La política no la hacen los dioses sino los mortales. Es el artificio de los hombres para superar las controversias, propias de la naturaleza humana, y llegar a propósitos comunes. Gracias a ella podemos evitar la guerra, pero no escapa de intereses y relaciones de poder.
Por eso el que está inmerso en política debe actuar con pasión y razón, de acuerdo a las circunstancias. Es como dice el viejo refrán: “ni tan calvo ni con dos pelucas”. Es un necesario equilibrio que debe estar presente en ese tumultuoso camino del ejercicio público.
El político debe sentir, palpar la vida y atreverse a cambiar las cosas cuando no está conforme con ellas. Debe mantener la llama viva para transmitir energía y optimismo a sus seguidores. Desafiar el peligro y, cuando lo considere necesario, profanar lo instituido para lograr resultados esperados. Él es pasión y fuerza que debe foguearse a fondo ante los desafíos de la vida política.
Sin embargo, esa intuición que posee debe servirle para ser cauteloso en cada uno de sus pasos, evitando que las emociones lo invadan y le hagan una mala jugada. Ha de pisar firme, pensar con la cabeza fría y mantener la calma en momentos apremiantes. Cualquier decisión en falso, por muy atractiva que parezca, pudiera ser mortal para sus éxitos futuros. Pues, siempre sus adversarios estarán al acecho y buscarán la forma de torpedear sus pasos.
Así lo entendió Max Weber, uno de los pensadores más claros de la humanidad, al evaluar la actuación del político. Para él, la pasión es clave en política, pero debe equilibrarse con la responsabilidad y la mesura. El dirigente político debe promover su bandera de lucha y conquistar el poder para servirle a la gente. No debe actuar con vanidad ni arrogancia. Los tiempos actuales requieren de un liderazgo vivaz y estratégico para enfrentar con éxito la realidad incierta, siempre movido por la ética y el compromiso con los demás.

