Tal vez la historia no sea más que la diversa entonación de unas pocas metáforas.La esfera de Pascal, J.L.Borges.
El suicidio es una individual singularidad humana, otros animales lo practican, pero como especie, como los Lemings, los albatros o las ballenas, por mandato biológico circunstancial. Para nosotros suele presentarse como evasión del dolor o de la tristeza aguda, como desenlace cerrado del sentido o falta de sentido existencial. Se han registrado contagios colectivos, fenómenos de sugestión social o depresiones grupales, pero solo como reacciones por derrotas nacionales o disolución de creencias centrales. El derrumbe demográfico indígena en la conquista española registra una alta tasa de suicidios, también casi todas las sociedades de postguerras modernas o postmodernas. Entre las ruinas se perdieron propósitos, fueron astilladas las certezas vitales de los sobrevivientes. Con cada modificación histórica disruptiva se gestan esos influjos radicales, una vuelta de tuerca secreta y silenciosa de fantasmas taciturnos. Sucede que el orgullo o los ideales compartidos envuelven otras convicciones de las que muchas existencias no pueden prescindir. Años atrás, en la sociedad adolescente japonesa, muy exigida por el éxito estudiantil, se habían desarrollado sectas suicidas que preparaban un desenlace a la fantasía catastrófica del desempeño escolar. Estos casos, como los sufrimientos del bulling escolar o laboral, indicaban las aristas excluyentes y peligrosas de la vida social. Hoy las redes las afilan con fervor. La práctica incesante de promover el narcisismo y la comparación, el pujo frenético de alentar al carente, es quizás el mayor riesgo para un desbalance suicida. Décadas atrás, cuando las pantallas no habían adquirido cabalmente este carácter venenoso, el suicidio derivaba casi siempre de una especulación melancólica. El mayor ejemplo de este temple fue el notable ensayo del crítico literario Al Álvarez, publicado en1999. Conocedor cercano de las vanguardias poéticas, llamaba al suicidio Dios Salvaje, denominación justa de su arbitrariedad y rigor. El estudio trataba con especial atención grandes artistas suicidas, algunos de los cuales consideraban su acto como una ofrenda. Recuerdo haber pensado entonces, por consideraciones también estadísticas, que la poesía era un oficio de alto riesgo. Los casos de Silvia Plath, Antonio Ramos Sucre, Leopoldo Lugones, Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, por citar pocos, parecían indicar el riesgo de trabajar en el borde del sentido, donde el lenguaje que promete tanto horizonte no tiene barras de seguridad para los precipicios. En aquel entonces ese borde era parte de una enorme aventura estética y ética, y la vida mirada desde el filo aspiraba a una experiencia esencial.
Paul Valerí había observado que Dios hizo el mundo de la nada, pero la nada siguió estando. Esa sustancia, tan preciada por los pensadores existencialistas, no se encuentra siempre de la misma manera, y a veces ni siquiera se encuentra. Este gran descubrimiento de la vida humana, la voluntad propia de su final, probablemente se relaciona con dicha busca y localización, que la actual sobreabundancia sin demanda parece haber cegado. Se desconocen hoy los espacios habituales de ese vacío fundamental, aunque quizás por primera vez emerge la intuición colectiva de que el final radical de la especie humana, la vida, en otros términos, es una posibilidad tangible incluso sin guerras. La pavorosa escatología religiosa finalmente ha descendido, su siniestra secularización parece haber familiarizado lo desconocido y la sorda aceptación de alarmas del derrumbe ecológico es otra perplejidad de estos tiempos.
Casi hasta el siglo XIX, este ejercicio hacia la inexistencia era tan oculto como la alquimia. Había gran curiosidad por la historia y el futuro, no por salirse enteramente del mundo. Hasta el impalpable mundo venidero de los ascéticos monjes copiaba la confortabilidad o el infortunio de éste. Para la mayoría, la melancolía modesta y la pena decorosa desalentaban las deserciones. Los entusiastas del progreso futuro, Marx, por ejemplo, suponían que las pesadillas de los muertos seguían el sueño de los vivos. Había un hilo ilusional que enhebraba discretamente los mundos. Más escéptico, Durkheim vislumbró la sociología contabilizando los suicidas como meteoritos poco advertidos, una estadística que afirmaba vivamente el enigmático acontecimiento. Antes, el enfermizo romanticismo alemán había otorgado embriagante y mortífero prestigio al nuevo dolor amoroso de Werther, la jurisprudencia británica, con indescifrable dureza insensata, lo había castigado con la muerte, otros legisladores, más civiles, con la exclusión ciudadana en una faja del cementerio; Hubo otras revelaciones, en el siglo XX el escandaloso pensamiento francés lo había elevado con Albert Camus a la más alta especulación filosófica y los kamikazes japoneses y terroristas musulmanes lo descendieron al más barato de los procedimientos bélicos. Estos avatares no mellaron su enigma central para el infinito y sordo siglo XXI.
He leído, en una exposición postal del New York Times, el reclamo de una madre por el suicidio de su inteligente y feliz hija adolescente que había sido tratada con un terapeuta de Inteligencia Artificial. La atribulada madre se preguntaba acerca de la falta de alarma que habría padecido el terapeuta frente a las señales y las ideas suicidas. Eran datos que su hija vertía en sus sesiones, pero ocultaba a la familia para no suscitar el sufrimiento de sus ´padres. La pregunta materna es más profunda que su intención, y excede con inocencia las reconvenciones técnicas de la clínica en los intentos suicidas. Apunta a la presencia misteriosa de una máquina como referencia intima del ideal humano, y esa es hoy una perplejidad de hondura infatigable Un psicoanalista de la vieja guardia, alentado por los misterios y prejuicios humanistas, se preguntaría por la idea del terapeuta para la joven, la estofa inconsciente de sus ideales, el tipo de transferencia que habría desatado con la máquina, ¿era seductor el saber infinito de los metales, la perfección de la inexistencia, la ausencia impoluta de toda falta? ¿Qué esplendor la despachó a la felicidad del otro mundo, viaje apenas retenido por la presunta y equívoca infelicidad de los padres? En todo caso, la controversia que rodea la IA hace de la terapia de la joven una intrépida exploración en tierra comanche. Para los simples humanos no le fue bien en esa frontera, perdió más que la cabellera, y su ticket de salida solo permite presuponer imaginariamente como fue el espejismo de la entrada.
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