El tiempo de los viejos
El tiempo de antes, el nuestro, no corría como ahora, no andaba apresurado;
en ese entonces éramos muy jóvenes. Era así; uno lo percibía como demasiado gordo, lento y hasta jugaba con él.
De la mañana a la noche, vivíamos y hacíamos demasiadas cosas.
Como que siempre íbamos adelante y con suficiente saldo.
La carga era hasta más pesada. ¡Si! Teníamos, además, por delante y a los lados, un espacio enorme, abierto, pues debíamos construir el futuro.
Puede ser, eso parece, hay dos tiempos, el de antes y el de ahora.
Los jóvenes y viejos, viven tiempos distintos con diferente velocidad, volumen y hasta cadencia. También los jóvenes cargan más sueños y los de ellos pesan demasiado. Y, aun así, les sobra tiempo.
El viejo, dejó los sueños atrás; parece empecinado en lo inmediato y real, lo que es
menos abundante y pesado.
Es posible, por eso, unos y otros, suelen percibir paisaje y tiempo diferentes. Con forma y velocidad distintas. Soportan cargas y obligaciones diferentes en peso y medida.
Por lo tanto, que uno tenía por hacer, hasta se creía con deber y como de nosotros tanto y tantos, esperaban, él era complaciente, cómplice y se quedaba más de lo debido; corría como sin prisa.
Se detenía y, uno, después de hacer tantas cosas, lo descubría esperándonos.
Nunca se gastaba, pese lo tanto que hacíamos y lo usábamos.
Muchas veces, uno tenía que apurarlo, sacarlo de su distracción y ayudarlo a levantarse para seguir la marcha. O él se hacía el loco, para estimularnos en nuestro empeño de atraparlo todo.
Uno, de joven, tenía más tiempo que el tiempo, y no era extraño tener que sentarnos a esperarlo, mientras él venía con calma, como si tuviese todo el tiempo del mundo.
Ese tiempo de entonces, no parecía apurado o era como demasiado para uno.
Quizás, por lo tanto, por hacer, como construir el futuro y esto lleva tiempo.
Porque el tiempo, cuando uno es joven, parece esconderse en la brisa y hasta las sonrisas nuestras, para esperarnos y darnos tiempo.
El joven crece, corre veloz y al tiempo alcanza; uno y otro a veces van como parejos; el tiempo a él se le estira, para que construya el mundo y un nuevo tiempo.
El viejo decrece y retrocede, nada novedoso busca porque, cuando eso hizo, nada encontró, lo que el tiempo aprovecha para sacarle ventaja y para nada le alcance. Al parecer, el tiempo ya nada quiere con los viejos; se les acabó su tiempo.
Apenas el viejo se levanta, a muy temprana hora, debe dar la vuelta y regresar a la cama; porque el tiempo se esfumó.
El tiempo, al viejo, le tiene acumulada una cuenta larga, ya vencida;
y va pronto a cobrársela, porque no le queda tiempo.
Se dice que los viejos son pacientes, como que le dan tiempo al tiempo.
Y no es así. La verdad es que, los viejos ya tienen sus respuestas, ya no buscan más porque les falta tiempo para seguir soñando y el tiempo, en ellos y por ellos, está aburrido y encogido.
Eligio Damas: Profesor, especializado en Historia. Nació en Cumaná, lleva unos cuantos años viviendo en Barcelona. Ha sido militante y dirigente político. Desde hace varios ha publicado en diarios y revistas. Escritor de artículos sobre temas diversos; cuentos, novelas y ensayos. Tres de sus novelas, “La Tía Panchita”, “La Mudanza” y otra sin título definitivo, están sin editar. Con la novela “El Crimen Más Grande del Mundo”, se ganó el premio nacional de narrativa del 2010, del Fondo Editorial IPAS.ME.

