En Venezuela pareciera que la cultura solo existe cuando hay carnaval, cuando suena una gaita en diciembre o cuando se viste de tricolor el calendario patrio. La cultura aparece en la agenda oficial como efeméride, como desfile, como acto protocolar. Se celebra… y luego se guarda en una gaveta hasta el próximo evento.
Pero la cultura no es una fecha.
La cultura es la vida.
Es el modo en que hablamos, la forma en que resolvemos, la música que suena en la esquina, la arepa que se comparte, el gesto solidario en medio de la escasez, el tambor que resiste aunque no haya tarima. Cultura es el campesino que siembra sin garantías, la maestra que inventa recursos para enseñar, el joven que pinta murales para no dejar morir la memoria del barrio.
La cultura es toda manifestación humana que se realiza en un territorio. Es identidad, es economía, es tejido social.
Y, sin embargo, en Venezuela ha sido tratada como accesorio.
Se financia la fiesta, pero no el proceso.
Se aplaude el espectáculo, pero no se dignifica al creador.
Se exalta la tradición, pero no se invierte en su sostenibilidad.
La cultura no puede seguir siendo vista como gasto decorativo. Es uno de los motores económicos más poderosos del mundo contemporáneo. Las industrias culturales y creativas generan empleo, turismo, exportación, innovación y sentido de pertenencia. Un país que invierte en cultura invierte en cohesión social y desarrollo.
Aquí, en cambio, hemos reducido su valor a la foto institucional.
Y aun así, la cultura no se rinde.
No se rindió cuando cerraron espacios.
No se rindió cuando emigraron talentos.
No se rindió cuando el presupuesto fue insuficiente.
Siguió viva en los carnavales populares organizados por las comunidades, en el calipso que retumba en El Callao aunque falten recursos, en los cultores que enseñan sin salario digno, en las madres que transmiten recetas, cuentos y cantos a sus hijos como acto de resistencia.
La cultura venezolana ha demostrado que no depende exclusivamente del Estado para existir, pero sí necesita políticas públicas serias para crecer. No basta con declarar días conmemorativos; hace falta convertir la cultura en eje transversal del desarrollo económico y social.
Porque cuando la cultura se fortalece, se fortalece el país.
En tiempos donde muchas cosas parecen tambalear, la cultura sigue siendo nuestro punto de anclaje. Nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos y qué podemos construir juntos.
Que el carnaval no sea solo una fiesta más.
Que sea una reflexión.
Que entendamos que la cultura no es entretenimiento pasajero, sino patrimonio vivo. Que no es gasto, sino inversión. Que no es ornamento, sino fundamento.
Aquí y ahora, Venezuela necesita comprender que su mayor riqueza no está solo bajo la tierra, sino en la gente que crea, canta, siembra, escribe, baila y resiste.
La cultura no se rinde.
Y mientras ella siga viva, también lo estará el país.

