A menudo me siento en el banquillo de los acusados frente a mi propia biblioteca. Al revisar los autores que empleo en mis clases de Filosofía y Literatura en la Universidad Francisco Marroquín, me enfrento a una realidad: mi programa tiene un marcado acento masculino. Con apenas dos excepciones, Ayn Rand y Marguerite Yourcenar, el canon que imparto parece ignorar la mitad de la inteligencia del mundo.
No se trata de una cuestión de paridad forzada o de sumarse a consignas de moda. Para un liberal, lo que importa es la verdad y la potencia de las ideas. Por eso, mis omisiones me resultan imperdonables. Mientras discutía con mis alumnos europeos sobre los Premios Nobel de nuestra región, me enfoqué en la disección del poder de Vargas Llosa y García Márquez, olvidando que la primera en traer ese laurel a suelo latinoamericano fue una mujer: la chilena Gabriela Mistral.
Algo similar me ocurrió en Análisis Económico del Derecho (AED). Al explicar la propiedad y los incentivos, solemos acudir mecánicamente a la privatización como única salida a la “tragedia de los comunes”. En ese proceso, omití a Elinor Ostrom, la primera mujer Nobel de Economía. Como bien señalan Rojas y Landoni, Ostrom demostró con evidencia de campo que la propiedad comunal no acaba necesariamente en una tragedia si existen instituciones y principios de autogobierno claros. Su trabajo no es un alegato colectivista, sino una lección magistral sobre cómo los individuos pueden coordinarse fuera del Estado.
He comenzado a atenuar estos sesgos. Si los autores del “Boom” nos revelaron la soledad y degradación del mando, el estoicismo de Yourcenar nos ofrece algo más profundo: la perspectiva de un gobernante que, consciente de su finitud, busca una ética de la limitación. Esa es la verdadera sabiduría que no tiene género, pero que a veces solo una mirada femenina logra rescatar con tal pulcritud.
Reconocer estas figuras me ha hecho volver la vista a mi entorno inmediato. Este mes no celebro colectivos ni consignas como la “sororidad” o la supuesta “brecha salarial” —que el análisis económico serio desmiente al ajustar por variables de elección individual—. Celebro a las mujeres reales que, desde su individualidad, desafían el statu quo. Pienso en colegas, académicas y abogadas que no piden permiso para brillar, sino que exigen su espacio mediante la excelencia.
Esta lista de reivindicaciones personales es afortunadamente larga, reflejo de que la excelencia no es un accidente, sino una decisión diaria. Celebro a Nasly Ustáriz y Flavia Pesci-Feltri, quienes defendieron tesis doctorales disruptivas en tiempos de parálisis académica; a Adriana Pesci-Feltri, por su tenacidad al impulsar el primer posgrado de Mastología en Venezuela; y a Rocío Guijarro y Liliana Ortega, por ser columnas inamovibles de Cedice Libertad y Cofavic en condiciones tan adversas. Mi admiración profunda para Corina Yoris, cuya sabiduría y mesura son mi constante inspiración.
Miro con orgullo a Jennifer López Benítez, Sabrina Gomes y Angelina Rodríguez, quienes pasaron por mi guía profesional y por mis aulas y hoy son profesionales prometedoras que no se han dejado vencer por las circunstancias; así como a Mayra Avendaño Morles y Jacky Sosa, quienes desde la distancia siguen siendo el soporte fundamental de mi trabajo.
Finalmente, quiero detenerme en Vanessa V., Elisabetta B., Marianella C., María Elena G., Alicia S. y Gaby D. Ellas representan esa fuerza silenciosa pero imparable: profesionales de primer orden que, sin estridencias, sostienen el mundo sobre sus hombros.
Mi mejor forma de conmemorar este mes es trabajando. El vínculo entre el Derecho y la Economía es necesario precisamente porque nos aleja de las pasiones irracionales y nos devuelve al terreno de los incentivos, la libertad y la eficiencia. Con ese espíritu, me entusiasma participar como ponente el próximo 21 de marzo en la 3ª edición de “Mujeres que litigan y hacen negocios”, un espacio impulsado por la visión y el liderazgo de Ana Yoleida Pacheco. Allí, más que hablar de género bajo las etiquetas habituales, hablaremos de rigor, de mercado y de cómo la ley debe proteger la sagrada capacidad de emprender y decidir. El encuentro será la prueba de que, cuando el derecho se une a la economía, el verdadero empoderamiento no se proclama: se ejerce.
Menos “ni una menos” y más “ni una idea menos”. Al final, la libertad no entiende de sexos, sino de individuos valientes.

