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Eligio Damas: El tiempo de los viejos

 

El tiempo de los viejos

 

El tiempo de antes, el nuestro, no corría como ahora, no andaba apresurado;

en ese entonces éramos muy jóvenes. Era así; uno lo percibía como demasiado gordo, lento y hasta jugaba con él.

De la mañana a la noche, vivíamos y hacíamos demasiadas cosas.

Como que siempre íbamos adelante y con suficiente saldo.

La carga era hasta más pesada. ¡Si! Teníamos, además, por delante y a los lados, un espacio enorme, abierto, pues debíamos construir el futuro.

Puede ser, eso parece, hay dos tiempos, el de antes y el de ahora.

Los jóvenes y viejos, viven tiempos distintos con diferente velocidad, volumen y hasta cadencia. También los jóvenes cargan más sueños y los de ellos pesan demasiado. Y, aun así, les sobra tiempo.

El viejo, dejó los sueños atrás; parece empecinado en lo inmediato y real, lo que es

menos abundante y pesado.

Es posible, por eso, unos y otros, suelen percibir paisaje y tiempo diferentes. Con forma y velocidad distintas. Soportan cargas y obligaciones diferentes en peso y medida.

Por lo tanto, que uno tenía por hacer, hasta se creía con deber y como de nosotros tanto y tantos, esperaban, él era complaciente, cómplice y se quedaba más de lo debido; corría como sin prisa.

Se detenía y, uno, después de hacer tantas cosas, lo descubría esperándonos.

Nunca se gastaba, pese lo tanto que hacíamos y lo usábamos.

Muchas veces, uno tenía que apurarlo, sacarlo de su distracción y ayudarlo a levantarse para seguir la marcha. O él se hacía el loco, para estimularnos en nuestro empeño de atraparlo todo.

Uno, de joven, tenía más tiempo que el tiempo, y no era extraño tener que sentarnos a esperarlo, mientras él venía con calma, como si tuviese todo el tiempo del mundo.

Ese tiempo de entonces, no parecía apurado o era como demasiado para uno.

Quizás, por lo tanto, por hacer, como construir el futuro y esto lleva tiempo.

Porque el tiempo, cuando uno es joven, parece esconderse en la brisa y hasta las sonrisas nuestras, para esperarnos y darnos tiempo.

El joven crece, corre veloz y al tiempo alcanza; uno y otro a veces van como parejos; el tiempo a él se le estira, para que construya el mundo y un nuevo tiempo.

El viejo decrece y retrocede, nada novedoso busca porque, cuando eso hizo, nada encontró, lo que el tiempo aprovecha para sacarle ventaja y para nada le alcance. Al parecer, el tiempo ya nada quiere con los viejos; se les acabó su tiempo.

Apenas el viejo se levanta, a muy temprana hora, debe dar la vuelta y regresar a la cama; porque el tiempo se esfumó.

El tiempo, al viejo, le tiene acumulada una cuenta larga, ya vencida;

y va pronto a cobrársela, porque no le queda tiempo.

Se dice que los viejos son pacientes, como que le dan tiempo al tiempo.

Y no es así. La verdad es que, los viejos ya tienen sus respuestas, ya no buscan más porque les falta tiempo para seguir soñando y el tiempo, en ellos y por ellos, está aburrido y encogido.


Eligio Damas: Profesor, especializado en Historia. Nació en Cumaná, lleva unos cuantos años viviendo en Barcelona. Ha sido militante y dirigente político. Desde hace varios ha publicado en diarios y revistas. Escritor de artículos sobre temas diversos; cuentos, novelas y ensayos. Tres de sus novelas, “La Tía Panchita”, “La Mudanza” y otra sin título definitivo, están sin editar. Con la novela “El Crimen Más Grande del Mundo”, se ganó el premio nacional de narrativa del 2010, del Fondo Editorial IPAS.ME.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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