Cómo salir del país provisional
El país provisional
La Comisión para la Reforma del Estado (COPRE) publicó en 1987, en su revista “Estado y Reforma”, la entrevista titulada “El Estado del disimulo”, realizada a José Ignacio Cabrujas. Esa reflexión sigue siendo indispensable porque diagnostica una enfermedad histórica de nuestro país que hoy se expresa de forma particularmente visible: el debate público venezolano ha terminado por perder contenido político real. Decía nuestro dramaturgo y pensador:
«El concepto de Estado es simplemente un “truco legal” que justifica formalmente apetencias, arbitrariedades y demás formas del “me da la gana”. Estado es lo que yo, como caudillo o como simple hombre de poder, determino que sea Estado. Ley es lo que yo determino que es ley… El país tuvo siempre una visión precaria de sus instituciones porque, en el fondo, Venezuela es un país provisional.
(…) Han pasado siglos y todavía me parece vivir en un campamento. Quién sabe si al campamento le sucedió lo que suele ocurrirle a los campamentos: se transformó en un hotel. Esa es la mejor noción de progreso que hemos tenido: convertirnos en un gigantesco hotel donde apenas somos huéspedes. El Estado venezolano actúa generalmente como una gerencia hotelera en permanente fracaso a la hora de garantizar el confort de los huéspedes. Vivir —es decir, asumir la vida, pretender que mis acciones se traduzcan en algo, moverme en un tiempo histórico hacia un objetivo— es algo que choca con el reglamento del hotel, puesto que cuando me alojo en un hotel no pretendo transformar sus instalaciones, ni mejorarlas ni adaptarlas a mis deseos. Simplemente las uso. No vivo en un lugar: me limito a utilizar un lugar.» (Cabrujas, 1987).
El campamento
Cabrujas describía una práctica histórica: la forma en que los venezolanos nos relacionamos con el poder, la riqueza y el Estado. El campamento minero es siempre provisional: no se construye para habitarlo, sino para explotar el suelo. No hay preocupación por la casa en el largo plazo y las reglas de convivencia dependen de quien concentra el mayor poder económico o el control de la fuerza.
Ese carácter provisional del país no es solo cultural: también se expresa en la forma concreta en que está organizado el poder. Hoy volvimos a ese campamento: en la práctica, la política exterior de Donald Trump fija los límites del poder interno y marca el rumbo conforme a sus intereses; se legisla de forma acelerada, coyuntural y sin horizontes. Quizá, mientras dure su presidencia y la presencia militar estadounidense en el Caribe, los huéspedes disfruten un mínimo de confort, “mientras tanto y por si acaso”, como diría Cabrujas.
La pregunta es inevitable: ¿queremos seguir siendo un campamento? ¿Podemos aspirar a algo más que a un “diles que no me maten” o a un confort provisional? Convertir ese campamento en comunidad política exige abandonar esa forma histórica de pensar y actuar —una ética de sobrevivencia— que el personaje de telenovela Eudomar Santos resumió con precisión: “como vaya viniendo vamos viendo”.
El poder invisible
En Venezuela el problema del poder no es principalmente electoral ni partidista: es militar.
El poder que sostuvo a Nicolás Maduro el 28 de julio de 2024 provenía, en última instancia, del control del mando militar: si ese mando se hubiese fracturado, el desenlace habría sido distinto. De hecho, en muchos centros de votación el personal subalterno facilitó la recolección de las actas, no el alto mando. Por eso quienes realmente negocian con Estados Unidos no son los operadores civiles —los visibles—, sino la cúpula de las Fuerzas Armadas —los invisibles—, convertida en un consorcio que combina poder armado, económico y político con presencia en sectores estratégicos del Estado.
Tras el 3 de enero, incluso en el análisis de Washington quedó claro que cualquier transferencia efectiva del poder pasa por el mando militar; de no ser así, las decisiones habrían sido otras (salvo que se demuestre que el PSUV —como partido civil— ejerce el control efectivo sobre las Fuerzas Armadas).
Ese entramado configura un Estado cívico-militar cuya transformación no depende de individuos ni de presiones externas, sino de una maquinaria institucional capaz de desmontar esa arquitectura de poder.
Venezuela presenta además una anomalía militar: alrededor de 2.000 generales para poco más de 100.000 soldados, cerca de uno por cada 50 efectivos. En ejércitos profesionales la proporción suele ser de uno por cada 1.500 o 2.000. No es solo una irregularidad administrativa: una estructura con tantos mandos superiores no está diseñada para la defensa del país, sino para distribuir poder, rentas y posiciones dentro del aparato militar y empresarial, convirtiendo a la jerarquía en una élite con control económico, político y social.
¿Cómo desmontar la estructura de poder?
Desmontar esa estructura exige comprender que el poder no es una pieza que pueda retirarse sin más, sino una red de instituciones, intereses económicos y dispositivos de mando sedimentados durante años. La transición debe desarticularla y reordenarla para que las Fuerzas Armadas recuperen su función republicana: ejercer la coerción legítima bajo autoridad civil. Para ello es indispensable una deliberación nacional que incorpore al estamento militar, no solo por ser el actor más afectado, sino porque las transiciones estables no se construyen excluyendo a quienes controlan la fuerza, sino integrándolos en un nuevo orden.
La fuerza militar no puede seguir siendo una caja negra tras bastidores: los invisibles deben hacerse visibles. En ese acuerdo deben participar el empresariado, los sindicatos, las universidades y los partidos políticos, con soporte normativo de la Asamblea Nacional. Sin ese cambio estructural, las demás instituciones —y el propio Estado— seguirán subordinadas a ese poder: la consecuencia será inestabilidad a mediano y largo plazo. Las sociedades estables no eliminan ni ocultan los conflictos: los institucionalizan.
La lección de la COPRE
Conviene recordar una experiencia que el país ya intentó. La Comisión para la Reforma del Estado (COPRE) fue el esfuerzo más integral y sistematizado de toda la historia republicana para pensar su diseño institucional: reunió a intelectuales, partidos de distintas corrientes, empresarios y sindicatos para deliberar sobre la arquitectura del Estado.
Aquel proceso quedó truncado por las coyunturas políticas de su tiempo, pero la lección permanece: los países dejan de ser provisionales no cuando cambian gobernantes, sino cuando construyen reglas capaces de ordenar la convivencia y las redes de poder. Mientras eso no ocurra, Venezuela seguirá viviendo en el campamento que describió José Ignacio Cabrujas: un país que se ocupa como hotel, no como una casa que se construye, se mantiene y se gobierna para el bien común.
Profesor universitario

