El espectador sufre de problemas de memoria, vive en un presente perpetuo, desconoce el valor del pasado, se le programa para apenas disfrutar de experiencias fragmentadas en redes sociales.
Por ello le cuesta reconocer el trabajo, el mérito artístico, la carrera, la trayectoria de un director como Paul Thomas Anderson, quien recibe el Oscar apenas en 2026 por Una batalla tras otra, después de 30 años de evolución en el campo del largometraje.
En efecto, su primera película data de 1996, la opera prima Sydney, un espléndido ejercicio de estilo noir, para el lucimiento de una camada de jóvenes histriones como Gwyneth Paltrow y John C. Reilly, en un típico filme de la clase indie de los noventa.
Pero el verdadero golpe lo asesta el realizador con su siguiente proyecto, Boggie Nights, en el que logra establecer la identidad que lo define desde entonces, amén de una construcción coral que revisa los géneros del melodrama épico y la sátira cultural, según los códigos de una nostalgia más crítica que inocente, respecto a la memoria norteamericana.
A partir de entonces, las cintas de Anderson recuperan la esencia de la generación del New Hollywood, con sus autores que exponen los problemas que aquejan al inconsciente colectivo de la sociedad de su país, por medio de propuestas maximalistas y posmodernas de un cine que ama a las imágenes de síntesis que pueblan el imaginario simbólico de los videoclips y las obras conceptuales.
Es equivalente al nacimiento de un grupo de escritores que buscan publicar la gran novela americana. De modo que cada pieza de PTA, como le dicen, puede leerse como un capítulo de su crónica oscura sobre el origen y el desarrollo de la nación más poderosa en el mundo.
En tal sentido, Paul Thomas es visto como un discípulo aventajado de Robert Altman, del que retoma la cadencia de sus planos secuencias y de su afición por historias cruzadas que aparentemente no dicen mucho, pero que en realidad reflejan un clima de crisis, ansiedad y trauma.
Llegando al fin del milenio es bueno recordar que PTA toca el cielo con su obra maestra, Magnolia, la cual es apenas distinguida con tres nominaciones al Oscar, entre las que destaca la del secundario de Tom Cruise, en uno de sus mejores papeles como un predicador culposo.
En tres horas, PTA sienta en el diván a su generación de hijos pródigos que han perdido toda conexión con sus padres y que solo el cataclismo de la muerte los hace recuperar su sensibilidad, su empatía, con sentido de la realidad.
Se trata, salvando las distancias, de un enorme antecedente para lo que veremos en Una batalla tras otra, acerca de otros chicos que juegan a la revolución, para enfrentarse con la ruina de la utopía y la verdad que supone renunciar a la familia por un ideal.
La película es también una metáfora del cine y de la generación de autores que quisieron conquistar el olimpo de Hollywood en el pasado, posiblemente una alegoría de la generación indie que sucumbió tras el fiasco de la caída de Miramax y el declive acontecido con la llegada del streaming.
Por igual, supone un cuestionamiento a las políticas domésticas de deportación y la necesidad que existe de organizar un movimiento disidente, a pesar de sus deslices.
No es una propaganda lo que diseña PTA en Una batalla tras otra, como han querido instalar algunos foros de campaña sucia que condenan con sus memes e ideas partidistas, a fin de monetizar en los algoritmos de la indignación y el odio de la gente común.
Una batalla tras otra dialoga con los grandes hitos del director como Punch, Drunk and Love, Licorize Pizza, Pure Vice, Petróleo sangriento, El hilo fantasma y The Master.
Paul Thomas Anderson se va tomando entre unos cinco y siete años para producir una película. Por tanto, la academia tomó la sabia decisión de premiarlo ahora, tras ningunearlo por tres décadas.
No será la mejor de sus películas, pero como con Nolan, la institución ha decidido que debe corregir sus errores de omisión, que la llevaron al absurdo de desconocer a Kubrick, Lynch y Hitchcock.
Por ende, uno que creció bajo la influencia de PTA, siente que hubo revancha y que se hizo justicia al darle el Oscar por la mejor película y dirección.
No es para menos.
Larga vida al cine de Paul Thomas Anderson.

