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Humberto González Briceño: La aritmética del despojo

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En declaraciones recientes, el ministro del Trabajo, Eduardo Piñate, confirmó que se avecinan noticias sobre un ajuste salarial. El anuncio —sin cifras ni fechas— admite lo que durante años se ha querido maquillar: el salario vigente es insostenible. Cuando un gobierno promete “noticias” sobre el sueldo mínimo, lo que reconoce, sin decirlo, es que la realidad lo desbordó.

La magnitud del problema no requiere adjetivos, sino aritmética. El salario mínimo legal permanece en 130 bolívares mensuales. Según la tasa oficial del Banco Central de Venezuela, que ronda los 407 bolívares por dólar, esa cantidad equivale a aproximadamente 0,32 dólares al mes. No es un error tipográfico: treinta y dos centavos de dólar mensuales.

Esa cifra no compra un kilo de harina, ni cubre un pasaje urbano, ni paga un analgésico. Pero, además, sobre ese monto se calculan prestaciones sociales, vacaciones, aguinaldos e indemnizaciones. Es la base jurídica de la relación laboral. Cuando esa base equivale a menos de medio dólar mensual, el sistema entero queda reducido a una ficción contable.

Frente a ese vacío, el Ejecutivo ha optado por inflar el llamado “ingreso mínimo integral” mediante bonos. Actualmente, entre el Bono de Guerra Económica y el ticket de alimentación, el monto mensual para trabajadores públicos ronda los 160 dólares, lo que a la tasa oficial equivale a aproximadamente 65.000 bolívares. La cifra parece mayor, pero sigue siendo profundamente insuficiente frente al costo real de la vida y, sobre todo, carece de naturaleza salarial. No genera prestaciones, no impacta liquidaciones, no fortalece derechos adquiridos. Es ingreso sin estructura, dinero sin garantía.

Un aumento serio no puede ser otro parche. No puede consistir en inflar temporalmente el ingreso mediante bonos que la inflación devora en semanas. Tampoco puede ser un ajuste nominal que, sin disciplina monetaria ni corrección estructural, se diluya antes de que el trabajador cobre la segunda quincena.

Si realmente se avecinan noticias, deberían partir de tres principios elementales. Primero, restablecer el salario base a un nivel que tenga correspondencia con el costo real de la vida. Segundo, garantizar que todo incremento tenga carácter salarial pleno, con impacto directo en prestaciones y beneficios. Tercero, establecer un mecanismo transparente de actualización periódica, que proteja al trabajador frente a la devaluación crónica.

No se trata de generosidad gubernamental ni de retórica social. Se trata de coherencia mínima entre discurso y realidad. Un salario de 0,32 dólares mensuales no es un salario: es una señal de descomposición institucional. Y un ingreso de 160 dólares sostenido sobre bonos discrecionales tampoco es estabilidad: es administración de la precariedad.

La promesa de un ajuste puede convertirse en rectificación histórica o en otra ilusión administrada. La diferencia estará en si el poder decide abandonar la política del bono efímero y asumir el costo de reconocer que el trabajo no puede pagarse con centavos ni con subsidios volátiles. Porque cuando la estructura salarial de un país se reduce a ficción jurídica y paliativo monetario, lo que está en juego no es sólo la economía, sino la dignidad misma del trabajo.

Maestría en Negociación y Conflicto – California State University – @humbertotweets – +1 (407) 221-4603

 

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