Transitamos tiempos convulsos con diversas crisis en marcha que han quebrantado nuestra ingenua ilusión de estar instalados, en la tercera década del siglo XXI, en un modelo civilizatorio de progreso (al menos, muchos lo pensaban, en el mundo más desarrollado): una crisis económica, una crisis geopolítica (con guerras que nunca hubiéramos pensado se activarían), una crisis climática y una crisis humanitaria y social, coligadas a niveles muy notables de desigualdad social.
Vayamos desgranando cada una de ellas. Según el Banco Mundial, la economía mundial se encuentra en una situación precaria, a resultas de la desaceleración del crecimiento, una elevada deuda y estanflación. Por su parte, asistimos a una crisis geopolítica derivada del quebrantamiento del orden internacional, asociada a la rivalidad entre los Estados Unidos y China, la guerra en Ucrania y de Irán, los conflictos en Oriente Medio y los últimos acontecimientos acaecidos en Latinoamérica. La crisis climática (“coste del proceso civilizatorio”) ha elevado las temperaturas, incrementado los fenómenos naturales extremos (sequías, inundaciones, olas de calor) e implicado a los ecosistemas. Entre sus efectos más destacables: el hambre y la inseguridad alimentaria, los riesgos sanitarios o las migraciones masivas… Y por último, en conexión con lo anterior, revelar que a mediados del año 2024 se contabilizaron en todo el planeta 120 millones de personas desplazadas forzosamente a consecuencia de las guerras, persecuciones o violencia (fundamentalmente procedían de Siria, Afganistán, Ucrania, Sudán y Venezuela).
Nos desenvolvemos entre inseguridades, incertidumbres y miedos, pues los seres humanos estamos siempre unidos al contexto, a las circunstancias, a los otros porque la contingencia singular es una realidad material y sociocultural, puesto que la vida humana no es algo que simplemente acontece. Nos tenemos, por tanto, que ajustar a la historicidad de nuestro espacio y tiempo. Lo cual no significa que debamos asumir como metecos las tropelías e injusticias que nos rodean, no debemos perder nunca nuestra identidad societaria (perspectiva de Humanidad) como ciudadanos con derechos y obligaciones y desenvolvernos bajo criterios de solidaridad y compromiso social.
Centrémonos en el miedo, que es una emoción básica, primaria y universal, fundamental para nuestra supervivencia, que se activa cuando valoramos peligros o amenazas, bien reales o imaginarias. En una investigación realizada por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)[1], publicada en 2022, se concluye que transitamos tiempos de incertidumbre y que “las nuevas amenazas para la seguridad humana en el (que denominan) Antropoceno exigen una mayor solidaridad”. Para Achim Steiner, administrador de esta organización: “El sentimiento es subjetivo, pero el dato de cuánta gente lo experimenta es empírico (…) Países con algunos de los niveles más elevados de buena salud, riqueza y enseñanza muestran mayor grado de ansiedad incluso que hace diez años (…) La desigualdad, la injusticia, los conflictos y el cambio climático eran los grandes generadores de incertidumbre…” Y ha dado lugar a que: “Los ciudadanos ya no confían en el futuro aunque, según los indicadores de desarrollo tradicionales, somos la generación más rica en la historia de la humanidad, disponemos de tecnologías extraordinarias y nuestros niveles de educación son más altos que nunca”
Los datos que obtuvieron cuestionaron que el desarrollo reduce la inseguridad, que ya no es garante de bienestar, haciendo necesario ir más allá de indicadores estrictamente económicos. Finalizan el informe con una declaración de intenciones en donde se plantea que cualquier cambio de tendencia está en nuestras manos, en cada uno de nosotros como sujetos políticos y que tan solo desde la solidaridad, en la que denominan la era del “Antropoceno”, será posible salir de la oscuridad en la que estamos sumidos.
¿Qué informaciones tenemos al respecto en nuestro país? La opinión pública española, consultada en noviembre de 2025, lo tiene claro. El 73,9% de los entrevistados en el Estudio sobre miedos e incertidumbres del Centro de Investigaciones Sociológicas, asegura no tener “sentimientos de miedo o temor” de carácter general y un 23% indica que si los tiene. El miedo a las guerras y los conflictos actuales es lo que más preocupa a los que los tienen (76,8%). Además, para el 68% al hacer un balance general sobre la situación actual internacional pesan más las cuestiones que llevan al pesimismo que las optimistas (27,3%). Especial relieve adquiere, a la luz de los actuales acontecimientos internacionales, que el 66,2% piense que podríamos vernos involucrados, en los próximos años, en una guerra contra Rusia (57%), Marruecos (42,2%) o Estados Unidos (30,4%).
Los sucesos de los últimos meses, a buen seguro, han escorado a un mayor número de ciudadanos de bien hacia emociones oscuras de zozobra y malestar por la deriva de violencia que, en tan poco espacio de tiempo y con tal intensidad, hemos encumbrado.
Siguiendo a Juan Luis Vives, y al mensaje que subyace en una de sus más célebres reflexiones, estimo que entre los riesgos más notables de nuestros días se encuentra que:
Desterrada la justicia que es vínculo de las sociedades humanas, muere también la libertad que está unida a ella y vive por ella.
