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Peter Albers: Ratón contra león

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Dominique Lapierre, escritor francés y Larry Collins, escritor y periodista estadounidense escribieron varios best-sellers como “O Llevarás Luto Por Mí”, «Oh, Jerusalén», o «Esta Noche, la Libertad». En el primero narran la vida de Manuel Benítez, desde su nacimiento en 1936 hasta su encumbramiento como “El Cordobés”, matador de toros, mientras historian la España de ese período, cuando se entremezclan las consecuencias de la guerra civil y la miseria del franquismo.

«Oh, Jerusalén» es una obra sobre el nacimiento del Estado de Israel en 1948, tras la cruenta lucha entre árabes y judíos. El lector descubre que, antes de que estallara el conflicto, ambos pueblos vivían en armonía e incluso compartían los mismos barrios. La obra es un texto clave para entender por qué Israel sigue siendo, medio siglo después de su fundación, una de las zonas más conflictivas del planeta.

«Esta Noche, la Libertad» relata uno de los momentos más importantes de la historia mundial: la independencia de La India y el nacimiento de Paquistán en 1947. La obra sigue los pasos del último Virrey de la India, Lord Mountbatten, y del líder pacifista Mahatma Gandhi, conocido mundialmente como el padre de la independencia india. Un líder espiritual y político, cuya filosofía de la no violencia inspiró a millones. Conocido por su austeridad, su compromiso inquebrantable con la verdad y la justicia, y su capacidad para movilizar a las masas mediante la desobediencia civil pacífica, Gandhi logró transformar la lucha por la libertad en un movimiento nacional.

Camina por su país envuelto únicamente en un taparrabos blanco, casi desdentado y calvo. Vive castamente, absteniéndose de carne y alcohol y de alimentos condimentados y cocidos.No cree en las armas, sino en la dulzura; en el sufrimiento que está dispuesto a soportar por el bien común: insultos, arrestos, palizas con garrotes y marchas forzadas ruinosas. Su legado perdura no solo en la India, sino en todo el mundo como símbolo de resistencia ética y pacifista. Fue nominado varias veces al Premio Nobel de la Paz, nunca concedido.

Y ahí está Winston Churchill, el hombre ávido de poder y colérico. Nacido en 1874 en el Palacio de Blenheim, en el condado inglés de Oxfordshire: un aristócrata y dandi con bastón, puro habano, corbatín de lunares y sombreros excéntricos, con sobrepeso y aficionado al alcohol. A veces desayunaba una botella de vino. Devoraba filetes y asados con avidez: solo los carnívoros, según su credo, podían ganar guerras. La guerra era su pasión. La buscaba dondequiera que la encontrara. Solo la guerra, declaraba, podía sacar lo mejor de la gente. No es de extrañar que despreciara al casi escandalosamente pacífico Gandhi, llamándolo faquir semidesnudo. Si Churchill creía en algo, era en el Imperio Británico y todo lo que representaba.

La Guerra Civil española, la lucha por la creación de Israel y la liberación de la india son conflictos del siglo pasado, pero en los dos primeros no hubo un Mahatma Ghandi, el luchador no violento, el defensor de los impotentes contra mandatarios que, apoyados en su poderío económico y militar, se creen con derecho a decidir sobre el destino de otros países o el suyo propio; mandatarios prepotentes, hombres como Churchill y su dominación sobre India. Lo de Ghandi y Churchill fue una lucha entre león y ratón. En nuestro tiempo hay muchos “Churchill” y demasiado pocos “Ghandis”. Y mientras la proporción siga así, el mundo seguirá siendo como es: lleno de odios, violencia y muerte.

 

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