El «águila solitaria», aquel audaz aviador norteamericano, pasó a la historia por haber atravesado por primera vez el Océano Atlántico por vía aérea. Conciudadanos suyos y europeos se quedaron anonadados con la noticia. En efecto, fue más sorprendente que la llegada del hombre a la luna, cuyos pasos fueron transmitidos – segundo a segundo – por la magia de la televisión por satélite.
Donde Limberth iba, después de cumplida su hazaña, la gente se arremolinaba a su alrededor para verle de cerca y hasta tocarle, como una manera de constatar que no era cosa de sueños sino la más excitante realidad. Y fue tanta la fama de aquel valiente aventurero que atrajo hacia sí la atención de gente malsana. A Limberth le secuestraron su hijo. Este delito se convirtió en uno de los cangrejos más famosos de la historia.
La llegada de Limberth a Venezuela fue un acontecimiento que conmovió a aquella sociedad pastoril y tranquila por la “diligente vigilancia” del general Gómez. Cientos de venezolanos vieron embobados el suave y hasta sensual descenso del pequeño avión. Caracas en materia de viajes aéreos, no había conocido nada más asombroso que lo poco que aquel curioso personaje de la aeronáutica llamado Santos Dumont, un famoso brasileño, pionero de esta técnica, que en Brasil y Estados Unidos ya había recorrido cientos de metros en globo. Y aquí, como en Europa, fue toda una fiesta general justificada la hazaña del inmortal piloto norteamericano.
Cuando aquel pequeño avión Cessna, de dos plazas, un solo motor, se posó sobre la Plaza Roja de Moscú, puso en movimiento toda una inmensa red de comunicación y espionaje. El cable que llegó a todos los rincones del mundo, increíblemente más rápido que la información sobre Limberth y tanto como la de la llegada del hombre a la luna, dejó constancia que Matthias Rust, un jovencito veinteañero alemán había violado todos los mecanismos de seguridad aéreos soviéticos, tenidos como invulnerables y, atravesado, impunemente, el espacio aéreo del antiguo país de los zares; desde Helsinki, Rust, como Limberth, entró en la historia a bordo de un avión monomotor y con unos pocos litros de gasolina. Los soviéticos, en principio, manejaron la hipótesis del espionaje. De acuerdo con esto, el flacuchento aviador sería un enviado de alguna potencia de la OTAN, con un propósito nada amigable. También pensaron se trataría de un buscador de fama o un individuo que sólo perseguía promoción personal, lo que en definitiva fue la decisión de los tribunales soviéticos. Rust, por su parte, definió su gesto como un intento de “intensificar la comprensión Este-Oeste». En todo caso, el astuto alemán, en su celda del país rojo, firmó un jugoso contrato con la revista de Alemania Occidental de nombre «Stern” para contar su hazaña.
Bien sabe todo el mundo que, la travesura de Rust, le costó el puesto a más de un alto funcionario del país soviético, empezando por el ministro de la Defensa y demostró la vulnerabilidad de los sistemas de vigilancia de una de las potencias más importantes del mundo.
Poco tiempo después, el solitario y más famoso viajero de los últimos años, fue puesto en libertad por el gobierno moscovita y devuelto a su país. El escueto comunicado de Tass, agencia oficial de noticias, se limitó a decir que fue un gesto de humanidad. Rust apenas cumplió la cuarta parte de su condena. En Europa y específicamente en Alemania, se recibió la noticia con júbilo y grandes alabanzas al gesto soviético.
Y no es que, los gobernantes soviéticos agradecieran al osado e imberbe piloto alemán, solamente su demostración, la que les obligó a ponerse en guardia o la justificación para raspar a algunos funcionarios incompetentes, sino fue también un gesto de cortesía o una nueva muestra de la habilidad y amplitud del señor Gorbachov, a quien las cifras revelaron en esos tiempos como un personaje con una alta popularidad en la Alemania de Rust. Las preferencias del pueblo alemán occidental, en una encuesta muy difundida en esos días, estaban tres a uno, a favor del líder soviético frente a Reagan.
Aquello le pudo permitir a Rust, el niño piloto de la Alemania de Occidente, como Limberth, el pionero de la aviación a gran escala, recorrer el mundo para recibir las felicitaciones y la admiración de la humanidad por su «ingenua destreza y la magnitud de su hazaña”.
Ya el oso moscovita no es tan fiero. Cada día el mundo se hace más bello.

