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Pedro Benítez: Bochinche

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Muy característico de la jerga venezolana, denota alboroto, desorden, escándalo o discusión acalorada; pero también tiene su connotación política. El Diccionario de la lengua española (DLE) registra bochinche con la acepción de “tumulto, barullo, alboroto, asonada” y su posible derivación de bochincho y buche. Julio Calcaño, en su obra El castellano en Venezuela: estudio crítico, registra el vocablo como parte del español de Venezuela con un significado bien definido:

1. Bochinche: alboroto, desorden, confusión y alteración del orden; tumulto o rebullicio.
2. Bochinchero: quien acostumbra promover bochinches.

Al parecer tiene raíces relativamente antiguas en el español del Caribe. Según Ángel Rosenblat, la palabra ya existía por estas tierras antes de la Independencia y, por tanto, no podía ser una creación circunstancial atribuible a la famosa frase atribuida al generalísimo Francisco de Miranda.

Rosenblat rastreó “bochinche” dentro del léxico del Caribe hispánico y encontró que el término aparece ya en los siglos XVII-XVIII en documentos coloniales con el sentido de “tumulto” o “motín”,especialmente en las Antillas. Probablemente deriva de influencias fonéticas de hablas afrocaribeñas, donde muchas palabras vinculadas al ruido o la agitación se formaban con sonidos similares. De allí habría pasado al español de Venezuela, donde se consolidó con una carga política muy marcada en el siglo XIX debido a la historia de aquel incidente que rodeó el arresto del Precursor de la Independencia por un grupo de patriotas.

José Luis Salcedo-Bastardo, en la reseña biográfica que sobre el personaje se puede buscar en el Diccionario Histórico Polar, lo narra así:“Durante la noche del 30 al 31 de julio, a las 3 a.m., un grupo de militares y civiles, entre los cuales se encuentran Bolívar y Miguel Peña, arrestan a Miranda, a quien reprochan la capitulación con Monteverde: «Bochinche, bochinche…» es la exclamación del Precursor en el momento de ser detenido y encerrado en el castillo de San Carlos”.“¡Esto no es sino un bochinche!”.

Sin embargo, la frase no aparece en documentos de 1812. La escena que reproduce el destacado historiador y diplomático venezolano no nace de un documento mirandino ni de un testigo contemporáneo comprobable, sino de una tradición narrativa fijada en 1896 por el historiador colombiano Ricardo Becerra en su biografía Vida de Don Francisco de Miranda, y repetida posteriormente en distintos ensayos, biografías y obras de divulgación del siglo XX, integrada finalmente al relato histórico nacional como símbolo del colapso de la Primera República en 1812. Un reflejo de la desorganización política, la indisciplina de las fuerzas patriotas y el clima de anarquía que habría precipitado la capitulación ante Monteverde.

Becerra describe el suceso más de ochenta años después de ocurrido y afirma haber recibido la información por tradición oral atribuida al general Carlos Soublette, quien habría servido personalmente a Miranda.

Pero, aunque la frase no aparece en los escritos conocidos de Soublette publicados por la Academia Nacional de la Historia, desde entonces, “¡Bochinche, bochinche! Esta gente no sabe hacer sino bochinche”, más que como reacción de desprecio ante los conjurados, quedó asociado no solo al ruido o desorden cotidiano, sino también al caos político. Así, pasó a describir la percepción de anarquía, caudillismo y luchas internas que caracterizaron buena parte del siglo XIX venezolano.

Es decir, el término entra al imaginario nacional asociado al fracaso del primer experimento republicano, y lo sitúa en el momento en que Miranda ilumina con una linterna los rostros de sus captores.

Es el caso típico de una anécdota tardía, repetida muchas veces, que termina adquiriendo apariencia de fuente primaria y que, en nuestro caso, se convirtió en una metáfora interpretativa del problema del caudillismo y la debilidad institucional.

Vicente Lecuna, por ejemplo, recoge la expresión dentro de la tradición documental mirandina que él estudió al ordenar el Archivo del General Miranda. No presenta la frase como un documento autógrafo, sino como un dicho transmitido por testigos y memorias contemporáneas, aceptándose como verosímil dentro del clima de 1812.

Caracciolo Parra Pérez, al analizar la caída de la Primera República, menciona la exclamación como síntesis del juicio de Miranda sobre la anarquía revolucionaria. Muy riguroso con las fuentes, la trata como una frase de tradición histórica, no como cita literal comprobada. Y Augusto Mijares la incorpora ya plenamente al relato interpretativo del proceso independentista, dándole valor más psicológico y político que filológico: la frase expresa el desencanto del Precursor ante la inmadurez republicana.

Ninguno de estos autores afirma poseer el manuscrito donde Miranda la escribió. La frase pertenece al tipo de testimonios que la crítica histórica llama tradición coetánea; no es invento tardío, pero tampoco se trata de una cita textual verificable.

No obstante, si observamos los dos grandes ciclos autoritarios de la historia venezolana, la expresión funciona casi como un argumento histórico recurrente. La expresión “bochinche” fue utilizada —explícita o implícitamente— como contraimagen justificadora del orden autoritario. Frente al “bochinche” se invoca la necesidad de autoridad, centralización y disciplina.

Con Juan Vicente Gómez (1908-1935) no se usó la palabra como consigna doctrinal, pero la cultura política que legitimó su régimen descansaba en una contraposición muy clara: frente a la imagen negativa del siglo XIX, el “bochinche” de montoneras, caudillos y revoluciones, se ofrecía la promesa del régimen de “Paz, orden y trabajo”. Frente a la anarquía federal, el Estado central fuerte.

Intelectuales cercanos al régimen gomecista y, por supuesto, la historiografía positivista, difundieron la idea de que la dictadura era el precio necesario para salir del “bochinche” republicano.
Así, el autoritarismo gomecista se presentó como antídoto contra la dispersión histórica que, simbólicamente, se asociaba a la frase mirandina.

Del “bochinche oligárquico” al orden revolucionario

Un siglo después, durante el proceso iniciado por Hugo Chávez (1999-2013) y continuado con Nicolás Maduro, la misma lógica reaparece, aunque con un lenguaje ideológico distinto. Cambio retórico, pero misma estructura simbólica.

El discurso “bolivariano” invierte los signos, pero mantiene la oposición. Si antes era la lectura gomecista, ahora es la lectura revolucionaria.

Se describen los años anteriores a 1999 como un “bochinche de corrupción, partidocracia y privilegios”, frente a lo cual se contrapone la necesidad de la “pacificación” y de la “revolución” como solución:“Para poner fin a este bochinche necesitamos un liderazgo fuerte y responsable.”

La lectura es ideológica. El desorden previo se convierte en símbolo de lo que la revolución debe superar.

A pesar de que el régimen se autodenomina democrático, la retórica implica que la democracia tradicional venezolana era equivalente al bochinche, y que solo un control centralizado puede garantizar “orden y justicia social”.

El término no siempre se usa literalmente, pero la narrativa es análoga; se describe el pasado inmediato como caótico, corrupto o ingobernable, a fin de legitimar la concentración del poder ejecutivo, el debilitamiento de contrapesos institucionales, la personalización del liderazgo y la identificación del orden político con un proyecto histórico único.

Aquí el bochinche pasa a significar la democracia como ineficaz y descompuesta.

La oposición también ha usado la palabra de forma estratégica, para calificar la concentración de poder, los apagones de información o la manipulación institucional: “El gobierno actual ha convertido todo en un bochinche”. Aquí ya no significa desorden social espontáneo, sino mala administración, caos institucional o autoritarismo disfrazado de revolución.

Esto evidencia que la palabra funciona como arma discursiva: dependiendo de quién la use, puede legitimar autoridad o denunciarla.

Durante los gobiernos democráticos de la hegemonía de AD y COPEI, la palabra se usaba más bien de manera coloquial que académica, pero con carga política implícita. Políticos y medios criticaban la “bulla” de la oposición o de sindicatos que paralizaban la ciudad: “Este paro sindical es un verdadero bochinche”.
En paralelo, se decía que el orden institucional del Estado debía contener el bochinche; pero se daba un fenómeno interesante, bochinche no se refería al régimen en sí, sino a la participación ciudadana conflictiva.

La frase se usó para deslegitimar protestas, pero también revela que la democracia venezolana toleraba el conflicto y la expresión social ruidosa, incluso como una manifestación saludable.

Es decir, si bien la palabra era asociada al desorden, en el contexto democrático es un signo de pluralidad activa, no de colapso institucional.

De modo que creemos no exagerar aquí si afirmamos que el bochinche forma parte de nuestro mito político fundacional, o de lo que algún autor denominó como un mito de origen invertido. No se narra la fundación heroica, sino el caos originario que habría que dominar.

Ese mito ha permitido justificar proyectos autoritarios muy distintos ideológicamente: el gomecismo, con su orden positivista destinado a superar la anarquía del XIX; el chavismo, con la democracia plebiscitaria y anti elitista, frente al fracaso del sistema previo.

Ambos se presentan como momentos de refundación necesaria ante el desorden histórico venezolano. Lo que esto revela sobre la cultura política venezolana es que, más que una simple palabra, bochinche ha servido como categoría moral (el país que se desborda) y como explicación histórica simplificada. En resumidas cuentas, ha sido una herramienta retórica para legitimar poderes fuertes y una metáfora de la dificultad para construir consensos estables.

Por eso reaparece cíclicamente; cada proyecto que busca concentrar el poder y perpetuarse invoca, de una forma u otra, el peligro de regresar al “bochinche”.

@PedroBenitezF

 

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