¡Malhaya esta hora de confusiones! Luis Castro Leiva, 23 de enero de 1998, Discurso en el Congreso de la República de Venezuela. Al maestro, a su memoria.
Es tiempo de Navidad, y no es un dato menor. En la tradición judeocristiana, el nacimiento que se conmemora no es una escena idílica, sino una revelación atravesada por el sentimiento trágico de la vida. La angustia de José buscando alojamiento y el rechazo de la ciudad dibujan un mundo sin hospitalidad. María, portadora de un Dios, enfrenta la experiencia más humana: querer dar a luz en un espacio digno, no encontrarlo y la tristeza que le produce esa experiencia. Jesús irrumpe en la intemperie: alegría y angustia conviven desde el inicio, mientras se afirma una certidumbre interior, la capacidad de asumir el acontecer sin negarlo. Tristeza y alegría no se excluyen; se sostienen mutuamente. En esa tensión —no en su resolución— se cifra un criterio moral para habitar el tiempo histórico.
La solidaridad llega desde los márgenes: los pastores. No desde el poder, sino desde la precariedad compartida. Un Dios nace pobre entre los pobres, no por elección ideológica, sino por la lógica del acontecer. Este hecho no se escoge; la manera de asumirlo sí. Allí donde la historia impone su peso, aún se abre la posibilidad de afirmar el destino.
El cristianismo contemporáneo ha vaciado este relato de la tragedia originaria: se celebra sin angustia, se canta sin intemperie y sin la alegría cargada de llanto triste. Se ha hecho de la fe un jardín domesticado, donde el dolor ya no toca la piel ni la historia se siente en el pecho. Malhaya esta confusión: la alegría que olvida el peso de la noche y la fe que ha perdido su sombra.
Lo mismo ocurre en la política venezolana: celebramos un premio Nobel cargados de incertidumbre y tristeza, mientras la opinión mediática —emocional, inmediata, reactiva— ha reemplazado al juicio. Como el cristianismo contemporáneo, que ha domesticado la tragedia de la existencia, la política se ha vaciado de reflexión: la verdadera opinión pública solo existe donde hay deliberación, razones compartidas y responsabilidad frente a los demás. Opinar es un derecho; que toda opinión sea automáticamente relevante, no lo es.
Malhaya la hora en que la ayuda internacional se formula desde la confusión histórica. Que se insinúe, como dijo Trump, que Venezuela “robó” su petróleo, no es exageración retórica: es inversión moral de la historia. La defensa de académicos y políticos, como José Guerra, recuerda hechos esenciales —concesiones, nacionalización, soberanía constitucional—, pero evidencia el deterioro de una nación que perdió su sentido histórico: ya no se delibera; se responde a imputaciones como un grito en el desierto.
No toda paz es legítima, ni todo cambio es aceptable a cualquier costo. Venezuela conoció estabilidades fundadas en prisión, exilio y muerte; nada autoriza a reeditar ese esquema bajo nuevas narrativas de salvación. Malhaya esta hora dominada por el presentismo. Quienes creen que la política comienza con ellos olvidan que la democracia venezolana fue una construcción frágil y costosa. Hoy, la amnesia se ha invertido: una generación moldeada por el chavismo aplaude todo lo que se le opone y otorga a la derecha superioridad moral automática. No es juicio político: es reflejo descerebrado.
Malhaya esta hora en que se repite una lección histórica. Como recordó Luis Castro Leiva citando a Miguel Otero Silva, el 23 de enero de 1998, cuando los partidos se repliegan en sus tácticas, desconfían unos de otros y anteponen sus particularidades a la nación, el resultado no es pluralismo, sino desastre histórico. Ayer condujo a cárcel, exilio y muerte; hoy repite esas mismas consecuencias y, además, produce parálisis, impotencia y la prolongación del orden autoritario.
Confrontar un régimen como el venezolano exige realismo político: evaluar condiciones, riesgos, posibilidades, oportunidades y límites. La negociación solo existe cuando el poder ha sido reducido al mínimo, incapaz de sostener su dominio. Antes de eso, insistir en pactos, acuerdos es claudicación moral, imbecilidad política o servidumbre bien pagada. La sangre ya derramada obliga a actuar con cálculo, prudencia y determinación, para que el sacrificio tenga eficacia histórica.
La forma de lucha se construye sobre la realidad concreta, con prudencia y responsabilidad compartida, evitando doctrinas abstractas de violencia o pacifismo; depende de las condiciones, no de declaraciones morales previas. La forma de lucha no es una decisión moral, sino instrumental: se mide por su eficacia y por sus costos. Y éstos existen siempre y se pagan en tiempo, recursos, vidas y fractura social.
Malhaya esta hora en que la reconstrucción del país se espera de un gesto mesiánico o de la decisión de un grupúsculo iluminado. Constituir un Frente amplio es hacer institución: un espacio autónomo y transparente donde todas las organizaciones de la resistencia definan cómo confrontar al régimen, plantear la transición y organizar la ayuda internacional. Postergar esa acción sería inmoral y una renuncia a la responsabilidad política; no es propiedad de un sector ni depende de imposiciones externas, sino la obligación de quienes representan la resistencia. Malhaya hora en que los dirigentes y partidos de la resistencia carecen de voluntad de poder para hacer historia, no la de Hollywood, ni la de los púberes que aplauden su propia sombra en el espejo de los “likes”.
Malhaya este tiempo en que cualquiera se cree autorizado para hacer política, confundiendo la voz con la acción. Desde el exilio y con la cédula vencida, exijo a quienes han asumido el oficio de la política que representen a los sin voz: que abandonen la mediocridad de la opinión mediática y la encuestología, y que debatan, acuerden y decidan —de una vez— las formas de lucha para hincar al régimen. Y a quienes se refugian en la épica personal de la libertadora mítica: abandonen la fantasía y vuelvan a la tierra; ejerzan la política real, la que se ensucia, calcula costos y asume pérdidas. Mi deber como ciudadano es ofrecer argumentos y contribuir al juicio público; la acción concreta, con todo su peso trágico, corresponde a los partidos, que deben asumir sin ambigüedad su responsabilidad histórica.
Un Frente amplio no es una consigna ni una maniobra: es la condición de posibilidad de la República. Sin un lugar común donde decidir, el pueblo venezolano queda condenado a la impotencia, y la política a la farsa. A ustedes, dirigentes de la resistencia —custodios del último capital cívico que nos queda— les digo con dolor y lucidez: si no lo construyen, no habrá futuro que administrar, solo ruinas que explicar. No es mañana, es ahora. No es una opción entre otras: es el umbral entre la historia y el naufragio.
Profesor universitario.

