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Rafael Fauquié: Ni privatizados ni ideologizados I

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Hace algunos años, cayó en mis manos un texto del filósofo Cornelius Castoriadis: “El individuo privatizado”. En estos días, y por diversas razones, he regresado a él: a sus ideas, a sus principales propuestas y conclusiones.

Comienza por afirmar Castoriadis que, como una deformada secuela de ciertas condiciones de las sociedades occidentales más avanzadas, ha ido haciéndose cada vez más y más frecuente un tipo de persona a la que él llama “privatizada”: individualidad egoísta, indiferente a todo cuanto no afecte el pequeño universo de su disminuido yo. El “privatizado”, todo lo recubre de cinismo e indiferencia. Cualquier cercanía a lo político, a lo colectivo, al interés común, pierde sentido ante su única prioridad: su bienestar personal, su perentoria comodidad siempre urgida de pequeñas satisfacciones, generalmente derivadas de su obsesiva compulsión de consumo.

Se me ocurre que, a ese ser privatizado podría muy bien oponérsele otro individuo de actitudes totalmente opuestas ante lo social y ante la existencia misma. Pienso en esos personajes que podríamos calificar de “ideologizados”: herederos de propuestas que otros les impusieron, empeñados en hallar respuestas a todas las cosas a través de recetarios y catecismos en los que buscan entenderse con el universo y consigo mismos.

Si el privatizado se mueve cómodamente en una relación de irreal satisfacción con su entorno, el ideologizado vive enfervorizadamente sus pasiones alimentadas por la total ausencia de dudas y conclusiones, siempre en sintonía con fórmulas o anuncios que le transmitan su bobalicona plenitud. Anuncios como el interminable renacimiento de la historia a partir de alguna idea o la predicción de algún futuro perfecto o la definitiva resolución de cualquier conflicto terrenal gracias a milagrosos recetarios…

La antítesis del individuo “privatizado” de Castoriadis, con sus valores y principios “líquidos”, siempre flexibles, siempre adaptativos y para los cuales todo o casi todo pudiera llegar a relativizarse, es el ser ideologizado propenso a la obediencia absoluta, a devociones hacia algunas ideas o, mucho peor aún, hacia algún venerado personaje contemplado como iniciador de tiempos nuevos e infatigable oferente de toda clase de promesas y -claro- creador de un dorado culto hacia sí  mismo. El ideologizado no racionaliza: cree; no piensa: obedece; no entiende: repite; no interpreta: aturde con respuestas únicas, solitarias consignas y singulares versiones de todas las cosas pasadas, presentes y futuras.

A unos y otros, al egoísta y banal “privatizado” y al siempre lerdo fanatizado, se les opondría ese individuo al que Castoriadis define de “autónomo”; individuo capaz de refugiarse en la autoridad de su propio pensamiento y en la firmeza de esos valores y convicciones a los cuales su propia vida lo fue conduciendo.

 

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