Hay reuniones que, más que resolver problemas, revelan prioridades. La reciente visita del secretario del Interior de Estados Unidos, Doug Burgum, al Palacio de Miraflores, recibido por Delcy Rodríguez, pertenece a esa categoría. El lenguaje diplomático habló de cooperación, inversión y oportunidades. Pero, detrás de esa retórica cuidadosamente medida, el mensaje es bastante menos romántico: la transición venezolana, si es que existe, parece empezar por el subsuelo.
Durante años, la política venezolana se presentó ante el mundo como un drama ideológico. Democracia contra autoritarismo. Libertad contra dictadura. Derechos humanos frente a represión. Ese fue el guion dominante en la escena internacional. Sin embargo, la reunión de Miraflores sugiere que el libreto está cambiando. O quizás, para ser más precisos, que el libreto real siempre fue otro.
Washington no envió a un funcionario cualquiera. Envió al responsable de la política estadounidense sobre recursos naturales, energía y minería. El foco de la conversación no fue el sistema electoral venezolano ni el estado de las libertades públicas. Fue algo mucho más tangible: petróleo, minerales estratégicos y oportunidades de inversión.
La ecuación, en realidad, es bastante simple. Estados Unidos necesita estabilidad energética y acceso a recursos críticos en un mundo donde la competencia geopolítica por materias primas se intensifica. Venezuela, por su parte, posee enormes reservas de petróleo y un subsuelo rico en minerales estratégicos que el mercado global comienza a valorar con renovado interés.
Del otro lado de la mesa, el chavismo enfrenta una necesidad distinta pero igualmente urgente: supervivencia política. Tras años de aislamiento, sanciones y crisis económica, el poder en Caracas necesita reconstruir canales de reconocimiento internacional y atraer inversiones que permitan aliviar el colapso productivo del país.
En ese cruce de intereses aparece la posibilidad de un entendimiento. No necesariamente un acuerdo formal, ni mucho menos un tratado solemne. Más bien un pacto implícito, construido sobre la lógica pragmática que suele gobernar la política internacional.
La escena resulta familiar para cualquiera que conozca la historia venezolana. Durante décadas, la relación entre el país y las grandes potencias estuvo mediada por el petróleo. No por valores políticos ni afinidades ideológicas, sino por una simple realidad geológica: Venezuela posee recursos que el mundo necesita.
Lo que cambia ahora no es el principio, sino el contexto. El petróleo ya no es el único protagonista. La minería, los minerales estratégicos y el potencial del Arco Minero se incorporan a la ecuación. El subsuelo venezolano vuelve a convertirse en el verdadero centro de gravedad de la política.
Por eso la reunión de Miraflores tiene un significado que va más allá de la diplomacia circunstancial. Sugiere que el llamado “nuevo momento político” podría estar estructurándose alrededor de una lógica conocida: estabilidad a cambio de recursos, apertura económica a cambio de reconocimiento político.
Nada de esto garantiza una transición democrática. Tampoco implica necesariamente un cambio profundo en la arquitectura del poder. Lo que sí revela es otra cosa: que la reorganización del sistema político venezolano podría estar impulsada menos por principios que por intereses.
En un país donde la historia política ha estado siempre escrita con tinta petrolera, la posibilidad de que el nuevo capítulo se redacte con minerales y barriles no debería sorprender demasiado.
Al final, en Venezuela las transiciones raramente comienzan en las urnas. Suelen comenzar mucho más abajo, en las profundidades de la tierra.-
Maestría en Negociación y Conflicto – California State University – @humbertotweets – +1 (407) 221-4603

