Lo acontecido en la reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU —convocada por Rusia y China el pasado 18 de este mes— confirma nuestra tesis: el multilateralismo enfrenta una profunda crisis de identidad, mientras que el bilateralismo de bloques ha retomado el protagonismo por las siguientes razones y elementos: El Multilateralismo por no calificarlo de “populismo diplomático”, aparece como un “espejismo institucional”, al basarse en la premisa que los problemas globales se resuelven mediante normas compartidas y consenso. El caso de Venezuela en el Consejo de Seguridad demostró, con el artículo 27 de la Carta de las Naciones Unidas, ser un “foro contenedor”, al requerirse el voto afirmativo de los cinco permanentes (China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos), para la aprobación de resoluciones de fondo, debido a que un voto negativo de alguno de ellos bloquea cualquier resolución que sea presentada en el casquillo del Consejo, lo cual se denomina (sin mencionarlo el artículo) poder de “veto”, al actuar como un interruptor que apaga cualquier iniciativa que no favorezca alguno de sus intereses estratégicos.
Cuando las potencias priorizan su “amistad sin límites” (como lo han declarado Pekín y Moscú), por encima de las recomendaciones de los órganos técnicos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), como han sido los informes de la Misión de Determinación de los Hechos y de la Oficina del Alto Comisionado (Acnudh); el multilateralismo deja de ser una herramienta de justicia para ser una formalidad burocrática, creando una inoperancia normativa.
No hay dudad que se está frente a una “nueva versión de la Guerra Fría” y el Bilateralismo de Acero. La reafirmación de los lazos entre Venezuela y el bloque Rusia-China no es un ejercicio multilateral, sino bilateralismo puro, creando un “eje de resistencia” y consolidando un bloque que se opone al “unipolarismo” de Estados Unidos. Para Rusia y China, defender a Venezuela en la ONU no es necesariamente una cuestión de principios legales, sino una forma de reafirmar su propia esfera de influencia política y proteger sus inversiones en energía y minería. Es así que el veto se ha convertido en un “arma bilateral”, su uso negativo por los permanentes no busca “equilibrar al mundo”, sino proteger a un aliado específico, transformando el derecho internacional en un juego de lealtades entre naciones poderosas y sus socios, con sus consabidas consecuencias. Si el Consejo de Seguridad solo sirve para que las potencias se lancen vetos cruzados, el resultado es un vacío de poder, haciendo que los países busquen soluciones fuera de la ONU (sanciones unilaterales, alianzas militares regionales), debilitándose la figura de la “seguridad colectiva” y volviendo a un mundo de 1945, donde el más fuerte o con el mejor aliado sobrevive.
El multilateralismo no es necesariamente un “mito”, pero en su forma actual es disfuncional. Lo que se está viviendo es un regreso al equilibrio de poder clásico, donde las naciones más pequeñas dependen de la protección de una superpotencia para navegar las tormentas geopolíticas y promover los Estados vasallos.
Basados en los puntos tratados en la reunión del Consejo de Seguridad, el resultado concluyente puede resumirse en una parálisis diplomática estratégica, definida por los siguientes pilares: en términos generales se construyó un “escudo soberano” frente a la presión externa. La reunión finalizó sin la adopción de una resolución vinculante, consolidando el papel de Rusia y China como el “muro de contención” diplomático para el gobierno de Venezuela. El resultado principal no fue un acuerdo, sino la reafirmación de un equilibrio de fuerzas donde el Consejo de Seguridad funciona más como un foro de denuncia que como un ente ejecutor.
El apoyo explícito de dos miembros permanentes con derecho a veto (Rusia y China) invalidó cualquier intento de las potencias occidentales por legitimar multilateralmente el bloqueo petrolero de Estados Unidos. Esto otorga al gobierno venezolano un respaldo político crítico, aunque no detiene las sanciones unilaterales. Durante la sesión se impuso la narrativa de la soberanía sobre la de los derechos humanos o la crisis interna. China y Rusia lograron encuadrar el conflicto no como una crisis doméstica, sino como un caso de agresión externa ilegal, según la Carta de la ONU., dando prioridad a la Intervención.
El resultado dejó claro el pragmatismo económico, que el respaldo del “eje marxista” es transaccional. Rusia y China protegieron sus inversiones en Venezuela, pero manteniendo un lenguaje cauteloso para no comprometer los intereses de otros países de la región (como Guyana), evitando así que la tensión escalara a un conflicto militar regional.
Si se hace un balance final, la reunión fue una victoria táctica de la Casa Amarilla en el plano legal internacional y comunicacional, al quedar registrado el rechazo de potencias globales a las medidas de presión estadounidenses. En resumen, el Consejo de Seguridad operó como un espejo de la actual Guerra Fría técnica, un espacio donde el derecho al veto asegura que Venezuela se mantenga como un territorio en disputa geopolítica, sin una solución multilateral a corto plazo.
Sobre la base de los documentos conocidos, la reunión de emergencia del Consejo de Seguridad arrojó los siguientes resultados y conclusiones: Rusia y China actuaron como los principales defensores de la soberanía venezolana, argumentando que cualquier presión externa o sanción unilateral es una violación del derecho internacional y una interferencia en asuntos internos; reafirmaron su disposición a utilizar su poder de veto para bloquear resoluciones que consideren “politizadas” o que busquen un cambio político en Venezuela.
En una opinión muy personal, el respaldo de estas potencias no es solo ético, sino estratégico, al necesitar a Venezuela como aliado en el hemisferio occidental para contrapesar la influencia de Estados Unidos. cerca de sus propias fronteras (como la OTAN en Europa o la presencia naval en el Mar de China), lo cual indica la existencia de contradicciones estratégicas, al realizar una aplicación selectiva del derecho internacional por parte de estos aliados. Mientras exigen “no intervención” en Venezuela, mantienen posturas de fuerza en sus propios conflictos regionales (Rusia en Ucrania y China respecto a Taiwán).
El multilateralismo en términos generales, más que una solución ha resultado ser un “espejismo institucional” frente a las crisis globales. El Consejo de Seguridad se ha transformado en una plataforma de parálisis donde el derecho a veto de Rusia y China, prevalece sobre las opiniones y recomendaciones técnicas y los derechos humanos, al priorizar sus intereses geopolíticos y sus “amistades sin límites”. Las potencias han convertido la diplomacia colectiva en un trámite burocrático vacío, demostrando que, en la práctica, el sistema protege el poder antes que la justicia.
La reafirmación de los lazos entre Venezuela y el bloque Rusia-China en la reunión de emergencia del Consejo de Seguridad no fue un ejercicio de la diplomacia multilateral, sino de bilateralismo puro. El “eje de resistencia” se está consolidando en un bloque opuesto al “unipolarismo” de Estados Unidos. Para Rusia y China defender a Venezuela en la ONU no es necesariamente una cuestión de principios legales, sino una forma de reafirmar su propia esfera de influencia y proteger sus inversiones en la región en un franco desafío a la Doctrina Monroe. El uso del voto negativo no busca “equilibrar el mundo”, sino ser usado como un arma diplomática para proteger un aliado específico, transformando el derecho internacional en un juego de lealtades entre naciones poderosas y sus socios.
La consecuencia está en que, si el Consejo de Seguridad solo sirve para que las potencias se lancen vetos cruzados, el resultado es el vacío de poder, lo cual conlleva a que los países busquen soluciones fuera de la ONU (sanciones unilaterales, alianzas militares regionales) y se debilite la figura de la “seguridad colectiva”, volviendo a un mundo de 1945 donde el más fuerte o el mejor aliado sobrevive.
En síntesis: el multilateralismo no ha muerto, pero atraviesa una crisis de funcionalidad. Nos encontramos ante el retorno de un equilibrio de poder tradicional, donde los Estados más pequeños se ven obligados a buscar el amparo de las grandes potencias para sobrevivir a las turbulencias geopolíticas.
Epilogo: Como prueba de esta tensión, esperemos el desenlace de la reunión de urgencia solicitada por Venezuela para ayer martes 23, para denunciar el bloqueo anunciado por el gobierno de Donald Trump contra los buques petroleros que operan en el país.

