la imposibilidad del diálogo, el malestar intencionado, la huida de responsabilidades, y la frivolización de las estructuras del sistema democrático.
Tomar conciencia colectiva e individual de la importancia de la salud democrática es absolutamente transcendental y debería ser tarea de todos, también de los más jóvenes.

