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Humberto González Briceño: La guerra que no se sabe si algún día llegará

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Desde hace meses, el Caribe bulle con movimientos militares inusuales. Tropas estadounidenses, buques de guerra, helicópteros, submarinos y discursos de alto voltaje geopolítico apuntan hacia el sur. Oficialmente, el objetivo es el narcotráfico. Pero en la práctica, la narrativa se va decantando hacia otra dirección: el señalamiento abierto de Venezuela como amenaza regional y su gobierno como cartel terrorista.

No es la primera vez que se sugiere una intervención. Y como en cada ocasión anterior, lo que se anuncia como inminente se disuelve en la niebla de la estrategia. Porque invadir Venezuela —más allá del espectáculo pirotécnico— implica algo más complejo que tumbar una dictadura. Significa meterse en un pantano: una selva política, territorial y militar que no puede ser despejada con misiles ni con promesas de reconstrucción.

No es Irak. No es Panamá. Es Venezuela. Una república fallida cuya institucionalidad ha sido desmontada, cuya economía ha sido canibalizada y cuyo poder real se sostiene en la punta de un fusil.

El chavismo dejó de ser una ideología hace años. Hoy es una red de intereses, una federación de mafias con uniforme. Su lógica es la de una empresa criminal: tráfico de armas, oro, drogas, contrabando y represión. El Ministerio de Defensa no dirige un ejército, administra un holding.

Las Fuerzas Armadas —degradadas, infiltradas y corrompidas— ya no responden a ningún modelo tradicional de disciplina ni jerarquía. Funcionan como clanes en permanente pugna interna, donde los ascensos se compran con lealtad ciega, delación o violencia. La meritocracia fue sustituida por la sumisión. La política, por el silencio. Y la Constitución, por los partes del G2 cubano.

Cualquier intento de cambio —sea militar o electoral— pasa por ese embudo. Y allí es donde fracasa. Porque el chavismo no se sostiene en las urnas ni en los partidos, sino en las bayonetas.

Ya ni siquiera es necesario convocar elecciones para que funcione la maquinaria. Basta con insinuarlas. Como si el simple anuncio de un proceso electoral bastara para calmar las aguas, dividir a la oposición, comprar tiempo y justificar represiones selectivas.

El país vive en una campaña electoral fantasma. Se habla de candidaturas, de negociaciones, de cronogramas hipotéticos. Pero el verdadero juego ocurre en otra parte: en las salas de situación del alto mando, en los despachos donde se negocian impunidades, en las cárceles clandestinas donde se castiga la disidencia.

El chavismo ha aprendido que no necesita ganar elecciones: sólo necesita que la oposición insista en participar. Basta con que la falsa promesa de un cambio por la vía electoral mantenga a raya a una sociedad que ya no cree, pero tampoco actúa. Un país anestesiado por su propia desesperanza.

Y sin embargo, mientras el régimen blinda su poder interno, el exterior se convierte en una amenaza tan estridente como improbable. Estados Unidos juega a la presión máxima: bloqueos, sanciones, acusaciones de terrorismo y despliegue militar. Pero intervenir militarmente en Venezuela sería, además de inviable, políticamente tóxico.

Porque no hay final feliz en una guerra de ocupación contra un Estado colapsado. No hay gobierno sustituto que garantice estabilidad. No hay plan de reconstrucción ni margen diplomático. Y, sobre todo, no hay apetito político en Washington —ni en ninguna parte— para meterse en otro atolladero latinoamericano.

Las experiencias de Irak, Afganistán y Siria pesan demasiado. Aun cuando el chavismo parece indefendible, el costo de tumbarlo es más alto que el de dejarlo agonizar.

Esa es la tragedia. El chavismo ya no necesita legitimarse: le basta con sobrevivir. No gana, pero tampoco pierde. No gobierna, pero ocupa. Y ha convertido su debilidad estructural en su principal fortaleza.

Es un sistema en ruinas que sólo puede perpetuarse evitando cualquier forma de desenlace. Postergando, negociando, reprimiendo, prometiendo. Un régimen que ha aprendido a vivir en el umbral, en el suspenso permanente.

Y mientras tanto, la sociedad venezolana —fatigada, exiliada, quebrada— observa. La mayoría ya no espera nada. Ni elecciones, ni invasión, ni redención. Apenas una tregua. Un respiro. Algo que se parezca a vivir.

Venezuela no se arregla. Se administra. Y en este juego cruel de simulacros —de guerras que no llegan y elecciones que no ocurren— el chavismo se perpetúa como lo que es: una enfermedad sin cura, pero con suficientes síntomas para recordarnos cada día que sigue allí. Silencioso, armado y despierto.

@humbertotweets

 

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