A la memoria del gordito Colmenares, José Nemesio, el filósofo, un hermano.
Dos dirigentes venezolanos, con visiones distintas y colectividades enfrentadas en redes sociales, viajaron a Washington. Al salir, ambos transmitieron una misma impresión: el liderazgo estadounidense comprendía bien la situación del país y su enfoque era adecuado. Lo dijo María Corina Machado; en términos equivalentes lo expresó Enrique Márquez.
Quien dirige el régimen, Delcy Rodríguez, ni siquiera necesita formular esa valoración con respecto al país norteamericano: la interlocución y las señales públicas provenientes de ese país han sido presentadas reiteradamente como constructivas tanto para Venezuela como para Estados Unidos. Aunado a ello, los diputados que representan a la oposición dentro de la Asamblea —por su práctica en el hemiciclo— también coinciden: Henrique Capriles y Stalin González.
Que actores que encarnan colectividades antagónicas coincidan en la valoración de una misma orientación externa no es, por sí mismo, extraño en política internacional. Lo significativo en el caso venezolano es otra cosa: ninguno puede explicar con precisión cuál es el plan al que aluden —sus fases, criterios o secuencia—.
Ese marco ha sido definido por Estados Unidos con tres términos: estabilización, recuperación y transición. Las tres palabras nombran, según los intérpretes venezolanos, una hoja de ruta en la que todos estarían de acuerdo —implícita o explícitamente, por fuerza o por convicción—.
Estimado lector, haga el siguiente ejercicio: intente explicar por qué en febrero terminó la primera fase y estamos en la segunda. Marco Rubio afirmó que ya pasó la etapa de la estabilización. ¿Qué criterios utilizó para evaluar?
Quien tiene experiencia en evaluar —docentes, gerentes, profesionales o emprendedores— sabe que toda evaluación exige objetivos y parámetros previos. Por eso la pregunta inevitable permanece, para cualquier respuesta: ¿con respecto a qué se estabilizó Venezuela?
Pero afirmo de forma contundente: ningún venezolano —de la ideología que sea, desde cualquier posición— puede decir con propiedad que eso constituye una ruta, porque carece de contenido público, de criterios de evaluación y de secuencia verificable en el tiempo. Dicho de otro modo: no es que exista desacuerdo sobre el plan; es que el plan no existe como objeto político compartido. Existe como enunciado, no como contenido. Solo conocen su significado quienes lo han diseñado: Trump y su equipo.
La situación puede ilustrarse con una imagen simple: Un libro cuya portada dice política venezolana y solo tiene un índice que señala tres capítulos —estabilización, recuperación y transición—, pero todas las páginas están en blanco. La consecuencia es reveladora: las disputas de las colectividades se reducen a adhesiones emocionales hacia quien encarna un discurso. Cuando el contenido falta, la política se desplaza desde la deliberación sobre fines y medios hacia la identificación con figuras.
Pensar políticamente supone deliberar sobre fines, medios y condiciones; es decir, sobre contenidos. Repetir títulos sin contenido es renunciar, sin advertirlo, a la propia facultad de juicio político. Lo que diagnostico es el síntoma de una enfermedad más profunda: la erosión del sentido de nación.
Se trata de una colectividad que ha naturalizado una forma de minoría de edad política: la creencia de que no tiene capacidad de gobernarse y de que su destino debe ser diseñado fuera. Por ello, las colectividades y sus liderazgos —aunque disputen entre sí— aceptan que un externo defina el horizonte político común. Es la renuncia —por fuerza o por convicción— a la autodeterminación como pueblo.
Algunos colegas han sugerido una analogía con el Plan Marshall y la recuperación alemana tras la Segunda Guerra Mundial. Estamos en las antípodas. El ethos alemán —su autovaloración histórica como pueblo destinado a la autodeterminación— era tan intenso que llegó a concebirse heredero de Grecia y modelo superior de humanidad; esa exacerbación produjo a Hitler. La derrota lo devolvió a la tierra, pero solo mediante la unión de potencias capaces de vencerlo. Lo que sucede en Venezuela es lo inverso: un ethos roto, fracturado, una desvalorización colectiva de sí.
Describo un síntoma de mi Venezuela amada con profundo dolor y desolación: con dolor de tripas, llanto y desgarramiento ético, estético y político. Confieso que tengo claros los síntomas. ¿Cómo se produjo esa enfermedad social? No lo sé responder con propiedad. Es, para mí, un interrogante abierto. Por ahora es un tema a investigar; por lo tanto, no podría recetar una medicina. Es como cuando se conocieron los síntomas del SIDA: se sabe que hay fiebre, que bajan las defensas, que puede tratarse de un virus y que la enfermedad es gravísima, pero se requiere investigación para hallar los tratamientos. Sé también que la enfermedad venezolana no reside en un problema ideológico ni en el sistema político. El síndrome —el grado cero de la política actual— es un efecto de algo más profundo. Lo sé porque un investigador extraordinario —un médico social— ya había detectado síntomas tempranos. En 1991, Miguel Ron Pedrique, uno de mis queridos maestros, en el anti-prólogo al libro “Cuando todo se derrumba” de Rigoberto Lanz, escribió:
La desestructuración del país nos ha dado por hacer enemigos a diestra y siniestra. En esta paranoia colectiva somos todos sospechosos: hostis… No creemos en nadie. Solo tenemos enemigos o sospechosos. Vivimos en una suerte de paranoia colectiva. Nuestra solidaridad social es todo lo contrario… Un profundo complejo de inferioridad nos posee y la indiferencia se trasmutó en tánatos: queremos destruirnos. Intuyo que lo estamos logrando… Haber logrado este nivel de desafiliación social no es poca cosa; de nuevo, es un milagro al revés”. (Ron Pedrique, Miguel, 1991/2016. “Antiprólogo, en: Rigoberto Lanz, Cuando todo se derrumba. Caracas: Bid & Co.)
Lo que sí creo —tengo fe; irracionalmente fe— es que si, desde distintos lugares, desde distintos campos teóricos, desde diversas tradiciones de pensamientos y oficios, hacemos conciencia de la enfermedad e investigamos colectivamente, ello supone salir de las discusiones inmediatistas, dejar de pensar en líderes y debatimos, deliberamos sobre contenidos, no para ganar, para tener la razón; sino para colocarse en el lugar del otro y cuestionarse a sí mismo o para que fluyan coincidencias y disidencias pero con el deseo de hacer algo en común, quizás —solo quizás, con un remoto tal vez—, entre ideas y acciones articuladas en instituciones sociales y políticas, entre ensayo y error, podamos iniciar un pequeño y sutil intento por recobrar un sentido de nación.
Esto último, en términos de realpolitik, es una ilusión. Pero esa ilusión es mi apuesta. Y responde a mi deseo de volver a llamarme venezolano con dignidad.
Profesor universitario.

