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Eligio Damas: Era un buen ciudadano

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Los cuatro hombres que cargaban la urna, avanzaban lentamente, mientras los demás integrantes del cortejo, nos apretujábamos bajo aquel achicharrante sol del medio día.  Yo, marchaba en medio del pequeño grupo, ubicado detrás del féretro, que ya empezaba a traspasar las puertas del cementerio.  Iba pensando con tristeza y cariño en lo que había sido la vida de Luis Alberto; desde niños, cuando nos organizaba para proteger los pájaros, plantas y todo ser viviente.

Luis Alberto obtuvo su título de abogado de manos del rector, quien le felicitó por «no ser suma cum laude ni caja de resonancia».

El desfile fúnebre había penetrado al interior del cementerio y la bamboleante urna tomaba una vereda bordeada de cayenas mortecinas. Gotas de sudor, muy gruesas, se deslizaban por las arrugadas frentes, empapaban la ropa y aun podían hacer germinar formas expectantes.

El día que, el secretario general del partido del cual formo parte durante toda su vida, lo llamó para ofrecerle un importante cargo en el gobierno, siempre que no mirase al mundo circundante y a la gente, pidió por favor que lo dejase solo y se sintió culpable por meses de aquella proposición.

Ya los hombres, con el cajón mortuorio a cuestas, habían llegado al borde de la fosa destinada a Luis Alberto.

El mismo día que cumplió cuarenta y cinco años, hace apenas un mes, su lista de clientes pobres y sumamente agradecidos, alcanzó una alta cifra redonda.  Pero también era larga su lista de calamidades. Dos hijos, bachilleres sin cupo; pese a sus viejos y sólidos vínculos universitarios – él fue dirigente estudiantil – no se consideraba con derecho a valerse de sus amigos para transgredir la ley.  Siempre decía a sus muchachos, «ese cupo hay que ganárselo limpiamente». En el haber de sus amigos, la mayoría distintos a él, siempre estaba anotado piadosamente, pues era la única forma de subsistir un profesional solicitado y asediado por una clientela maula y agobiada por una pesada carga familiar.

Y mientras se decía la oración fúnebre, yo recordaba al Luis Alberto, que nos enseñó a saludar la bandera y escuchar de pie el himno nacional.  Y ahora mismo, lo veo defendiendo sus derechos y los de todos en las colas, cuidándose de poner la basura en el sitio adecuado, callar donde el silencio se impone por respeto a los demás y sufriendo porque este mundo no cabe en un manual.  Jamás yo ni nadie, lo vio   entre narcotraficantes, delincuentes de cuello blanco y traficantes de toda naturaleza y, agarrándose al clavo caliente del derecho de todos a la defensa, para «justificar» su conducta.

Ayer, hace apenas 24 horas, – desde aquí lo veo todo, en el mismo plano, como transcurriendo al mismo tiempo – venía de felicitar a un juez que decidió en su contra. Le pareció brillante e inobjetable la argumentación de su oponente, un joven abogado que le mostró una visión distinta y equilibrada del problema.  Y al admitirlo, sintió un gran placer, la radiante expresión de su cara, lo denunciaba; fue como un bálsamo que alivió dolores que le molestaban desde que un viejo amigo, de un modo que percibió generoso, le propuso un negocio turbio e indigno de él.  Tomó la vía que conducía a su casa, apuró discretamente   el paso vacilante de su viejo Falcón. Al llegar a una esquina, por primera y única vez en su vida, se comió la luz roja del semáforo; segundos antes, un infarto acabó con su vida.

Cuando la penúltima paletada de tierra cayó sobre la lápida, cientos de manos lanzaron sobre la tumba cientos de flores que meses después estarían frescas y extrañamente parecían sonreír.

El orador de orden, uno de sus tantos amigos, terminó su discurso diciendo: Era un buen ciudadano.

 

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