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Jesús Rondón Nucete: La rebeldía histórica de la universidad andina

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Este 29 de marzo, la Universidad de los Andes en Venezuela recuerda su origen en la fundación de la Casa de Educación que en 1785 (hace 241 años) hizo el primer obispo de Mérida, Fray Juan Ramos de Lora. Convertida en Universidad (aunque sin tal título) en 1806 (15ª de América Hispana), ha cumplido sin interrupciones una labor fecunda –como pocas instituciones en el país– en la creación y difusión de la cultura y en la formación de hombres y mujeres para servir a la sociedad. Lo ha efectuado, en ocasiones, en desacato del poder (que ha intentado su extinción).

Ilustración de Juan Diego Avendaño 29 3 2026

Contrariamente a lo que comúnmente se cree la historia de Mérida está marcada por gestos de osadía, algunos propios de insubordinados, otros más bien de “irreverentes”. Aunque sus vecinos son conservadores en costumbres – lo observaron el padre Pedro de Mercado en el siglo XVII y el gran memorialista Mariano Picón Salas, más recientemente -– desde sus orígenes han tenido gestos de desacato y algunas veces de verdadera rebeldía. El fundador la estableció sin la autorización real requerida (por lo que fue condenado a pena capital, que no se ejecutó). Y en la igual forma el primer Obispo abrió su seminario (lo que le valió sólo reprimenda del monarca, Carlos III, gobernante culto, sin duda). En 1776 sus principales protagonizaron un motín contra el Cabildo y en 1781 sus gentes adhirieron a la rebelión de los “comuneros” y establecieron (aunque brevemente) un gobierno propio y autónomo, el primero que se formó en Venezuela.

Rebeldes fueron, pues, durante la época colonial; y como tales se mostraron en la primera hora de la emancipación. El 1810 se separaron de Maracaibo para acompañar la Revolución de Caracas y nombraron su propia Junta Superior Gubernativa que asumió poder soberano; en 1813 recibieron con entusiasmo a Simón Bolívar, al que aclamaron “libertador” y a quien ofrecieron apoyo (en hombres, recursos y armas); y en 1817 intentaron – aunque rodeados totalmente por tropas de Morillo – recobrar su autonomía (perdida en 1814), episodio conocido como “la patriecita”. De manera que los “caballeros” de Mérida (después llamados “godos”) eran, en verdad, “insumisos” y muy osados. Incluso, en 1820 se les unió el ilustrísimo Rafael Lasso de la Vega, el primer prelado americano que reconoció la República y la puso en contacto con la Sede de Roma. Aquellos acontecimientos los conocían los merideños desde la infancia, lo que contribuía a moldear sus ánimos.

La Universidad no ha sido concesión graciosa del poder central. Caracas no veía con buenos ojos las solicitudes dirigidas a la Corona para convertir el Real Colegio en institución superior y se opuso a la aspiración. Carlos IV, sin embargo, sin darle el título, le otorgó facultad de conferir grados mayores y menores; y la Junta de 1810 confirmó y amplió “la gracia de universidad”. El Supremo Gobierno, que presidía José Antonio Páez, que había entrenado sus primeras tropas en Mérida, le reconoció ese carácter y le nombró rector, a solicitud (engañosa) del gobernador Juan de Dios Picón. Más adelante, J.T. Monagas le prohibió construir casa propia, Guzmán Blanco le arrebató autonomía y bienes y C. Castro le ordenó cerrar los estudios de medicina. Pero, la Universidad subsistió por encima de las dificultades y fue – según magistrado distinguido – “faro de luz, machu picchu de la cultura” en tiempos oscuros de nuestra historia.

La Universidad de Mérida, en todos sus tiempos, formó notables humanistas y científicos (Tulio Febres Cordero, Julio Cesar Salas, Asdrúbal Baptista); magistrados honorables (Francisco Baptista Galindo, Caracciolo Parra Pérez, J.R. Duque Sánchez) y algunos iniciadores de las luchas democráticas venezolanas (Mario Briceño Iragorry, Rafael Pizani, Francisco Tamayo). Sobre todo, los profesionales requeridos por la sociedad en las distintas áreas. Su número fue en aumento hasta las últimas décadas.  Sin abandonar esa que era y es su primera misión, la Institución animó las luchas políticas de sus estudiantes de 1936 a 1948 y desde 1958.  Moderaba (¡o atizaba a veces!) las acciones del rector magnífico Pedro Rincón Gutiérrez. Fue una especie de aula abierta durante el período democrático: alguien la calificó como “una gran escuela de ciencias políticas” del país. Se difundían y debatían las doctrinas sociales y las elecciones rectorales como las estudiantiles desbordaban los claustros: interesaban a todos los vecinos.

Desde 1999 el nuevo poder quiso seducir a profesores y estudiantes. Ante el fracaso de aquellos avances, intentó sustituir las universidades mediante la creación de instituciones de fácil acceso, poco rigor académico y dóciles a su voluntad. Las cifras oficiales mostraban sus matrículas (abultadas); pero, quienes deseaban estudiar acudían a las autónomas (por su calidad). Estas últimas, por lo demás, se unieron a la oposición en sus luchas por la democracia: contra las leyes estatizantes de 2001, en la crisis de 2002, en el referéndum de 2004, en la campaña electoral de 2006, contra el cierre de RCTV y en el referéndum de 2007.  Desde aquellos hechos, la pseudo-revolución utilizó todos los instrumentos para someterlas: incluso, pretendió suprimir la autonomía. No lo logró; tomó sí el control presupuestario y financiero. Limitó los recursos y obligó a la supresión de servicios y actividades. No escapó la ULA a esa situación.

A la muerte del “caudillo”, los universitarios protestaron el ascenso fraudulento del escogido como sucesor; y luego sus ejecutorias. El 2014 las manifestaciones se convirtieron en barricadas que paralizaron varias ciudades. Lo mismo ocurrió en 2017 cuando convocó irregularmente una constituyente. En aquellas ocasiones militares y policías causaron gran número de muertes (204, de ellos 26 estudiantes). Las universidades denunciaron la represión, así como la violencia que desataban esos agentes en sectores populares (con cientos de miles de víctimas). Un nuevo fraude en 2018, denunciado por la comunidad internacional, llevó a la imposición de sanciones, lo que unido al mal manejo de la industria petrolera y a la corrupción escandalosa de los jerarcas provocó la mayor crisis económica de nuestra historia. Eso aceleró la emigración, que se inició antes, cuando se anunció el proyecto de establecer una sociedad socialista. Miles de estudiantes y profesores de las universidades formaron parte del éxodo.

La crisis causó grave daño a la Universidad. El régimen decidió mantener el monto del presupuesto (no el % del global), ya insuficiente: con la inflación no hubo dinero ni para lo indispensable. La matrícula cayó de 49.038 inscritos en 2012 a 18.715 en 2024 y el número de docentes de 2.886 a 2.162. Se redujo el de graduados (profesionales al servicio de la sociedad): de 5.098 a 2.062 en las mismas fechas. Debieron suspenderse programas de cultura y extensión. Para aislarla, los mandones incultos le arrebataron (2017) su televisora (Tv-ULA), equipada (con recursos propios) poco antes. Sin embargo, la Universidad no se rindió. Denunció los ataques y se declaró en “emergencia” y “estado de alerta” ante las políticas gubernamentales. Los profesores respaldaron a sus autoridades. Y el movimiento estudiantil, después de momentos de confusión, retomó el camino de sus luchas, no sin sacrificios: algunos dirigentes sufrieron persecución, cárcel y exilio.

La Universidad andina –de historia de rebeldías y consciente de su responsabilidad con el futuro– no se inclinó ante el poder ni cerró sus puertas. Compartió los sacrificios y las luchas populares. Sobre todo, continuó su tarea. Con sueldos de miseria (un titular a dedicación exclusiva recibía en diciembre pasado un sueldo mensual de 21,4 dólares) los profesores dictan sus lecciones. Pocos alumnos pueden asistir a los cursos (las becas son de 5 dólares), pero todos insisten en su voluntad de saber y de vivir en democracia. Por eso convocan a manifestaciones. Los institutos publican en páginas digitales 40 revistas indexadas que recogen los artículos de sus investigadores. Son formas distintas de mantener el espíritu de lucha. La ciudad los acompaña. Se tiene en comunión con la Universidad, de la que es asiento telúrico y vive sus circunstancias. Ahora mismo luce vacía, en espera del bullicio e ilusiones de los jóvenes.

La Universidad, en condiciones muy adversas, ha desafiado la dictadura. No se doblegó. Ha sido refugio de libertad y democracia. Ha mantenido la autonomía (aunque no en su integridad). Y ha cumplido sus tareas propias. Ha formado jóvenes para servir a la patria.  Miles han podido estudiar y miles recibieron los títulos correspondientes. También sus institutos han continuado sus investigaciones. Es cierto que cayeron los números en las estadísticas respectivas; pero, con todo, ha sido grande la contribución para enfrentar la catástrofe sufrida y superar, más tarde, sus efectos. Además, ha resistido – ¡y vencido! – a un poder empeñado en destruirla.

X: @JesusRondonN

 

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