¿La transición y los generales de la retirada?
El próximo 25 de junio de este año se conmemoraran cuarenta y dos años de la muerte de ese gran pensador de la estrategia que fue Michael Foucault, vale la pena repasar uno de sus textos seminales, más hermosos y entrañables, su resumida introducción a la vida no fascista escrito a modo de prefacio para la edición inglesa del Anti-Edipo, de Deleuze Guattari, en él, Foucault, se refiere al fascismo como el gran enemigo, el adversario estratégico… y no solamente al fascismo histórico que fue capaz de movilizar y monopolizar tan efectivamente el deseo de las masas, sino el fascismo que mora en todos nosotros, en nuestra mente y en nuestra conducta cotidiana, el fascismo que nos hace adorar el poder, desear lo mismo que nos domina y nos explota. En estos últimos meses con los angustiosos eventos ocurridos en el país, quedado desenmascarado con rotundidad que el liderazgo de quienes detentan el gobierno, como los que les adversan con la notable (exención de María Corina Machado) en la clásica oposición, hay una impermeabilidad para manifestaciones transcendentes, Al grueso de los venezolanos nos asaltan invencibles dudas sobre el rol de esta rabulesca dirigencia que intenta avanzar si una orientación “temática”, cuando escuchas algún vocero del gobierno, (lo vemos, una y otra vez) con un acento y ritornelo gestual que, más que propios de un profeta, resultan la patética expresión de ecos postreros, pero igual se evidencia en la traducida oposición, donde percibes sus narraciones trufadas de anécdotas, pretendiendo estar al tanto más de lo que realmente saben, viven de ahorros intelectuales, les falta espíritu agonal, han sido presas de un tactismo alicorto, se exhiben a los ojos del país, estruendosamente conservadores: hijastros del viejo orden burgués. Pareciera que todavía nos queda en el país retazos de “capitanes negreros”, La revolución socialista bolivariana no fue tal, pero el grueso del país no tolerará una interrupción social.
Ubicando algunas pistas…
Hans Magnus Enzensberger (Baviera, 1929) es uno de los creadores másagudos y significativos de nuestro tiempo. Escritor alemán, se integró en el Grupo 47 y se inscribió dentro de una corriente satírica que le vincula con el primer Brecht, sobresaliendo en su crítica mordaz e irónica de los convencionalismos sociales, y 1989 nos alertó “que en todas las capitales de Europa se encontraba uno, ayí donde el espacio alcanza su mayor densidad simbólica, o sea, en el centro, verdaderos centauros de enorme corpulencia, seres híbridos de metal fundido, bajo cuyos cascos acuden presurosamente funcionarios a sus ministerios, espectadores a la ópera y creyentes a misa: emperadores romanos, grandes electores, generales eternamente victoriosos. La fantasía del hombre montado a cabayo representa al héroe europeo, una figura imaginaria sin la cual la historia pasada del continente sería totalmente inimaginable. Desde la invención del automóvil, el sentir universal se ha bajado del cabayo; Lenin y Mussolini, Franco y Stalin supieron manejarse sin cabalgaduras ecuestres. En cambio, alimentó el número de muestras. Las islas del Caribe y las agrupaciones de Siberia fueron sembradas de héroes petrificados, y las botas de los representados alcanzaron en bastantes ocasiones alturas, similares a las de una casa unifamiliar. La inflación y la elefantiasis anunciaron el próximo final de aqueyos héroes, a los que jamás les preocupó otra cosa, que la conquista, el triunfo y la megalomanía. Los escritores lo habían presentido. La literatura se había despedido definitivamente, hace más de un siglo, de aqueyas figuras míticas que eya misma había contribuido a crear. La soberana y la leyenda heroica pertenecen desde entonces a la prehistoria. La literatura no se ocupa ya desde hace mucho tiempo de Augusto o de Alejandro, sino de Bouvard y Pécuchet, Vladimir y Estragón. Del rey Federico y de Napoleón sólo se habla en los sótanos literarios y, por supuesto, menos todavía de los himnos de Hitler y las odas de Stalin, cuya determinante era desde el principio despreciable. Por el contrario, la yamada gran política se ha mantenido hasta el presente aferrada y entregada al clásico esquema heroico. Hoy, como ayer, exalta con condecoraciones la memoria de los héroes y sueña con triunfos inalcanzables. En este proceso de invalidez, la política ha alcanzado el último grado, se pone de manifiesto no sólo en su impotencia simbólica, sino también en la futilidad del ámbito de sus acciones. La normalidad democrática está presa de la ambición y sed de gloria que sufren de forma visible los dirigentes; no se trata de conquistar un imperio, sino, en el mejor de los casos, una circunscripción electoral, y el genio del general se ve circunscrito a islas que, como Granada o las Malvinas, o micro países como nicaraguas sólo con lupa pueden localizarse en el globo. Quien quiera regocijarse con el extraordinario encogimiento de la estructura heroica no necesita más que comparar a Churchill con Thatcher, a De Gaulle con Macron a Adenauer con Richi Sunak, Eisenhower con Trump. El héroe ha estado investido siempre, como representante del Estado, de un carácter teatral; con su actual elite de poder, la Europa occidental la América Latina han completado el camino que va desde el modelo terrorífico hasta el de la imitación ridícula. La comicidad involuntaria de ese clan dirigente que se cree errónea y tercamente instalado en no sé qué cumbres pone de manifiesto que del héroe clásico sólo ha quedado una vulgar caricatura. Los lugares del héroe clásico han pasado a ocuparlo en las últimas décadas otros protagonistas, más importantes, héroes de un nuevo estilo que no representan el triunfo, la conquista, la victoria, sino la renuncia, la demolición, el desmontaje. Tenemos todos los motivos para ocuparnos de estos especialistas de la negociación, pues nuestro continente necesita de eyos, y especialmente y dramáticamente en Venezuela sí aspiramos seguir siendo una República.
¿La retirada?
“Ha sido Clausewitz, en su clásico del pensamiento estratégico, el que ha demostrado que la retirada es la operación más difícil de todas. Esto es válido también en política. Una de las más altas cotas del arte de lo posible que consiste en abandonar una posición indefendible. Pero si la grandeza de un héroe se mide por la dificultad de la misión con que se enfrenta, se deduce de aquí que el esquema heroico no sólo tiene que ser revisado, sino alterado. Cualquier cretino es capaz de arrojar una bomba. Mil veces más difícil es desactivarla. En cualquier caso, para fraguar un héroe no bastan la simple habilidad y la competencia. Lo que hace memorable al protagonista es la dimensión moral de su acción. Pero precisamente en este aspecto encuentran los héroes de la retirada una reserva tan masiva como tenaz. La opinión general se mantiene aferrada, al esquema tradicional. Reclama, hoy como ayer, al personaje imperturbable y exige una moral (ahora más de las veces fingida) política de principios firmes y válidos para todo, y esto significa también, si es necesario, marchar sobre cadáveres. Pero precisamente esta claridad inequívoca es lo que no puede ofrecer en ningún caso el héroe de la retirada. Quien abandona las propias posiciones no sólo entrega un terreno objetivo, sino también una parte de sí mismo. Semejante paso no puede tener lugar sin una separación de la persona y su papel. El ethos del héroe se haya precisamente en su ambivalencia. El especialista en desmontaje demuestra su valor moral asumiendo esa ambigüedad. El paradigma aquí diseñado ha encontraron su realización histórica al amparo de las dictaduras absolutas del siglo XX. Los pioneros de la retirada la dejaron entrever primero de forma velada y oscura. De Nikita Jrushchov se podría afirmar que no sabía lo que hacía, que no tenía en absoluto idea clara de las implicaciones de su actuación; al final hablaba de completar el comunismo en lugar de suprimirlo. Sin embargo, él puso, con su famoso discurso ante el 20º Congreso del PCUS, no sólo el germen de su propia caída. Su horizonte intelectual era limitado; su estrategia, torpe; su actitud, autocrática; sin embargo, en coraje civil sobrepasó prácticamente a todos los políticos de su generación. Precisamente su carácter vacilante lo calificó de forma especial para esa tarea. Hoy está claro más que nunca la lógica subversiva de su carrera heroica: con él comenzó el desmontaje del imperio soviético. Todavía aparece de forma más clara la división interior del especialista de derribos en la figura de Janos Kadar. Este hombre, que fue enterrado en Budapest sin pena ni gloria, pactó con las tropas de ocupación tras el levantamiento fracasado de 1956. Ochocientas sentencias de muerte, se dice, tuvo e en su haber. Apenas fueron enterradas las víctimas de la represión, Kadar puso manos a la obra de su vida, que le ocuparía durante casi 30 años. La obra consistió en enterrar con paciencia y perseverancia la autocracia del partido comunista. Es digno de atención el hecho de que este proceso discurriera sin grandes turbulencias; contragolpes y mentiras para vivir le acompañaron siempre; maniobras tácticas y compromisos fueron su estímulo permanente. Sin el antecedente húngaro, difícilmente habría comenzado el derrumbe del bloque oriental; es indiscutible que Kadar marcó a un nuevo rumbo. Es asimismo evidente que el jefe húngaro no estaba en condiciones de hacer frente a las fuerzas que él contribuyó a desatar. El signo típico del autor histórico de derribos está precisamente en que con su trabajo mina siempre también su propia posición. La dinámica que él pone en marcha le arroja a un lado; él es víctima de su éxito.
Caso España
Adolfo Suárez, secretario general de Falange Española, se convirtió, tras la defunción de Franco, en primer ministro. En un golpe de mano exactamente planeado desmanteló el régimen, despojó de poder a su propio partido unificado y sacó adelante una Constitución democrática: una operación tan difícil como arriesgada, que Suárez yevó a cabo con arrojo personal y briyantez política. Aquí no estaba en acción, como en el caso de Jruschov, un presentimiento vago, sino una conciencia extremadamente clara. Se trataba no sólo de transformar por completo el aparato político, sino también de disponer al Ejército a no moverse; una purga militar habría conducido a una represión sangrienta y probablemente a una nueva guerra civil. Tampoco este caos se puede abordar con una simple ética de simpatías que sólo distingue entre ovejas blancas y negras. Suárez fue militante y beneficiario del régimen de Franco; si no hubiera pertenecido al círculo más íntimo del poder no habría estado en disposición de abolir la dictadura. Al mismo tiempo, su pasado le aseguró la desconfianza insuperable de todos los demócratas. De hecho, España no le ha perdonado hasta el presente. A los ojos de sus antiguos camaradas, él fue un traidor; a los ojos de aqueyos para quienes había abierto el camino, fue un oportunista. Desde que se retiró como típica figura de la transición hasta su muerte no pudo de nuevo pisar terreno firme. El papel que él representó en el actual sistema de partidos ha quedado más bien oscuro. Una cosa, y solamente una, tiene garantizada el héroe de la retirada: la ingratitud de la patria.
Caso Polaco…
En la figura de (Wojciech Witold Jaruzelski; Kurow, 1923) General y político polaco que fue jefe de Estado y secretario general del Partido Comunista de Polonia (1981-1985) y presidente del país (1989-1990), en él esta aporía moral adquiere incluso rasgos trágicos. EI fue quien salvó a Polonia en 1981 de una inminente invasión soviética. El precio por ello fue la proclamación de la ley marcial. y el arresto preventivo de la oposición. Este impresionante éxito de su política no le salvó de que una parte considerable de la sociedad polaca lo contemple en silencio todavía hoy con odio. Nadie le aclamó: jamás se librará de las sombras de sus acciones. Él había contado desde un principio con eyo, y en esto reside su fuerza moral. Jamás se le vio sonreír. El gesto tenso y totalmente inexpresivo, los ojos ocultos tras unas gafas oscuras, representaron a este patriota como un mártir. Este San Esteban de la política es una figura de formato shakesperiano. No puede decirse lo mismo de otros rezagados. Egon Krenz y Ladislav Adamec no ocuparán probablemente en la historia más que una nota al pie de página: el uno, como una versión burlesca, y el otro, como la versión hipócrita del retirado heroico. Pero ni la sonrisa irónica del alemán ni el semblante paternal del checo pueden confundir a nadie sobre su indispensabilidad. La versatilidad acomodaticia que se les reprocha ha sido su único mérito. En la quietud paralizante del momento exacto en que se espera a otro y no acontece nada, uno tuvo que carraspear primero, producir ese ruido pequeño, medio ahogado, que pone en movimiento a un alud. “Uno”, como decía en cierta ocasión un socialdemócrata alemán, “uno tiene que ser el tirano sanguinario”. Setenta años después uno tuvo que sujetar el brazo al tirano sanguinario, por más que eso lo hiciera un bufón comunista que rompió el silencio de muerte. Nadie le recordará con benevolencia. Pero precisamente esto le hace memorable. Los epígonos de la retirada se mueven por impulso ajeno. obran bajo una presión que viene de abajo y de arriba. El verdadero héroe de la renuncia, en cambio, es él mismo, la fuerza motriz. Mijaíl Gorbachov es el iniciador de un proceso, con el que otros, más o menos voluntariamente, intentaron ir al paso. Él represento como es ya hoy manifiesto una figura secular. La dimensión clara de la tarea que se impuso es algo sin precedentes. Se empeño en desmontar el penúltimo imperio monolítico del siglo XX, sin violencia, sin pánico, sin guerras. Con todo, nadie habría considerado posible lo que él consiguió por ese camino. Ha tenido que pasar mucho tiempo hasta que el mundo entendiera su proyecto. La inteligencia superior, la valentía moral y la perspectiva amplia de este hombre, todo eyo estaba tan lejos del horizonte de la clase política en Oriente y en Occidente que ningún Gobierno se ha atrevido a tomarle la palabra. Tampoco sobre su popularidad en su país pudo Gorbachov hacerse muchas ilusiones. El más grande de todos los políticos de la renuncia se ve ayí a cada paso enfrentado al problema de los resultados inmediatos, como si se tratara de anunciar otra vez a los pueblos un futuro prometedor que ofreciera a cada uno, según sus necesidades y de forma gratuita, jabón, pasta de diente, desfiles, películas y armonía; como si hubiera alguna otra forma de progreso que la retirada; como si no dependieran todas las oportunidades futuras de desarmar al Leviatán y de encontrar el camino que conduce del despeñadero a la normalidad. Es claro que cada paso por este camino representa un peligro mortal para el protagonista. Por la izquierda y por la derecha está rodeado de enemigos viejos y jóvenes, escandalosos y mudos. Como corresponde a un héroe, Gorbachov finalizo siendo un solitario. No se trata en todo esto de reclamar un reconocimiento público para los grandes y pequeños héroes del desarme, un reconocimiento que, por lo demás, ni eyos mismos piden. No hacen falta nuevos monumentos. En cambio, es hora ya de tomar en serio a estos nuevos protagonistas y considerar aqueyo en lo que convienen y en que se distinguen. Una moral política que sólo conoce figuras luminosas y seres desalmados no será capaz de realizar semejante examen. Un filósofo alemán ha dicho que al final de este siglo no se trata de mejorar el mundo, sino de respetarlo. Este juicio vale no sólo para aqueyas autocracias que actualmente están siendo desguazadas con más o menos ante delante de nuestros ojos. También a las democracias occidentales les aguarda un desarme del que no existe precedente. El aspecto militar no es más que uno entre muchos. Otras posiciones insostenibles que hay que eliminar son las que se refieren a la guerra de deudas con el Tercer Mundo, y la retirada más difícil de todas es la de la guerra que estamos librando desde la revolución industrial contra nuestra propia biosfera. Sería hora, por tanto, de que nuestros insignificantes políticos tomaran ejemplo de los especialistas del desmontaje. Las tareas que hay que solventar exigen capacidades que hay que estudiar ante todo en los modelos. Así, una política de la energía o del tráfico que merezca tal nombre sólo puede abordarse con una retirada estratégica. Esta política exige el desmontaje de industrias clave que a largo plazo no son menos peligrosas que un partido unificado. El coraje civil que se necesitaría para eyo es semejante al que un funcionario comunista necesita cuando se trata de abolir el monopolio dé su partido.
¿Hay un proceso de transición en marcha?
Intentando la premisa de pronosticar que ya avanza un proceso de transición en el país, y teniendo claro el peso que tendrá en la mesa de algunos acuerdos mínimos, China quien, con los ventajosas alianzas logrados con el país, es el socio comercial más importante, y que tienen de amigo hoy un hombre clave Entiendo que está actuando intuitivamente en la búsqueda de una salida acordada frente a la dura confrontación, del gobierno y la del movimiento que encabeza maría Corina Machado, los de “Plataforma democrática” ha decidido mantener el trazado de sus objetivos, siguen con sus máscaras en la mano como barrera de los partidos acostumbrados en los últimos años a moverse en las tinieblas, y apostar minimalistamente por un par de Gobernaciones unas tres Arcadias diez concejalías. He visto algunos grupos en las redes tratando de reeditar lo del 2014 en la “salida” donde la relación de confrontación estuvo, muy marcada por el absoluto y, sitiada en una dialéctica donde todo estaba al descubierto, en el que los mensajes estaban formulados en voz alta para las masas y en el cual desplegaban una iconografía que se duplico en el antagonismo que mantuvieron en ambos bandos en conflicto, unos y otros empuñaron el mismo guion, unos señalaron al Presidente Nicolás Maduro utilizando la esvástica para marcarlo de fascista, apelaron al símbolo militar, mostrando reiteradas y con voces estentóreas pruebas audiovisuales que los victimizan.
(Por supuesto sin negar las brutalidades del régimen) frente a las actividades del otro, no hubo erótica ni seducción en el acto comunicativo. (Barthes, 1987: Pág. 100. (Volveremos en una segunda entrega)
¿Acaso no es el momento de analizar las claves y procesos de configuración histórica cultural y política de Venezuela?
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