La Navidad de Jesús, junto con Pentecostés y la fiesta de la Resurrección, son las celebraciones más importantes de la Iglesia Católica universal. Es una conmemoración esencialmente religiosa, cuyo significado intimo está asociado con el advenimiento de la liberación, en la persona y mensaje del niño de Belén.
Hace poco más de dos mil años, un pueblo explotado y sin rumbo recibió la buena noticia que su liberación se había iniciado. Esa fue la primera Navidad. Desde entonces, su celebración es una invitación a la reflexión y al compromiso sobre la permanente y continua redención. La redención de la persona es así la razón de ser última de la Navidad. Redención de toda violencia, egoísmo, orden injusto, opresión y exclusión que impide que las personas sean felices, que es lo que Dios quiere para todos sus hijos. Por ello, la Navidad es sinónimo de paz, de reconciliación y de encuentro con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con el proyecto que Dios quiere para cada uno de nosotros.
Sin embargo, y a pesar de su innegable naturaleza transformadora y liberadora propias de su esencia cristiana, la Navidad es usada con frecuencia por actores y regímenes autoritarios, bien sea con fines de propaganda o de instrumento de control social, solo favorable a sus intereses de dominio.
En la Alemania nazi (1933-1945), por ejemplo, Hitler y el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán promovieron la “Navidad alemana” (Weihnachten), eliminando elementos cristianos y sustituyéndolos por simbología pagana y nazi, incluyendo alegorías a la supuesta supremacía de la raza aria. Los tradicionales villancicos fueron reescritos con letras que glorificaban al régimen y a Hitler como “salvador” de Alemania. Ya en 1941, la propaganda mostraba a Hitler como “protector de la Navidad”, mientras soldados alemanes celebraban en el frente de batalla.
En la Italia Fascista (1922-1943),Mussolini intentó “fascistizar” la Navidad promoviendo la “Navidad del Duce”. Así, por ejemplo, en 1937 introdujo la “Navidad de la Gente” (Natale del Popolo) con celebraciones masivas organizadas por el partido. Los regalos para niños pobres eran distribuidos por organizaciones fascistas con clara propaganda política y se creó la figura de “Babbo Natale Fascista” (Papá Noel Fascista) que llevaba el uniforme del partido de gobierno.
En la antigua Unión Soviética, la Navidad fue prohibida y reemplazada por la celebración del Año Nuevo (desde 1935) con árboles que se asemejaban a los de la Navidad y con la figura del famoso Ded Moroz (“el abuelo helado”). Esta secularización forzada de la Navidad cristiana buscaba eliminar la influencia de la Iglesia Cristiana Ortodoxa, mientras preservaba una festividad invernal que le permitiera la emisión de propaganda oficialista para intentar mantener unificada a la población. En la Rusia contemporánea, bajo el régimen de Putin, se permite la celebración de la Navidad ortodoxa (el 7 de enero), pero el gobierno utiliza la festividad para promover valores tradicionales y de patriotismo, vinculándola a la identidad nacional rusa frente a las influencias occidentales.
En Corea del Norte, la Navidad es completamente inexistente, tanto como celebración religiosa como en cuanto expresión cultural. El Estado la suprime activamente para evitar influencias externas y reforzar la lealtad exclusiva al régimen. Los norcoreanos tienen prohibido celebrar la Navidad incluso en sus hogares. Está también prohibido decorar árboles, intercambiar regalos o realizar reuniones con motivos navideños. La Navidad ha sido sustituida por la festividad del “Día del Sol Brillante”, cada 16 de febrero, aniversario de nacimiento de Kim Jong-Il (1941-2011), padre del actual dictador Kim Il-Sung. Esa fecha es un feriado nacional y se celebra con un culto casi religioso en torno al dominio de la familia Kim. Así, mientras la Navidad cristiana es suprimida, el aniversario del “líder supremo” es promovido de manera parecida, pero esta vez como una celebración secular patriótica de adoctrinamiento masivo y exaltación emocional al régimen, diseñada para fortalecer la lealtad al dictador.
En la Nicaragua gobernada por Daniel Ortega y su esposa, la Navidad tiene características únicas que reflejan la tensión entre la tradición religiosa, el control estatal y la instrumentalización política. Aunque la Navidad no está prohibida, el gobierno ejerce vigilancia sobre las actividades masivas de celebración, especialmente si son convocadas por la Iglesia. De hecho, en años recientes, la dictadura ha negado permisos para procesiones católicas tradicionales (como “La Purísima” y “La Gritería”), argumentando razones de orden público. Las Misas de Navidad se permiten, pero siempre con presencia de agentes estatales que monitorean el contenido de las homilías de los sacerdotes celebrantes.
Paralelamente, Ortega promueve sus propias celebraciones navideñas con un enfoque de clara manipulación política, como la llamada “Navidad Sandinista”, serie de eventos donde se mezclan símbolos navideños con consignas del partido gobernante o la entrega de juguetes por parte de la “Primera Dama” Rosario Murillo, presentada como gesto de solidaridad navideña del gobierno. Así, los Ortega, si bien no han prohibido abiertamente la Navidad, cooptan e imitan sus símbolos para ganar legitimidad, buscan vaciar su potencial crítico controlando las expresiones públicas y buscan presentarse como defensores de la “verdadera fe” frente a una Iglesia a la que acusan de politizada y conspiradora.
En Cuba, Fidel Castro declaró la Navidad como “incompatible” con la Revolución y la eliminó del calendario oficial, argumentando que interfería con la zafra azucarera. Durante casi 30 años, no fue día feriado ni se podía celebrar públicamente. Solo fue hasta 1997 cuando Castro restableció la Navidad como día feriado como gesto político ante la visita del Papa Juan Pablo II, quien pidió específicamente ese cambio. Desde entonces, el 25 de diciembre es un feriado nacional, pero el Estado comunista promueve solo su dimensión cultural, nunca religiosa.
En China, el gobierno regula estrictamente las celebraciones navideñas, considerándolas como influencia cultural extranjera. En muchas ciudades están prohibidas las decoraciones y celebraciones navideñas tanto en escuelas y espacios públicos, y se promueven en estas fechas, como alternativa, sólo festividades tradicionales chinas.
Estos ejemplos, junto a muchos otros que no caben en este espacio, muestran cómo la Navidad, por su poder simbólico y emocional, ha sido recurrentemente instrumentalizada por regímenes autoritarios de diversas ideologías a lo largo del siglo XX y XXI. ¿Y esto por qué? Porque los regímenes autoritarios y despóticos perciben la Navidad tanto como un desafío potencial a su control ideológico y político, como una oportunidad para cooptar su poder simbólico. Esta dualidad explica tanto la desconfianza y temor hacia ella como el intento permanente de instrumentalizarla.
La percepción de la Navidad como una amenaza potencial deriva principalmente de cuatro razones. La primera es que la Navidad representa un espacio de autonomía social. Las celebraciones familiares, comunitarias o eclesiales crean espacios fuera del control directo del Estado, donde pueden surgir críticas o sentimientos alternativos al poder. En segundo lugar, para regímenes que exigen lealtad total (como cultos a la personalidad o ideologías de Estado), la Navidad representa, en cambio, una lealtad a la fe, la tradición o la familia y, por tanto, es una lealtad alternativa o competitiva con respecto al hegemón político, cosa que este último no puede aceptar. Adicionalmente, la Navidad vincula a la población con comunidades globales (la Iglesia Católica universal o la cristiandad mundial), algo que los regímenes aislacionistas ven como riesgo de “contaminación ideológica”. Además, se le teme al supuesto “simbolismo subversivo” de la Navidad, porque conceptos como “paz”, “liberación” y “redención”, tan consustanciales a ella, pueden reinterpretarse como peligrosos frente a regímenes opresivos.
Pero, por otra parte, para las tiranías la Navidad es también una oportunidad de cooptación política. Por ello buscan, en primer lugar, tratar de capitalizar su arraigo emocional. Dado que la Navidad moviliza emociones profundas (nostalgia, esperanza, solidaridad), los regímenes autoritarios buscan redirigir esos sentimientos hacia el líder, hacia el partido o hacia el Estado. Luego intentan sustituir narrativas, esto es, reemplazar el mensaje religioso con figuras políticas presentadas como redentores (el líder supremo o el partido). Y, finalmente, al apropiarse de tradiciones populares como las navideñas, el régimen busca demostrar “legitimidad cultural” y pretende mostrarse como protector de la identidad nacional, incluso si simultáneamente la vacían de su contenido original.
En síntesis, el miedo que históricamente han mostrado —y siguen mostrando hoy— los regímenes autoritarios hacia la Navidad y lo que ella significa, les lleva a tratar de destruir su poder autónomo y transformador, pero también a intentar aprovechar su capital simbólico. Esto crea una tensión constante entre suprimir lo que no pueden controlar y cooptar lo que no pueden suprimir.
El miedo no es a los villancicos, los aguinaldos o los árboles en sí, sino a la Navidad como un fenómeno religioso y social que escapa siempre al monopolio que pretenden los regímenes despóticos sobre los significados trascendentales y sobre el sentido y propósito de la vida. El miedo es porque el niño de Belén, desde la humildad de su pesebre, sigue siendo hoy la mejor noticia para los oprimidos y esclavizados del mundo. Por esa misma razón, es el mayor peligro para quienes basan su dominio y sus riquezas en oprimir y esclavizar a sus semejantes.
@angeloropeza182

