Siempre, cuando no me castigan por portarme mal, me regalan una pistola de papelillo, ¿mala imitación de las de los vaqueros de las películas ambientadas en el “lejano oeste”?
¿Esto de las pistolas baratas también es por nuestra propensión a la maldad? ¿Por qué será que los niños del centro siempre se portan bien? ¿Por qué los del centro van primero y con el niño? La pregunta “¿mamá por qué aquí a la casa no trae regalos el niño Jesús?”, se respondía invariablemente, “bueno es que el niño no tiene para todos y hay que darle tiempo al tiempo para que lleguen los Reyes.” La verdad es que, en mi casa y en las casas de mis compañeros, se hacían gastos no habituales para celebrar la navidad. Había que estrenar de pie a cabeza. La inusual cena, que no la deparaban el manglar y el mar de manera directa, suponía unos gastos extras. Uno escuchaba en casa lamentos y manifestaciones de preocupación por los gastos que aquella fiesta exigía. Aunque también se percibía deseos de hacerlo y felicidad cuando se lograba cumplir aquella meta. Nadie se lamentaba por tener que asumirlos, sino que se manifestaba la necesidad de lograrlo. Uno bien sabía que, en nuestras casas del barrio, cada familia gastaba lo poco que tenía para festejar la navidad. Por eso, era natural que le “diésemos tiempo al tiempo.” Eso sí, los del centro tenían cosas mejores. De esas que se suelen ver y comprar. A ellas las asociábamos con el niño Jesús. Entonces ellos, eran los carajitos de él. Nosotros de los Reyes Magos. La vida de ellos y la nuestra, con todos sus rasgos, estaban asociadas a una u otra de aquellas figuras que siempre estaban en el nacimiento y aparecían en la navidad.
Pero teníamos al abuelito del mar que cuidaba y prodigaba la riqueza nuestra y nunca nos dejaba a la deriva. En cualquier lugar u hora, en horas taciturnas, aparecía y hablaba para dejar todo claro. Cuando se esfumaba, dejaba las cosas en orden y sin dudas para el qué hacer. Su generosidad daba para cuidar y velar además por los del centro. Entonces, la respuesta a la pregunta ¿quién te pone a ti?, te identificaba con el barrio o el centro. Lo que es lo mismo, eras un niño de un lado, nivel, absurdas cosas, según quién te pusiera. Lo que nada tenía que ver con nuestras presuntas culpas; tampoco fue producto de un acuerdo o convenio comercial entre el niño y los reyes. No obstante, siempre uno habrá de gritar con júbilo: ¡Feliz Navidad! ¡Próspero Año Nuevo! Todo porque el abuelito del mar nos hizo solidarios e incitó a buscar las respuestas y descubrir que no había entre nosotros culpables. Nunca fuimos malos, ni crueles, como tampoco los muchachos del centro.

