Ahora que han surgido «venezolanólogos» por doquier, desde la Patagonia a los confines de Europa (pasando, cómo no, por Madrid y Barcelona), el nuevo libro de Mirtha Rivero, «La oscuridad no llegó sola», resulta imprescindible para todos.
La autora se parece a Akira Kurosawa, un director de cine japonés que solo entregaba una película ―al menos durante el tramo más reconocido de su filmografía― cada cinco años. No se prodigaba en demasía. Mirtha Rivero ha ampliado la distancia, ha puesto el listón más alto: hay que tener paciencia con ella. La última vez que hablé o escribí sobre un libro suyo fue en marzo de 2011, cuando recién había aparecido La rebelión de los náufragos, un bombazo de ventas que le creó un nombre allí, en el terreno que le interesaba desde siempre: el periodismo que hace de la política un terreno donde jugarse el oficio.
Su colega Javier Conde, quien presentó La oscuridad no llegó sola en Madrid, en diciembre pasado, resumió el libro de esta manera: «Estamos frente a un trabajo descomunal. Un centenar de entrevistas, revisión hemerográfica y bibliográfica, infinidad de horas de grabación sobre hechos y declaraciones durante un período que va desde antes de la llegada de Hugo Chávez a Miraflores hasta el referéndum revocatorio de 2004, incluyendo el proceso constituyente, la aprobación de la Constitución del 99, las primeras protestas a partir del tema educativo, las 49 leyes habilitantes (…)». Es, como ella misma dice en su presentación, un compendio de pérdidas: de derechos, de instituciones, de garantías.
¿De dónde viene la voluntad férrea? Muy sencillo: de un compromiso con ella misma, que es el mejor de todos los compromisos. Durante la presentación del libro en Madrid contó que la determinación, el punto de no retorno, le vino cuando asistió a un concierto de Paul McCartney en México (allá se fue a exiliar junto a su esposo): una de sus canciones la llevó al tiempo de su adolescencia, cuando soñaba con hacerse grande y trabajar y vivir en una país que tenía por hogar y representaba futuro. Un país propio, no ajeno ni enajenado a pesar de sus flaquezas y desigualdades. Un país donde valía la pena vivir. Aquella ilusión, simplemente, se la habían robado.
Esto que Mirtha Rivero ha escrito la pone en la misma estantería con otros profesionales (cronistas, periodistas, narradores, politólogos) que han intentado atrapar, dibujar, fotografiar con palabras situaciones, guerras, lacras, periodos históricos o episodios de estos países latinoamericanos que pierden el rumbo democrático, caen en la anomia, no evitan su fascinación por las charreteras. Este libro revaloriza la mirada informada del periodista que no se conforma con el presente; más bien busca lo que hizo posible este presente. Disecciona una anomalía histórica que pudo haberse evitado.

